A quienes dicen que el cambio está en uno mismo

Emergencia

En mi pasado cumpleaños, uno de mis más queridos amigos me escribió para disculparse: no iba a llegar a la carne asada porque una fuga de agua en la tubería de su baño lo había convertido en damnificado exprés. Como es natural, no me enojé, ni mucho menos. Qué absurdo más pueril el mío si hubiera creído que su prioridad, antes que poner en orden su casa, sería venir a la mía ―o cualquier otra cosa, para el caso―. Al contrario, le deseé suerte ―supuse que, en su calidad de hombre de letras, le iba a hacer falta―, y ahí quedó el asunto: a todos nos parece cotidiano que las emergencias se atiendan.

El cambio está en uno mismo

A pesar de la costumbre, no deja de ser desconcertante la abundancia, en todo tipo de círculos sociales, de comentarios ―y hasta videos de varios minutos de duración― en los que, con espíritu conciliador, se llama a prescindir de la protesta ―llámese feisbucazo, tuit o marcha multitudinaria― y optar por el ejercicio de la buena ciudadanía como cura de todo mal nacional. Se trata de sentencias basadas en falsas dicotomías, con premisas tan rupestres que se percibe cierta amenaza de involución al transcribirlas: “Para cambiar al país hay que dejar de dar mordidas al de tránsito y poner la basura en su lugar”; “no le echemos la culpa al gobierno, empecemos por nosotros mismos”; “lo importante es ser los mejores para nuestras familias, de ahí viene todo lo demás”. Las más de las veces, quienes las reproducen son conocidos nuestros a quienes, en efecto, no se les puede reprochar una maldad manifiesta o sugerida. Su intención suele ser noble, impulsada por ese enfoque positivo de tufillo empresarial que predican los locutores de radio, y de genuina voluntad. Pero, dirían las abuelas, de buenas intenciones está lleno el infierno. Ahora que ese infierno tiene escudo e himno nacional, habría que poner en duda la trascendencia de la buena ciudadanía así, a capella.

México, esposa golpeada

Decir que para cambiar al país ―¿alguien duda de la necesidad?― basta ser un ciudadano ejemplar es tanto como decir que, para que una mujer que sufre de violencia física por parte de su marido deje de sufrirla, sólo tiene que ser “buena esposa”.

El pueblo mexicano, igual que una mujer que acepta la violencia, cree que la culpa es suya; no se le ocurre que haya un problema con el marido/Estado, a quien dota de una autoridad que en realidad no tiene. Como consecuencia, en vez de buscar una alternativa de solución, creyéndose merecedores de la barbarie, optan por convencerse de que todo cambiará si ponen en práctica lo que su opresor espera de ellos. Se sustituye, en el primer caso la equidad matrimonial y en el segundo la certeza de que el pueblo es empleador de su gobierno, con una relación servil dueño-mascota.

El oprimido, el pueblo-mascota-esposa resignada, termina por contradecir incluso sus propios principios a favor de una supuesta paz que tiene más vocación de olla exprés. Me ha tocado ver, por dar un ejemplo, comentarios como los arriba citados en los muros de gente profundamente religiosa. Al parecer, no importa que el gobierno en turno esté violando impunemente valores fundamentales para sus credos ―no digamos ya la dignidad humana en casi cualquier religión―; resulta sospechosamente conveniente que cuando las cosas se ponen feas afuera de la casa, urge más ser mejor persona adentro de ella. El cambio empieza por uno mismo, que le dicen.

Emergencia II

México ―aunque la analogía me lleve al lugar común― es nuestra casa. Y tenemos no una fuga de agua sino dos pisos inundados en porquería. Aunque el discurso oficial sea el de la modernización y la paz, se desbordan las pruebas, imposibles de ignorar, de que México vive una crisis de muchos tentáculos. El presidente está involucrado en más de un conflicto de interés y clara corrupción; el Estado no sólo ha sido incapaz, dos meses después, de encontrar a 43 estudiantes desaparecidos, sino que además está, tanto por acción directa como por omisión, involucrado en los hechos; como comprueba Sergio González Rodríguez en Campo de Guerra (Anagrama, 2013), vivimos en una simulación de estado derecho, un territorio alegal, gracias a cuya ineptitud (por no decir franco servilismo) Estados Unidos está comenzando en México la globalización de la lógica militar en la que todos pasamos de ser seres humanos a víctimas potenciales; vivimos en una empresa gigantesca cuyo consejo de administración está convirtiendo la educación en un taller de robots utilitaristas que además están obligados a sentirse orgullosos de serlo; hoy en día, por no desbordar los ejemplos, tenemos a un alcalde y a su esposa, de innumerables delitos comprobados ―entre ellos la orden de desaparecer a los 43 normalistas― que un mes después siguen evadiendo todo el peso de su responsabilidad legal, mientras que once estudiantes, detenidos de forma arbitraria durante una manifestación, son procesados por delitos como tentativa de homicidio y terrorismo a penales de máxima seguridad en menos de un día y sin el debido proceso. En México, el 99% de los delitos quedan impunes. No es broma. En México, se privatizan las ganancias y se socializa la deuda; la primera dama puede comprar una casa de 87 millones de pesos, el equivalente a 3,500 años de salario mínimo. En México han muerto de forma violenta en lo que va del sexenio más de cincuenta mil personas, que ya no salen en las noticias como el sexenio pasado pero existen.

Nada de lo anterior es mentira. No se trata de un oscuro proyecto de desestabilización de la nación por la mera afición al caos. Es una realidad que duele y se acumula.

Pero el cambio está en uno mismo, dicen.

¿Por qué, si tenemos una fuga de agua en el baño, sí posponemos todo lo demás para evitar un desastre doméstico? En cambio, cuando se avería la casa nacional, ignoramos el problema, nos ponemos los audífonos y sacamos a pasear al perro. El cambio está en uno mismo.

Alguien tiene que decírselo. No, conciliadores amigos de Facebook, de Twitter, del país, del planeta. El cambio no está en uno mismo. Hacer caso al semáforo, separar la basura y respetar los derechos de los niños no sirven para cambiar al país; sirven para tener un país. Es lo mínimo aceptable. Y cuando la casa se anega, requiere de nosotros no los quehaceres de diario sino atención especial. Habrá quienes prefieran fingir demencia y encerrarse a ser buenos padres, hijos, vecinos, cristianos, empleados, haciendo gala de un individualismo autista y soberbio que contradice todo su noble esfuerzo, pero eso no va a parar la inundación.



“Cuando usted se convierta en un daño colateral, cuando le desaparezcan un familiar que nada tenía que ver: entonces no le va a servir de nada que los demás respeten el semáforo en rojo”.

No todos salimos a marchar

Despojados de argumentos, es posible que los buenos ciudadanos exijan alternativas. ¿Qué tengo que hacer entonces? ¿Salir a marchar?¿Qué se arregla con eso?

Hay que decir, primero, que la manifestación masiva es un síntoma de salud ―o de que se está recobrando la salud― democrática. No me refiero, por supuesto, a los veinte encapuchados que prenden fuego a la puerta de un museo, sino a las miles de personas que exigen por medios no convencionales lo que se les ha negado por los medios establecidos.

Ejemplos sobran. Desde el plantón de Andrés Manuel López Obrador que, berrinches aparte, logró una reforma al sistema electoral, hasta las más recientes protestas multitudinarias que han logrado, entre otras cosas, la destitución de un gobernador, la publicación (tramposa, eso sí) del patrimonio del presidente, y la marcha atrás de un plan de estudios que devaluaría terriblemente al IPN, sin contar la atención del ojo internacional. Es decir, las manifestaciones no son, en forma alguna, inútiles.

Ahora, no es condenable que no todo el mundo esté dispuesto a salir a las calles, por las razones que prefiera. ¿Qué hago, entonces?

En su texto “Iguala: por qué fue el Estado”, José Merino y Antonio Martínez deshebran un problema mexicanísimo: los mexicanos hemos dado a lo público la calidad de sinónimo de político; hemos de hecho eliminado lo público y vivimos bajo la dicotomía de lo privado y lo político. Y por lo tanto, creemos que la única forma de acceder a nuestros derechos es por medio del activismo (“en México [ser activista] es una manera anómala de ser ciudadano en activo”, afirman). Como lo público no existe y lo político no nos interesa, nos quedamos cómodos en lo puramente privado: el cambio está en uno mismo. De esta forma, la política agusanada secuestra lo público y lo prostituye a su gusto.

La única forma de contrarrestar eso es devolver lo público no-político a nuestra concepción de la realidad, y ejercer de ciudadanos si no se quiere ser activista.

El primer paso es la información. Saber y comunicar. Ser ciudadano es también contarle al vecino, a tu mamá, a los alumnos de la prepa, por qué el presidente es un mentiroso patológico. Dejar a un lado el tabú de la conversación política que no lleva a ningún lado y abrazar el de la conversación sobre lo público que nos compete igual que el precio de las manzanas y los marcadores del futbol.

Después, recordar que el gobierno no es ninguna especie de Olimpo de acceso reservado. Vivimos en una democracia representativa. Eso quiere decir que ustedes y yo tenemos, dependiendo de nuestro lugar de residencia, una persona empleada para darle voz a nuestros intereses en donde se toman decisiones importantes a nivel local y federal. Se llaman diputados y la mayoría de nosotros ni siquiera sabemos cómo se llama el que nos corresponde.

En los Estados Unidos (que tampoco es que sea un ejemplo de armonía sin límites), la gente al menos se sabe con el derecho de escribir a su congresista cada vez que lo cree necesario: ejerce de ciudadano sin ser activista. Con esa actitud positiva con que separan su basura, los buenos ciudadanos podrían empezar a poner en práctica ese derecho (es real, se lo juro); escribir un correo electrónico con nuestras inquietudes lleva menos que cualquier trámite del SAT. Eso pasando por alto que las redes sociales ponen a nuestros representantes a la distancia de un tuit o un mensaje privado.

Y final aunque nunca únicamente, prescindir de la educación en la indiferencia. Mientras que en Finlandia hay un congreso juvenil, aquí a los adolescentes les preocupa que el tema de lo público les arruine la sobremesa. Cuando en México todos los jóvenes sean educados para hacer preguntas en vez de para aceptar respuestas, no habrá necesidad de que una minoría de ellos tome las calles y se exponga a la violencia de un Estado caprichoso.

Ni siquiera son éstas acciones que requieran un sacrificio heroico, justo porque lo público no siempre es político ―mucho menos, bélico―.

¿Quiere usted empezar el cambio por sí mismo? Empiece de a de veras. Ejerza de ciudadano. Cuando usted se convierta en un daño colateral, cuando ya no le den prestaciones de nómina y trabaje subcontratado, cuando pague el parquímetro de un privado para estacionarse en lugar público, cuando ponga una denuncia y no pase nada, cuando le desaparezcan un familiar que nada tenía que ver: entonces no le va a servir de nada que los demás respeten el semáforo en rojo. 

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada