Selma: El poder de la protesta ciudadana (que falta en México)

Antes de luchar por sus derechos civiles, las personas negras del sur de los Estados Unidos tenían un rol bien establecido en su sociedad. Ya no eran esclavos, cierto, pero seguían siendo seres inferiores al resto de la población. No eran ni siquiera ciudadanos de segunda categoría, pues el ejercicio de los derechos civiles y políticos (DCyP) que les hubiera conferido su ciudadanía les había sido negado. Su papel en la estructura social era muy claro: Había que asistir a escuelas especiales porque las mejores no podían recibirlos, aceptar trabajos precarios, levantarse en el autobús si un blanco subía y quería ocupar su asiento y agachar la cabeza cada que un familiar amanecía muerto, como víctima de un crimen de odio.

Les había tocado en suerte la pieza más fea del Monopoly y había que jugar con ella, resignados, de por vida. De por vida o hasta que alguien no pudiera más. Hasta que alguien decidiera que ya había sido suficiente cansancio en el lomo y en las piernas y que no había que levantarse ante ningún rey para rendirle tributo. Ese alguien fue Rosa Parks, cuando tenía 42 años, y su acción fue meramente espontánea. El primer acto de protesta de gran alcance surge de pronto, sin necesidad de que un jóven con megáfono se subiera al autobús para decirle a Rosa: ¡Despierta! ¡Ya no veas televisión! ¡Si no protestas eres tonta! Surgió de lo más hondo de su fastidio, sin pensar quizás en las consecuencias.

La cosa no paró en un acto único de desobediencia. Un grupo de líderes, de 1954 a 1968, supo avivar la chispa del movimiento y, lo que es más importante, la gente supo responder. Desde entonces no pararon hasta terminar con la segregación y ver sus DCyP efectivamente cumplidos. La Gran Marcha de Kundera se ve reproducida en Selma por un montón de ciudadanos dispuestos a hacer efectivo todo aquello que de nacimiento les pertenecía. Su derecho a la protesta, negado a macanazos, no será lo único que defenderán; su lucha va sobre la dignidad humana y sobre los medios empáticos, los no-violentos, que hay que utilizar para defenderla.

¿Y dónde quedó la ficha fea del tablero? Fue expulsada de ese juego. La gente negra decidió abandonarla y luchar por su ciudadanía. ¿Y qué hizo posible este cambio de papeles? Primero que el juego funcionaba. Tenía instructivo y jugadores dispuestos a seguirlo. Después, que las personas negras se tomaron en serio su cambio de ficha. ¿Iban a reclamar su ciudadanía? Había entonces que ejercerla. ¿Se iba a exigir respeto y no-violencia? Entonces había que hacer el escandalazo no-violento del siglo.

La diferencia entre su Monopoly y nuestro Turista Mundial es, en primera instancia, que en el primero las reglas son respetadas. Hay fichas buenas, fichas oprimidas y fichas que con todo el gusto van a buscar joderte y mandarte cuantas veces sea posible a las casillas de la cárcel. Lo que hace tan particular a su Monopoly es que, cuando te toque, serás jodido a través de una serie de mecanismos elegidos, mal que bien, por la mayoría. En nuestro Turista Mundial, para joder hay que hacer una rabieta, arrojar el tablero de la mesa y morderle la cabeza a la fichita de nuestro contrincante.

La otra es que, cuando los negros decidieron cambiar de papel en el juego, decidieron hacerlo con todo. No sólo se trataba de tener ficha nueva para presumirla por los cuates sino de comprometerse a ocuparla con todas las obligaciones que eso implicara. ¿Por qué su movimiento tuvo éxito y los que ocurren en México terminan siempre en la misma imagen decadente y fracasada (con “líder” del movimiento aspirando a una diputación incluido)? Además de que ése tenía peticiones claras y realistas, los nuestros suelen estar controlados por individuos cuyo compromiso es de carácter eventual y termina casi después de haber iniciado.

La diferencia entre la gente de Selma y nosotros es el compromiso. No hablo sólo de las personas representadas en Selma, hablo también, por ejemplo, de sus guionistas. ¿Qué pasa cuando eres Ava DuVernay o Paul Webb y quieres escribir un guión como el de Selma? Te metes unos años a estudiar cine o, en su defecto, lees montones. Trabajas con disciplina, lees de arte, conoces de historia. Estudias el teatro de los griegos y aprendes, por lo menos, a hacer guiones con base en el paradigma de Syd Field. ¿Y qué pasa cuando vives en México y tienes por encargo hacer un guión como el de, digamos, Cantinflas? Recopilas un montón de sucesos biográficos del personaje, los acomodas en orden cronológico, le metes una dosis de amor y algo que más o menos se parezca a un arco dramático (opcional). Ni te preocupas por construir una historia. ¿Qué no la historia del personaje es suficiente, aunque no tenga ni pies ni cabeza? Total, el gobierno pone varo. Total, al heredero de Cantinflas le pareces maravilloso. Total, la edición lo arregla todo. Ni que tuvieras que respetar el intelecto de los espectadores o algo.

Y esa diferencia está en todo. En nuestra forma de hacer marchas o en nuestra forma de pedir que los muertos vuelvan del más allá en vez de exigir justicia por sus asesinatos. En nuestra no-forma de ejercer los derechos que como cualquier humano tenemos. No cambiamos de una ficha al otro del juego porque no nos compramos el paquete de responsabilidades que eso incluye. A diferencia de esta postura de reposo, los hombres y las mujeres fuertes de Selma decidieron que si querían ser ciudadanos tenían que comer siendo ciudadanos, dormir siendo ciudadanos y andar cada paso siendo ciudadanos. Desde entonces nadie con un discurso legítimo los ha podido mover de ese papel. Iconofinaltexto copy

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David Ledesma Feregrino

David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.
  • Frank Vazher

    Ahora sí disiento de algunas cosas que escribe en esta ocasión. Ni todo está perdido ni todo está mal hecho. Es verdad que se camina a paso corto, pero es mentira que no existan hombres y mujeres fuertes que aspiren a comer, a dormir, a andar y reconocerse como ciudadanos. Quizá usted sea un ejemplo de ello, o es que también es de los que exigen que los muertos regresen.