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Sangre en San Juan, cuento de Oscar Soria Gamarra

Presentamos “Sangre en San Juan” del escritor boliviano Óscar Soria (1917-1988).  Cuento magistral, ubicado durante la Masacre de San Juan, que rescata la tradición social de los narradores bolivianos del siglo pasado.

 

Quién fue el cabrón, carajo, la voz le sale ronca a Ignacio Almanza, el sudor corriéndole por el cuello, quién fue el hijo de puta, a tiempo que da un manotazo al montón de mosquitos que negrea alrededor del trocito de pan, o los granitos de azúcar o algún otro alimento, que echó migas sobre mi cama y clava los ojos con ira en Luis Martínez y en seguida en Pedro Aracena y ellos lo miran callados y uno se enjuga el sudor del rostro y el otro se rasca una picadura entre el pulgar y la muñeca y luego cambian miradas entre sí. Y, de pronto, a Martínez, tú eres, carajo, a ti te digo, pero mierda, y éste volverse y darle un golpe y Almanza caer y Aracena acercarse rápidamente en ademán de detenerlo, pero hermanito, y Martínez, mierda, a mí nadie me carajea y Almanza levantarse y con rencor, aura estoy jodido pero me vas a conocer.

Aracena quedó comentando que nadie echó nada en su cama, hombre, que fue él mismo que comió allí su pan, que si no se domina acabará loco como Oscar Sanjinés que anda y anda, en el patiecito, de pared a pared, mirando como opa, sin escuchar a nadie, hablando en voz baja como si rezara, temblando, sus tobillos comidos por los bichos. Sanjinés, pues, el dirigente campesino que está en Puerto Rico, el otro campo de concentración de más adentro, un lugar más maldito que éste. Martínez se ha quedado en ademán atento, esperando que la historia continúe y levanta la cabeza para ver qué pasa. Aracena aplasta un mosquito sobre su antebrazo, lo deshace entre sus dedos y venga un cigarrito, compañero, y otro silencio de suspenso, que aquí viene lo más interesante, y Martínez, ja, ja, y Aracena, ¿que soy muy pendejo?, ¿que me pongo a contar y contar sólo por sacarte cigarrillos?, sí, compañerito, también un poco, pero si aquí no fumas ni charlas, carajo, qué hacer, y enciende y chupa el cigarrillo con fruición y vas a ver ahora, te voy a estar pagando, sabes, la señora del puente, esa gordita, claro, vas a ver nomás, vamos a tener cigarrillos y de rato en rato unos chupecitos, esto me hace recuerdo, hace años, yo vivía en La Paz y de repente me llega un tipo que se llama Hermes, que me habla de voj y elay oí jau y era de un lugar que llamaba Motacusito, en el oriente pero hacia el sur y decía que era mi hermano, y al tiempo, tiempo, otro ñato que también era mi hermano y venía del Guanay, más allá de Tipuani, y otro más todavía, de Santa Cruz del Valle Ameno, un pueblito por donde el diablo perdió el poncho, claro, mi padre era dirigente como el suscrito y lo desterraban un día aquí y otro día allá y donde iba tenía pues que agenciarse la marraqueta y los cigarrillos, y ríen un poco y fuman, y luego, pero ahora en serio, volviendo al Nacho Almanza, hay que evitar que se vuelva loco, hombre, y cuenta que la misma noche que llegó le previno que a la mañana siguiente no tomara la sultana y si más tarde le daban otra cosa que tampoco la tomara, tú sabes, hombre, en cuanto ha llegado uno, los mosquitos comienzan a jeringar y mientras habla, chau, chau, él mismo aplasta mosquitos, sobre su brazo, contra su mejilla, y la calor te aprieta, tú has sentido, ahorita es nada, yo te digo al comienzo, cuando uno es nuevo, y no te dan cama y te han entregado una colchoneta y te indican que la llenes de paja pero está llena de bichos y eso sí que no te lo han dicho, y todavía no te has conseguido mosquitero y total que no duermes ni un carajo y amaneces con una sed y eres capaz de zamparte no la mierda esa que llaman sultana sino cualquier otra porquería pero, bueno, pues es así que a pesar de que le prevengo, Nacho se toma la sultana y la tal sultana estaba con droga, y a las dos horas Nacho estaba babeando y hablando burreras y entonces lo meten al interrogatorio y tú no sabes lo que es eso, sientes que te estás hundiendo y hundiendo y despiertas y estás colgado de los pulgares y el dolor te vence y los hijas de perra que te gritan y te preguntan qué plan era ese y por qué esto y cómo fue esto otro, y otra vez estás hundiéndote y a lo mejor ves algunos hombrecitos y atraviesas unos precipios en fin, yo no sé, yo te estoy contando lo que a mí me ha pasado, y otra vez te despiertas y te están aplicando un torniquete en el brazo y te lo vamos a romper y te dan golpes y diga cómo fue y quién le hizo conocer a tal fulano y más golpes y entonces te haces pis y también otras cosas y vuelves a lo oscuro, y lo sacaron como trapo, te aviso que ustedes han tenido suerte porque el teniente ese que llaman Choco se fue a la pista a recibir otros confinados pero no creo que se libren, y sobre eso, el Nacho, obsesionado con lo que le hicieron, dale que dale con que soy un mal dirigente, que me he portado mal y todos me desprecian y no sé qué vainas y que fue que al comienzo de toda esta historia buscaron al dirigente Ignacio Almanza y le pidieron tener unas charlas y luego le hacían consentir que estaba salvando al país y lo citaban y señor Almanza por aquí, pucha y el otro ya se creía el gran tipo y, fíjate los cabrones, en el mismo momento mandan carne y no sé qué pulperías a su casa y la madre del Nacho, sin recelar nada, recibe las pulperías y todos mirando y diciendo Almanza es un vendido y un tal por cual, y al Nacho lo llevan a La Paz a seguir las negociaciones y está tres días haciendo antesala para charlar con los grandes capos y al tercer día escucha por la radio que habían tomado las minas y habían muertos y heridos y los dirigentes se habían escapado y entonces Almanza va y lo grita uno de los capas y lo trata de pegar a otro y les saca la madre a todos e intenta declarar a la prensa, pero ahí nomás me lo ensoquillan y me lo mandan aquí para que se lo coman los mosquitos, y desde ese mismo rato comienza el Nacho con eso de que me he portado mal y tienen razón de despreciarme, pero yo les voy a demostrar y al mismo tiempo con la manía de la limpieza y el odio exagerado a los mosquitos.

***

-Tres meses ha estado aquí en la cárcel , señor.

-No, señor, no lo conocía.

-Yo sí, señor, yo lo conocía, los tres primeros días estaba tirado ahí, en el corredor, aquí afuerita, le preguntamos si quería, si necesitaba algo y no decía nada, le vimos y le avisamos al jilakata que el hombre tenía unas llagas que parecían de picaduras y unas heridas y unos raspetones.

-Yo le avisé al jilakata y él, Ignacio Almanza su nombre, me dijo.

-Explicaremos pero pues al señor periodista, jilakata es el que se entiende con las celdas, él reparte las celdas, él cobra cuotas a todos los presos para arreglos y otras cosas, ante él se hacen las transacciones, yo por ejemplo, me he comprado esta celda en 70 pesos de uno que se fue, yo le instalé la luz y la empapelé así, con periódicos.

-Oír Ignacio Almanza y recordarme de Chorolque, allí trabajamos con Nacho una temporada que nevaba mucho, una vez no había y no había veta, nadie sacaba mineral, de repente el Nacho y yo hallamos la veta, ver la fiesta que hicimos y la nieve cayendo, fui donde el hombre y lo miré bien, el Almanza era, con permiso, más tarde, cuando ya estaba mejor, un día le dije: “Compañerito, yo te conozco de Chorolque”, “Chorolque” repitió y sonrió un momento, después volvió a mirar raro y “Yo no soy un traidor, compañero” me dijo, bueno, esa vez le pedimos permiso al jilakata para trasladar al enfermo a mi celda, él dormía en este catre, yo en el suelo.

-Yo tampoco lo he conocido, no, señor periodista, pero vi un domingo él había salido al patio y a mi mujer que había venido a visitarme la miró y “Paulina”, le dijo, después, seguramente ha visto que estaba equivocado, se fue.

-Yo, una tarde lo vi junto a este pilar, aquí, primero miró las inscripciones (el periodista anota, copiando: “Gloria Unzaga, L.S.A., 1962”, “Abajo Paz Estenssoro, C.J. Abril 1954” -borrado “abajo” y sobrepuesto “viva”-, “Aquí estuvo Pablo Zurita, dirigente fabril, septiembre de 1949”, “Vivan los mineros machos! J. Escobar, junio 1965”, “Ignacio Almanza, abajo los tiranos, abril 1967”), sí, después escribió su nombre en harto rato, ahí está.

-Al último, una viejita venía, lloraba, su madre soy decía, dos días antes de la visita de cárcel se lo llevó.

***

Aquí te has nacido mi yokalla, mi Nacho, con tu padre hemos vivido aquí antes de ir a la mina, sobre de esta laja te jugabas, yo molía el maíz en ese batán y vos me robabas los granos, uno por uno, como si fueras uno de esos pajaritos que llamas mukusúas, ahora te pido, chunquituy, estate nomás, pues, unos días, andá kukeá duraznos, chupate huiros, correteá karachaqui por las acequias, pellizcá a las imillas, comete abundante, aquí te has de sanar bien, por eso te he traído ahora que te han soltado.

Se había metido por entre los durazneros, arqueando sus ramas para poder pasar, largándolas luego de golpe, haciendo llover flores rosadas. Había visto, allá, al fondo, una rama de cedro con una linda palka. Se abre paso, la alcanza y, con el machete, tajo aquí, tajo allá hasta que logra el trozo deseado. Ya sale, afinando la rama, pelándole la corteza, haciendo el corte neto de la palka apoyándola contra los troncos, cuando he aquí el cosquilleo del hilo de araña sobre el rostro, el nervioso manotear para apartarlo y la araña, gris y grande, bailoteando delante de él, bajando a poquitos. Y, en todo eso, descubre, de pronto, el sentido mismo, la alegría del valle, de la salud y de la vida y resiste unas inmensas ganas de llorar, de agradecer, pero, carajo, se le humedecen los ojos. Y, un poco más allá, se detiene porque se ha quedado mirando la palka y se pone a pensar que ella sirve para construir una flecha y que la flecha no puede ser sino para su hijo, el pequeño Abigail que ya debe estar grande. Y en seguida, da en pensar en ella, la Paulina, su esposa que, como todos, creyó que él era un traidor y se fue y lo dejó, llevándose a su hijo. Y si ella lo creyó, bueno, es que no tenía fe en él y, pues, que se fuera, pero para que ella regresara es que la madre de él clavó uno de los zapatos de la huida en la puerta de la casa. Se queda triste, reconstruye su rostro, mira los ojos achinados y negros, y ojalá volviera un día… Ahora recuerda que hace dos noches soñó que la mordisqueaba en la suave piel del cuello, le decía chunkunku y otras palabras que inventara para ella. Otra noche oyó su voz dulce, “Nacho”, llamándolo, “Nachito, besaicume”. Pero, si ella no lo llama, es que no lo quiere y, entonces, con su pan que se lo coma y tal día hará un año. Siente que debe volver a la mina mañana mismo, va a demostrarles que no fue un traidor, qué de cosas voy a hacer por ustedes compañeros, tengo que contarles cómo son éstos, tengo que aconsejarles, otra clase he de ser, y ella que me llame, pues, que me quiera, diosito, que vuelva y otra vez chunkunku.

***

Tantas estrellas y echa a andar lentamente, cerro abajo, sintiendo como si todo lo llamara, él ya conoce todo esto que ve, ya lo ha vivido, rayan el cielo azulino y, luego, estallan en roja lluvia de tizones, dos, tres, camareras, el viento trae el atenuado rumor de la fiesta lejana, tira a la izquierda, va a bajar por Harrison, cruza la ladera de las piedras, voy a reunir a algunos, a los que más pueda, siente rabia de que se haya hablado mal de su labor de dirigente, tiene ganas de pelear con alguien pero, a la vez, desea ardientemente acercarse a la gente, explicarles. A su paso, las piedras entrechocan y se desplazan con fragores de ráfagas, voy a buscar a la Paulina, una camareta estalla aquí, sobre su cabeza, como un jaleo seco y único. Almanza sonríe, voy a mandar a mi mamá a buscarla, desde el borde de la ladera descubre los mil ojos que le han nacido a la noche, los fuegos de San Juan, la brisa trae más claro el bullicio de la fiesta.

Pensativo, envuelto en un abrigo negro, cubierta la cara por la bufanda, paso a paso, deteniéndose a momentos, los fuegos cegándolo, salpicando de luz los relieves del cerro, Ignacio va bajando, oscilando entre entrar y no entrar en las fajas alumbradas por las fogatas, estallan cohetillos y buscapiques y, lejos, a intervalos, las detonaciones de las dinamitas, los fuegos proyectando gigantescas sombras en las paredes y, en el ambiente, humo, el crepitar de la leña y el viento trayendo músicos de zampoñas, concertinas, guitarras. Ahora, camina silencioso por las callecitas, nadie lo reconoce, se pone a observar con tristeza, a escuchar a medias las voces, salud, salud, doña Arminda, los perros que ladran, sírvete Sinforoso, tronar de cohetillos, la voz aguda de una viejita, del mío sírvase pues, acaso está mal, aquí, doña Jesusa, y unos chicos, salte, salte si es macho, échate más, retírense, y otros, entre los desmontes, lo que haga el primero y, en la placita, fogatas en las esquinas y más chicos con leñas y obreros tomando ponches y en el puente del mercado, un grupo ante un bañador con agua, en el que vierten plomo derretido, y chicos que se meten y se estiran para mirar el plomo que sacan y, ahí está, don Alirio, esa es la veta va usté a encontrar, y esta otra, miren, es una casa, doña Jesusa, casa vamos a tener, salud, y unos cantan con una guitarra:

Me he de ir
No me has de ver
Ni a tus brazos ni a tus puertas
Ya no he de volver…

Ignacio entre las fogatas, emocionado, con los ojos húmedos, salud, y es como si se lo dijeran a él, su gente, su familia, la siente suya observando a un chico en cuclillas, tratando de encender un palito, a un minero que con una hachuela astilla unas maderas, a una vieja que mira con fijeza el fuego, alguien le alcanza un ponche y él, sorprendido, salud, señoray, gracias, y más fogatas, y los tambores marcando el ritmo de la cueca, encendiendo entusiasmo y él, viendo a la Paulina sonreir, consciente de que hay muchos ojos pendientes de ella, zapateando, y, al comenzar el baile, Ignacio, “Lo he visto al Nico por tu casa” y ella rápida “¿Y eso qué tiene?” sonriendo entre burlona y provocativa, y él, en la otra vuelta, “¿Lo quieres?” y la respuesta “¿Te importa?” y a los gritos “Aro, aro”, la cueca se detiene y les sirven unos vasos y, al enlazar los brazos, él antes de beber, en medio de la bulla “Me importa, pues, porque te quiero”, Ignacio parpadea mira la cantina de doña Donata, en la que unos mineros beben callados, he de mandar a mi mamá a buscarla. Y, de repente, la casa de los Supayas Mendívil, pasá Nacho, pero pasarí, hombre, cómo me lo estás, niñituy, ya no me conoces, yo de asisito te he conocido, y, que se siente, que se sirva, sí que se ponga al dia, que saben lo que ha sufrido, que no es traidor, que toque el charango y cantaremos “Una lágrima he bebido, ay”.

(Grabación de Roger Dubois, periodista de PARIS SOIR, mañana del 26 de junio de 1967, Bolivia, Zona minera, Hospital de San José, cama No. 37, Marcelino Sapana, 2 heridas de bala).

Al principio, hemos pensado, son nuestras propias camaretas, nuestros buscapiques, nuestras dinamitas, yo haciendo fogata con mi compadre Federico Troche, las dos familias, mis vecinos los Supayas Mendívil lo mismo, y tocaban guitarra, he visto llegar al Ignacio Almanza, lo han hablado, lo han hecho sentar, lo han invitado y han seguido cantando y tocando con él, me ha reconocido, salud Marcelino, salud Nacho, hermanoy, felices los ojos, en todas las casas los ponches, las fogatas, en eso, la tronadera… Mi mujer estaba saliendo con la caldera y ahí mismo cayó, uno de los chicos de Troche, lo mismo, y mi compadre que corría a ayudarlo igualmente, el Almanza nos ha gritado que saquemos dinamitas, tanta sangre, un soldadito ha caído a mi lado, y le he quitado su arma y como loco, llorando, disparaba, hemos hecho que la gente retroceda por el lado de la línea del tren, más arriba, y nosotros hemos resistido, en eso, he sentido como si me quemaran el costado y he caído. Cuánto tiempo pasaría, creyéndome muerto me han cargado a unos camiones, junto con otros, fuera del pueblo nos han ido a enterrar, yo me he escapado ocultándome entre unas piedras, desde lejos sentía la tierra cayendo sobre los muertos que echaron a unos huecos grandes.

***

…Que vengan de otros niveles, que bajen, que avisen al campamento, que todo Chorolque sepa que Ignacio Almanza y Cupertino Choquetaxi hemos encontrado veta, ahora habrá trabajo para todos, sigan compañeros, tenemos que organizarnos, tengan desconfianza, compañeros, yo sé cómo son éstos, yo les voy a contar, así pues, envolvete con la serpentina, cuánto nos van a dar de prima, Cupertino, hermanoy, lindo lo que cae la nieve, me hace cosquillas en la cara, no tienen que aplastarnos, compañeros, tenemos que presentar frente, sólo así, Paulinay, vos eres, de veras, por fin te me lo has vuelto, palomita, vente guaguita,y, mi mamá tenía razón “clavaremos su zapato sobre la puerta, va a estar volviendo, vas a ver” vente aquicito, así, que nos caiga la nieve, ves, yo he pensado mucho compañeros, es un plan grande, dos, tres, muchas veces nos van a masacrar, los mineros nos damos cuenta y los que se dan cuenta son un peligro, tengo que decirte que mucho me alegro que te hayas regresado, palomita, yo no iba a llorar, mucho tienes que ayudarme, yo nunca he pensado que iba a llorar al verte, carajo, creo que me estoy envejeciendo, abrazarime, Paulina chunkunku.La Hoja de Arena


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Óscar Soria

Óscar Soria

Óscar Soria Gamarra (La Paz, 28 de diciembre de 1917 - íd., 14 de marzo de 1988) fue un escritor y guionista de cine boliviano. Entre sus obras se encuentran Pueblo Chico (1974), Chuquiago (1977), Mi socio (1982), Amargo Mar (1984).
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