Desventuras hormonales de un poliamoroso enamorado

 

El dolor atribuido a incongruencias entre lo que se obtiene y lo que se espera del poliamor puede ser mucho más que un asunto de lucha contra las normas.

El amor no es sólo musa y combustible. Su aparición y su partida son motivo de suicidios, emociones desbordantes, inseguridades y sospechas. Es el culpable de los poemas de Sabines y de la carga dramática en la historia del descubrimiento del radio y el polonio. Le debemos, en más de un sentido, el mundo como lo conocemos. En un contexto de conflictos ocasionados por el ejercicio del poder, su estudio y disección resultan no sólo apasionantes, sino necesarios.

El amor lleva toda su siendo enjuiciado por una corte más ineficiente que los tribunales mexicanos. Aunque nos ocupe la mente durante una gran parte del tiempo, la verdad es que aún no aprendemos a tratarlo. Se la ha culpado de todo: tanto de ser nuestra mayor inspiración como de haber sido coartado por un perverso sistema ideológico (del que a veces se habla como si tuviera vida propia) que lo utiliza como mecanismo de poder y dominación.

La monogamia se ha desarrollado en especies en las que la crianza de la descendencia requiere de la participación de más de un individuo. El amor romántico tiene un papel evolutivo, asegurándose de que por lo menos dos adultos de nuestra especie se mantengan juntos mientras dure la gestación y la crianza de las crías. Aunque tienen su fundamento en la química de nuestro cuerpo, estos procesos han sido cuestionados por la dominación y el abuso que pueden ejercerse a través de ellos. El poliamor y las relaciones abiertas, entre otras, son posturas contrarias a la monogamia que tienen entre sus principios la no-exclusividad de las prácticas sexuales.

Se toca entonces un punto clave en el amor romántico: ¿se trata completamente de una construcción social o tiene algunos fundamentos biológicos que lo regulan? Puede que mucho de él se deba a la interpretación y el sentido que le demos, pero que otro tanto esté influido por las alteraciones hormonales que nos ocurren al sentirlo y que tienen su punto más álgido en el enamoramiento. ¿Cómo sería estar enamorado e intentar tener una relación con tres personas o sin exclusividad sexual, intentando no sentir dolor? ¿Nos los permitirían las hormonas? Quizás la neurobiología tenga algunas respuestas.

Felices para siempre en tres etapas

Las relaciones románticas cambian y evolucionan con el tiempo, no sólo en términos de aprendizaje. Según las hormonas y partes específicas del cerebro involucradas, podemos distinguir tres etapas distintas del amor: enamoramiento, amor pasional y amor compañero. La primera es la que está llena de conflictos. Se caracteriza por la pasión desmedida y el incremento rápido de la intimidad y del compromiso entre los involucrados. Dura más o menos la mitad de un año, que estará salpimentada por estrés, excitación y un festival de inseguridades. Por su habilidad para convertir nuestro juicio y nuestra moral en un edificio demolido, esta fase es la que nos ocupa en estas líneas.

Después de la explosión del enamoramiento, el estrés decrece y llega el turno del amor pasional. Se trata de una fase llena de calma que nos permite disfrutar de la seguridad y el equilibrio, sin privarnos de una buena dosis de pasión. La intimidad entre los involucrados, al igual que el compromiso, sigue incrementando. La oxitocina y la vasopresina, relacionadas con la formación de lazos humanos fuertes, parecen ser las principales hormonas relacionadas con esta etapa.

El amor pasional puede durar muchos años antes de transformarse en la tercera fase. La intimidad y el compromiso se mantendrán altos en adelante, pero la pasión empezará a disminuir. La etapa del amor compañero es, para nuestro cerebro, muy parecida a la amistad. En ella siguen dominando la vasopresina y la oxitocina, a las que todos los mamíferos debemos nuestra distribución en familias. Estas etapas han sido definidas por la neurobiología tomando en cuenta amores que sólo involucran a dos personas. Lejos de tratarse de algún sesgo fundamentalista, esto ha ocurrido porque el enamoramiento (fase de partida para el amor romántico y su estudio) sucede sólo entre dos individuos.

Apoteosis del ménage-à-deux

El enamoramiento es una fase psicológica transitoria caracterizada por patrones hormonales específicos. Sus bases neuroquímicas parecen ser sustancialmente distintas a aquellas de las relaciones románticas de larga duración, por lo que merece su estudio y sus postulados aparte. Durante el enamoramiento se activan partes del cerebro que también se accionan cuando se ingieren opiáceos como la cocaína. Éstas se relacionan con la recompensa, el deseo y los estados eufóricos.

Mientras la dopamina se incrementa (y la euforia hace lo propio en consecuencia), la serotonina registra un decremento. Esta última se relaciona con el apetito y el estado de ánimo. Su variación parece explicar la similitud que el enamoramiento tiene con el desorden obsesivo-compulsivo. Ocurre también que se desactiva la amígdala cerebral y el enamorado siente un poco menos de miedo ante la vida. Los cambios hormonales que ocurren en nuestros cuerpos durante esta etapa pueden resumirse en los siguientes:

  • Incrementan los niveles de cortisol, lo que nos provoca mucho estrés relacionado con el inicio de un nuevo contacto social. Su aparición no es casual, se ha registrado que las situaciones estresantes propician el apego y el contacto tanto entre humanos como entre otros mamíferos.
  • La concentración del Factor de Crecimiento Nervioso (FCN) aumenta. Esto nos causa, momentáneamente, dependencia emocional. El cambio de FCN induce el incremento de vasopresina, clave en la formación de uniones sociales. Esta proteína parece ser importante en la formación de los lazos románticos, pero no en su mantenimiento.
  • La testosterona aumenta para las hembras de la especie y decrece para los machos. Estas variaciones se traducen en cambios conductuales relacionados con menos agresividad en los machos. Esta hormona está relacionada con el desarrollo de la intimidad sexual.
  • La liberación de dopamina tiene un papel importante en la generación de uniones. Está relacionada con la euforia y con la interpretación de la recompensa. Se ha encontrado que los mecanismos que la involucran son similares a aquellos relacionados con el comportamiento adictivo.
  • La vasopresina y la oxitocina han sido señaladas como culpables de la formación de uniones y del amor romántico. La oxitocina funciona como ansiolítico y fomenta la confianza que ayuda a superar el miedo a la neofobia. Su existencia, que abordaremos más adelante, está relacionada con la monogamia en numerosas especies.
  • Finalmente, tenemos también un cambio negativo en la concentración de serotonina. Ésta nos acerca, en algunos síntomas, al desorden obsesivo-compulsivo y tiene cierta influencia depresiva.

En resumen, el coctel hormonal nos provoca alteraciones en la percepción, atención intensa y focalizada en un individuo, pensamientos invasivos y obsesivos sobre éste, dependencia emocional, deseo de unión, euforia, mucha energía y patrones de comportamiento enfocados a la búsqueda de respuestas recíprocas de la persona de la que se está enamorado. Por supuesto que las reacciones ante el enamoramiento son variadas y están sujetas a contextos culturales específicos; su estudio ha ocurrido principalmente desde la que domina en occidente. Estas respuestas han sido detectadas sólo de un individuo hacia otro único, por lo que es difícil involucrar a un tercero durante esta etapa sin causar alguna respuesta aversiva.

Pero no todo está perdido para el poliamor; los cambios hormonales registrados durante el enamoramiento son reversibles. Una vez pasada esta etapa, el caos químico de nuestros cuerpos se acerca nuevamente a los niveles que existían antes del eclipse de los amorosos. Aunque seguirá habiendo una fuerte influencia hormonal, la dependencia y la obsesión podrán irse borrando. ¿Esto implicaría que el poliamor es posible en cualquier etapa menos en el enamoramiento? ¿Podríamos establecer relaciones abiertas durante la primera etapa del amor? Quizás sí, pero estaríamos expuestos al dolor.

Estirando el enamoramiento

“El amor, después de todo, es un tipo de obsesión y sus etapas tempranas comúnmente inmovilizan pensamientos y canales en la dirección de un único individuo”, afirma Semir Zeki en su estudio The Neurobiology of Love. Aunque queramos separarlos, el amor está ligado fuertemente con el sexo. Por supuesto que lo contrario no necesariamente es cierto; pero, ya lo dijo la ninfómana de Lars Von Trier, “el ingrediente secreto del sexo es el amor”. La excitación sexual activa regiones adyacentes a las accionadas por el amor romántico. El deseo de unidad a través del sexo quizás sea resultado de esta yuxtaposición en el cerebro. En concreto: es maravillosa la intención de separar por completo el sexo del amor, pero no es posible en todas las situaciones.

Durante el enamoramiento, en cualquier tipo de relación, se suspende el criterio de juicio hacia la persona amada, relacionado con el lóbulo frontal. Esta parte está ligada a nuestras decisiones morales, que se verán alteradas seriamente por las variaciones de actividad. Podemos haber formulado los argumentos que queramos contra la moral establecida, igual el cerebro puede jugarnos chueco a la hora de la hora. El dolor atribuido a incongruencias entre lo que se obtiene y lo que se espera del poliamor puede ser mucho más que un asunto de lucha contra las normas. Al final, son partes de nuestro cerebro las que están siendo incongruentes entre sí.

La euforia y la suspensión del juicio pueden llevarnos a estados que podrían interpretarse desde el exterior como locura. Además, la segunda es selectiva y se efectúa sólo con respecto a la persona de la que se está enamorado. O sea que mientras nuestros juicios de valor permanecen intactos hacia otras personas, estos se tornan incoherentes dentro de nuestra relación. “Después de todo, las consideraciones morales juegan un papel secundario, si es que tienen alguno, con Anna Karenina, o Phèdre, o Emma Bovary o Don Giovanni”, continúa Semir Zeki en su estudio sobre la neurobiología del amor.

¿Somos parte de una especie monógama?

Se ha identificado que la producción de oxitocina y vasopresina está relacionada con la monogamia en las especies. En un estudio realizado con dos variedades de ratones de la pradera se comprobó que aquella capaz de producir estas hormonas y sus receptores tendía a la monogamia. La otra variedad no produce estas hormonas y sus individuos cambian con constancia de pareja sexual, sin generar vínculos. Al bloquear estas hormonas para la primera variedad, los ratones dejaron de ser monógamos. Aunque se inyectaron oxitocina y vasopresina en la segunda variedad, no hubo cambios puesto que no había suficientes receptores en sus cuerpos. El salto de su especie a la nuestra es abismal, pero da una pista sobre el papel que estas hormonas podrían jugar en las relaciones amorosas que establecemos.

Queda aún sin resolver una pregunta relacionada con muchas de nuestras más grandes preocupaciones en la vida: ¿somos parte de una especie monógama? Lo más probable es que no. Lo más cercano a nosotros son las especies monógamas-seriales, que mantienen relaciones exclusivas entre pares sólo durante periodos limitados. Al parecer, nosotros lo hacemos como resultado de un proceso biológico por lapsos de alrededor de cuatro años. El pretender extrapolar la monogamia hasta términos eternos, del tipo toda-la-vida, parece no producir buenos resultados. Sin embargo, el caso contrario no ofrece un panorama con muchas más posibilidades. El compartir a la pareja de la que se está enamorado podría ser una fuente de dolor.

Sea cual sea la postura política desde la que se genere, convendría que, para la formulación de una teoría social sobre el amor, el enamoramiento fuese considerado como un proceso aparte. Sus características específicas así lo demandan. Es también necesario estudiar si las personas que tienden más a la monogamia tienen mayores concentraciones de oxitocina y vasopresina, además de receptores para estas hormonas. Habría que comparar los resultados con los de individuos que tienden a tener un mayor número de parejas sexuales. Podríamos quizás encontrar distintas categorías entre las personas en relación con la cantidad de parejas sexuales que necesitan, algo análogo a la orientación sexual.

Hay procesos químicos ocurriendo en nuestros cuerpos todo el tiempo. Sería maravilloso poderse desentender de más de uno de ellos, aunque sea por un rato. Lo cierto es que no dejan de existir. Podemos cambiar las respuestas y los argumentos, pero no se alterará nuestra composición interna así de fácil. Antes de tomar cualquier decisión con respecto al amor romántico, hace falta entenderlo en todas sus facetas y mirarlo desde todos sus ángulos. ¿Podemos enamorarnos sin dependencia, sin necesidad de estar sólo con una persona? Quizás podemos responder de forma distinta a los impulsos que nos piden depender y necesitar. Es ahí donde estarían nuestros grados de libertad. Iconofinaltexto copy

 

Para leer más:

Canale, D., Marazziti, D. Hormonal changes when falling in love. Psychoneuroendrocrinology 29 (2004) 931-936.

De Boer, A., Van Buel, E.M., Ter Horst, G.J. Love is more than just a kiss: A neurobiological perspective on love and affection. Neuroscience 201 (2012) 114-121.

Zeki, S. The neurobiology of love. FEBS Letters 581 (2007) 2575-2579

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David Alexir Ledesma Feregrino

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  • Frank Vazher

    ¿Entonces? La idea del amor no es estática, puesto que usted señala la influencia de dos factores: el social y el biológico. Ambos factores se encuentran en constantes cambio, aunque en el factor biológico estos cambios ocurren con mayor lentitud. Si tomamos en cuenta la teoría evolutiva, no sería extraño imaginar un cambio en el nievel y/o el tipo de sustancias que el cuerpo humano produciría, incluyendo las sustancias que provocan el enamoramiento. Si a esto le agregamos cambios en la construcción o deconstrucción de los factores sociales a lo largo del tiempo, podemos pensar que estaremos ante una forma distinta de amor en el futuro.