Poema de amor para Carl Sagan, de Robin Myers

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El Pioneer 10, la primera nave especial en salir del sistema solar, llevaba consigo una placa de seis por ocho pulgadas de aluminio anodizado en oro grabada con un mensaje—información sobre el origen de la nave y la humana—por si era interceptada por alguna forma avanzada de vida extraterrestre. La placa incluye el dibujo de la silueta de un hombre y una mujer desnudos. Carl Sagan codiseñó el mensaje y su entonces esposa, Linda Salzman, hizo el dibujo.

Un hombre y una mujer flotan, sin tocarse, en el espacio.

Espacio es una palabra que usamos para vacío,

es decir, un lugar donde no estamos nosotros.

Grabados en su placa metálica, flotan, el hombre y la mujer,

sus manos separadas, hacia cualquier clase de nada

que los absorba, cualquier clase de criatura que algún día

pueda extender un apéndice, membrana, hueco

o algún otro receptor misterioso que pudiera tener

para recibirlos, o no, en un intento de aprender, o no,

qué es una mujer, qué es un hombre,

la forma de sus pantorrillas, cómo se acomodan sus dedos

en un gesto de bienvenida o de reposo.

El hombre y la mujer, flotando en el espacio,

no se tocan, para que la criatura inimaginable

no los confunda con un solo organismo

amorfo, semisimétrico,

unido en el eje que entendemos como manos.

El hombre y la mujer que no se tocan

son cada uno una silueta sólida, de rostro plácido, lisos

por diseño, sus cuerpos desprovistos de color, órganos, accesorios

que revelarían su particularidad a Río de Janeiro, por ejemplo,

al cinturón bíblico, la selva del Congo, el desierto del Sahara

o cualquier otro lugar.

El pene del hombre está presente y flácido.

La vagina de la mujer pulcramente triangular, sin fisura,

para apaciguar a los censores. No hay,

quiero ser clara, absolutamente ningún punto de contacto.

¡Ay, Carl Sagan, la presión!

El terrible peso de la responsabilidad

forjado en el metal, precipitándose ahora castamente

a través de la infinita virginidad del espacio.

Qué tarea, esta inmutable lección de dos dimensiones

sobre la anatomía de todos: pasteurizados

en líneas, decoro y proporciones aproximadas;

sin carne ni funciones ni fricciones de ninguna clase,

sin lunares ni cicatrices ni amputaciones marcadas por líneas de ensamble

ni barbas, por supuesto nada de vulvas

y sin involucrarse, en el sentido

en que mi pie está involucrado con el calcetín, el zapato, la alfombra,

la doctora involucrada con el termómetro

que coloca debajo del brazo del anciano

y con el hombre al que le pertenecen el brazo y la axila.

Sobre nosotros, un hombre y una mujer,

sin tocarse, ahora para siempre

intocables en nuestra memoria,

flotan en el espacio,

como dioses, finalmente, como siempre quisimos,

o al menos en la única manera

que podemos ser dioses.

Está bien, Carl Sagan,

está bien, es cierto.

Con el bosquejo de cualquier forma humana

como retrato definitivo de lo que somos y hacemos,

simplemente no habría manera de evitar la mutación:

una niña en bicicleta se vuelve mítica,

una bestiecilla con alas de dos ruedas

y contornos que cambian de forma con el viento.

¿Qué pensarían de nosotros, esos otros inconcebibles—

ajenos a nosotros en la textura de su piel, si tienen piel,

en sus intimidades con el tiempo, si cuentan el tiempo,

en la cuestión de su antojo por la sal,

si tienen antojos, si ellos son de hecho ellos—?

Consideremos, entonces, la colección de animales:

Hombre y mujer tomados de la mano para luego soltarlas.

Hombre cepillando el pelo de hija.

Mujer pasando la lengua por clavícula de mujer.

Hombre ahorcando a hombre.

Mujer y hombre y hombre y mujer y mujer y mujer

y hombre y mujer y hombre y mujer acurrucados sin querer

unos con otros en el metro.

Mujer desgarrando un hueso de puerco con los dientes.

Hombre meciendo una pistola.

Muchacha tocándose hasta quedarse dormida en choza con techo de lámina corrugada.

Niño besando niño en la sombra de lago y esperando

sesenta años para hablar del tema.

Hombre acercándose a mujer en colchón que memoriza su forma

y sin embargo los olvida mientras ellos luchan

para encontrarse en el centro fundido de lo que sienten

y desaparecer en el espacio que los separa.

Hace poco, un hombre y yo nos sentamos junto a una cascada

con las piernas en la corriente y nuestros hombros tocándose.

Sé que sentí el cuerpo salvaje y vasto del río

y el cuerpo breve y cálido del hombre y sé

que mi cuerpo estaba involucrado con los dos, y ¿quién puede negar

que hayamos formado, juntos,

aunque sea por un momento,

un nuevo animal?

 

– Versión de Isabel Zapata. Para leer el original en inglés, click aquí.

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Isabel Zapata

Nació en la Ciudad de México en 1984. Estudió la licenciatura en Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y la maestría en Filosofía en la New School for Social Research. Es poeta, traductora, editora y antílope.

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