Un paseo nocturno por la Alameda

I

Esta ciudad es cada vez más falsa. Camino de noche por la recién reinaugurada Alameda Central. Para poder internarme entre sus pasillos ahora necesito encontrar un punto de acceso. La nueva Alameda se encuentra rodeada por vallas metálicas y sólo es posible empezar a caminarla por las entradas donde policías de gesto serio controlan el flujo de paseantes. Prohibidos los perros, los ciclistas, las pelotas y el faje en los jardines. La comparación con la Alameda del Virreinato y su muro separador de castas es demasiado grosera como para nombrarla.

Lo primero que noto es la ausencia de olores. Como si esas vallas también filtraran las moléculas volátiles que habitan el resto de la Ciudad de México. Me siento perdido en este nuevo espacio. Para mí el aroma nocturno de este parque era uno absoluto: el olor a elote asado. ¿Cómo le hará el mendigo ciego que se acercaba a las parejitas sentadas en las bancas para ubicarse ahora en esta nueva Alameda ultra higiénica, híper estéril?

La respuesta es fácil. La nueva Alameda ya no tiene habitantes. Todos somos turistas aquí (y en todo el Centro Histórico). Las fuentes iluminadas por colores neón son el spot perfecto, facilísimo, para la fotografía turística. Aquí ya no hay espacio para el vagabundo pepenador, para el payasito alburero, para los carritos de hot dogs radioactivos (3×10$), para el merolico curatodo, para el sonidero improvisado, para el bailongo espontáneo.  Ahora el sonido de la Alameda es igual al del lobby de un hotel: versiones en  “jazz” suave de canciones de los 80’s.

Las estatuas son, ahora más que nunca, inertes trozos de metal que asemejan formas humanas (por un momento temí que la estatua de Beethoven, que vista desde atrás parece estarle dando una mamada a un arcángel, hubiera sido removida por no ser adecuada para el nuevo aspecto de la Alameda). La luz de esta Alameda es fría (lámparas ecológicas, se entiende). Y eso, de alguna manera, también es una metáfora involuntaria. No hay rincones para la oscuridad.  Atrás quedaron los refugios de sombras que los taloneros de metro Hidalgo ocupaban para una cogida improvisada. Le hace falta amor a esta nueva Alameda.

II

Claro. Todo es más limpio, más ordenado, más transitable. La Alameda viene a sumarse a esos sitos de la Ciudad que han dejado atrás el desorden (¿qué era el DF si no una de las múltiples caras del caos?) y el bullicio y se han convertido en lugares visitables para el turista (o para el burgués). Madero y sus tiendas de ropa que en esta época te desean no una feliz Navidad si no happy holidays. Garibaldi y su museo del Tequila: ¡Ahora con borrachos de verdad! La nueva Cineteca y sus cientos de expertos críticos cinematográficos fans de Wes Anderson y Lars Von Trier. Tal vez el salinista Marcelo, a base de kilos de maquillaje y miles de horas de terapia plavoviana por fin pudo transformar esta Ciudad, de una gordibuena fan de las guajolotas, borracha y desmadrosa, en una anoréxica primermundista con aroma a carolina herrera.

III

Termino de cruzar la Alameda en menos de cinco minutos. Del otro lado, la boca del metro de la afrancesada estación Bellas Artes, me revive un recuerdo. Durante mi breve visita a París, en un viaje por su metro, fui testigo involuntario, indiscreto de una tal vez inexistente conversación.  Las paredes de algunas de las estaciones del metro parisino son cóncavas. Sus andenes son pasillos cilíndricos y esta extraña arquitectura produce un particular fenómeno acústico. Yo esperaba, con un gesto de turista total (mapa en mano mirando boquiabierto los señalamientos del andén) el metro que me llevaría de regreso a mi hostal. En un momento creí oír murmullos ininteligibles a mi espalda. Volteé y sólo encontré vacío a mi alrededor. Extrañado, continué esperando. Segundos después el mismo fenómeno se repitió, pero esa vez pude oír (¿creí oír?) claramente el hilo de una frase:

            …Y pensar que ellos creen conocer París.

Antes de voltear como loco buscando el origen de las palabras, frente a mí, del otro lado de las vías del tren, vi a dos parisinos conversando entre ellos pero mirando fijamente hacia donde yo me encontraba. Comprendí que un trozo de su conversación me había llegado auxiliada por la extraña acústica de aquellas paredes. Por alguna razón me sentí humillado y tuve un poco de temor. Así que me desplacé hasta el final del anden y ahí, algo nervioso, esperé la llegada del tren.

En el camino al hostal, ubiqué la frase escuchada en dos posibles contextos: El primero, el más lógico pero también el menos interesante es que haciendo uso de todo su derecho, los parisinos se estuvieran burlando de mí: uno de los millones de lerdos turistas que cada año vamos a invadir su ciudad volviéndola casi inhabitable para ellos mismos.

La segunda opción, la menos probable pero también la que más deseo cierta, es que el París al que ellos se referían, el que los turistas creemos ir a conocer, sea uno diferente al verdadero París. No hay metáfora alguna en estas frases. No me refiero a dos experiencias de la misma ciudad. Hablo de dos ciudades diferentes.

Imaginemos la situación de los parisinos. Hartos de las hordas de mecánicos turistas, de los japoneses posando frente a la Monalisa en el Louvre, de los cazadores de lápidas famosas, de los insultos a los monumentos para sus héroes, tomaron una decisión sin referente alguno en la historia: mudar la ciudad y construir otra de juguete para los visitantes. Es así como el verdadero París (el que era una fiesta) se encuentra en una zona sólo conocida por los franceses y ellos nos han cedido ese set turístico que también llamamos París. Tal vez sin saberlo, la penúltima película de W. Allen pertinentemente sacó buen provecho de esa ciudad de utilería.

IV

Si las cosas continúan como van, yo propongo mudar el verdadero DF a esa zona deshabitada entre Puebla y Tlaxcala. Los casi siempre invisibles volcanes que coronan este valle, bien podrían remplazarse con el volcán La Malinche, montaña de nombre más acorde a la identidad nacional. Iconofinaltexto copy

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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