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El miedo a las botargas

dr simi

Tendría yo la edad en que se es demasiado viejo para participar en los juegos de niños con la debida seriedad y demasiado joven para seguir las pláticas de adultos con la debida inmadurez. El lugar era un salón de fiestas infantiles (el cumpleaños de alguna sobrina) y, como preludio a mis épocas de adolescente consumado, estaba solo en la mesa comiendo pastel. A mis espaldas, un enorme ventanal daba a la avenida Lomas Verdes y dejaba colarse al sol que nadie había invitado.

Entonces una sombra se cernió sobre mi mesa. Advertí la inexplicable novedad de lo que sentía: una punzada en el estómago, como si a alguien, ahí adentro, se le hubiera caído un plato y ahora tuviera las esquirlas de porcelana incrustadas en los intestinos. Tras de mí, había un dinosaurio. No un dinosaurio realista; un dinosaurio feliz. Era verde con motitas amarillas, forrado de fieltro o polar, y tenía las garras pegadas al vidrio como si el ventanal fuera la vitrina de una carnicería y yo una pierna de cerdo. No lloré porque se me olvidó cómo. Quizá mi cuerpo se confundió y lloré por los poros. Algunas de mis primas advirtieron el alumbramiento de mi única fobia y se entregaron afanosamente a su difusión pública.

Muchos años y dos carreras universitarias más tarde, no me he curado. Todavía me sudan las manos y prefiero cambiarme de banqueta cuando hay botargas cerca. La gente pregunta por qué les temo casi con tanta frecuencia como pregunta por qué me dedico a escribir en lugar de a ser próspero. El beneficio del miedo irracional me exime de explicarlo, pero tengo algunas consideraciones.

Imaginen la isla de las muñecas en Xochimilco, sumidas en el silencio húmedo oloroso a algas, sus rostros sin ánima, sus ojos vacíos, plástico humanoide al que le cabe cualquier clase de fantasía horrorífica. (¿Le temen a los payasos? Por favor, al menos ellos tienen músculos faciales.) Ahora pongan su imagen mental en una cajita, dénsela a un niño y cuando la abra, digan “Feliz cumpleaños”. Exacto.

La botarga solía ser una vestimenta o armazón usada con fines teatrales, pero a mi generación le llegó extirpada del escenario, como tumor de la mercadotecnia y mascota de lo divertido a fuerzas (¿en serio les parece divertido un pato del tamaño de un refrigerador?). Desde el tacleable doctor Simi hasta las manifiestamente terroríficas reproducciones de los personajes del Chavo del Ocho que merodean el bosque de Chapultepec, son monstruos descontextualizados que envidian la seguridad del payaso. Su venganza son el baile y el abrazo. Son la desconfianza envuelta en peluche –quién sabe qué clase de ex desempleado se esconda en sus entrañas–; son máscara de cuerpo entero, ruedita de entrenamiento para el niño que tendrá que ver políticos en la tele por el resto de sus días, tortura emocional para convencerlo de que quien vende debe esconder la cara. Son, sobre todo, muñecos sin alma que huelen al mueble viejo de una sala de pesadilla.

Hablo, sin embargo, desde una perspectiva similar a la de la güera que siempre matan en las pelis de terror. Quizá el miedo a las botargas no tenga explicación plausible; o a lo mejor en una de ésas hasta emerge el término botargofobia y nos elevan a los afectados a la categoría del trastorno mental.

¿Dije los afectados? ¿Habrá otros allá afuera? Si me leen, manifiéstense y armamos la terapia. Tengo en el sótano un telettubie que podemos patear… con los ojos cerrados.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada