Finales heroicos: entre Charles Dickens y The Dark Knight Rises

Cuando el director inglés Christopher Nolan se propuso hacer la trilogía de películas sobre Batman, el mítico personaje creado por Bob Kane para DC Comics, tenía un propósito muy claro: quitar todo lo caricaturesco que había teñido al personaje de una atmósfera ridícula y envolverlo de un ambiente real. Después de varios intentos fallidos por llevar al proyecto de forma convincente a la pantalla, tanto la crítica como los espectadores dudaban si a la creación de Kane le quedaba todavía algo de vida. La duda se resolvió en el verano del 2005.

La interpretación del personaje de la mano del actor Christian Bale y la inmersión de la historia en un tono realista sedujeron. De inmediato, la producción de secuelas se puso en marcha y, a lo largo de diez años, las tres películas de la llamada The Dark Knight Trilogy han pasado a la historia como uno de los fenómenos cinematográficos más relevantes de la historia del cine. La crítica la ha llamado desde “la mejor película de súper héroes jamás hecha” hasta un “testimonio del caos de nuestro tiempo.“

En la primera película, Batman Begins, se nos presenta el proceso por el cual Bruce Wayne, huérfano por crimen y joven multimillonario, atraviesa para convertirse en el héroe encapuchado de Ciudad Gótica. Cumpliendo a cabalidad el viaje del héroe del que habla Joseph Campbell en su libro El héroe de las mil caras (E.U., 1949), Bruce parte en busca de un aprendizaje que le ayude a convertirse en un justiciero. Cuando regresa a Gótica, debe enfrentarse a la Liga de las Sombras, vigilantes que buscan exterminar la metrópoli por considerarla decadente y hundida en la corrupción absoluta.

En The Dark Knight (E.U. 2009), la secuela, Batman se enfrenta al Guasón. Más allá de la lucha entre el bien y el mal, la película refleja ideas sobre la naturaleza del heroísmo en un mundo que no tiene lógica, que es cruel y que puede corromper cualquier símbolo. La idea de que no es posible la existencia de un héroe que viva tanto tiempo sin convertirse en villano se introyecta en varios personajes que pasan de ser figuras modelo a cometer actos atroces.

En la última entrega del 2012, The Dark Knight Rises, un retirado Batman debe volver a enfundarse en el traje por la nueva llegada de la Liga de las Sombras. Es en esta película en la que, de alguna manera, se condensa el concepto del heroísmo mantenido en las anteriores. Para salvar a la ciudad, Batman recurre a un sacrificio: da su vida. En las escenas finales, cuando pensamos que el héroe de verdad ha muerto, la voz del comisionado James Gordon da lectura a los párrafos finales de una de las novelas más importantes del escritor inglés Charles Dickens, A Tale of Two Cities (Inglaterra, 1859).

La referencia literaria, lejos de ser un mero artificio para conmover, es en realidad un guiño que el director hace para reforzar el diálogo entre dos obras (la novela y la película) que comparten el tema del héroe. En alguna entrevista, por el año de 2011, el propio Christopher Nolan comentó que a la hora de escribir el guión, su formación literaria lo llevó a buscar ejemplos novelescos para inspirarse. Los temas dickensianos por excelencia, como lo son el huérfano, su triunfo en la vida y las injusticias sociales se acomodaban perfectamente en la concepción de Batman. Pero es A Tale of Two Cities la novela que define el tema del héroe romántico que vemos en la película.

Dickens nos narra la historia de Inglaterra y Francia durante la Revolución Francesa y la vida de varios personajes, entre los que se destacan Charles Darnay y Sidney Carton. Darnay es un noble francés acusado de espionaje en Londres y que es puesto en libertad gracias a la ayuda de Carton, un abogado borracho y mal hablado. La historia se complica porque éste último se encuentra enamorado de la prometida de Darnay, Lucie Manette. Como no pueden estar juntos, Carton le promete a ésta que en cualquier circunstancia, él estaría dispuesto a dar la vida por ella.

El tiempo pasa y la revolución modifica las vidas de un sinfín de personajes; sin embargo, tanto Darnay como Carton dominan la historia. Para el final, Darnay, ya casado con Lucie, se encuentra preso de nuevo y está a punto de ir a la horca. Es en ese momento en que Sidney Carton decide dar su vida a cambio de la libertad de Darnay y la felicidad de Lucie.  La escena es emblemática en la literatura inglesa: como ambos son muy parecidos físicamente, Carton entra a visitar a Darnay en su celda y le induce un desmayo. Acto seguido, le cambia las ropas, se hace pasar por Darnay y los vigilantes sacan de prisión al falso Carton.

Al final de la novela, Carton se dirige  a la horca por amor, pues sabe que la felicidad de Lucie nunca será completa sin Darnay, así que decide morir en lugar de él. Pareciera que no puede tomar otra decisión, ya que él mismo se considera un ser hundido en el alcohol que ha perdido las ilusiones y que jamás podrá tener a la mujer que ama. No obstante, su sacrificio es la expresión máxima de amor hacia ella. Desea su felicidad más allá de él.

La escena, vista desde una perspectiva actual, nos podría sonar hasta cómica, pero sólo el talento de Dickens hace que se muestre como todo lo contrario. Se trata de un final romántico y contundente en el que el sacrificio humano por amor es el único medio para la felicidad o la paz. La imagen de un ser dando la vida por otro es, sin lugar a dudas, la médula del heroísmo como lo conocemos y es una metáfora que resume varios preceptos cristianos que cunden la obra de Dickens. Las tres mayores costumbres cristianas, como lo son la fe, la esperanza y la caridad, quedan representadas en el acto del sacrificio final. Podríamos decir, entonces, que tanto la novela como la película de Nolan están teñidas, en el fondo, de una ficción cristiana.

En The Dark Knight Rises, Bruce Wayne, vestido de Batman, da su vida al llevar una bomba a las afueras de Ciudad Gótica a sabiendas de que podría morir. Nadie más que él puede realizar semejante hazaña. Ya en los últimos minutos vemos que realmente no ha muerto. Ha continuado con su vida como Bruce Wayne, pero ha dejado atrás el traje de Batman, el cual, al ser un símbolo de la justicia y esperanza en Gótica, puede ser usado por alguien más. En una suerte de “resurrección”, Batman sigue viviendo a pesar de todo.

De nuevo, la alegoría cristiana está presente. Jesucristo, el héroe romántico por excelencia, y figura protagónica de una de las historias heroicas más representativas, es el modelo que permea la concepción del sacrificio que vemos en Dickens y que después retomará Christopher Nolan. Según Joseph Campbell, el individuo que se quiera definir como héroe ha de ser un extraño o diferente, obtener un aprendizaje alejado de la sociedad, después regresar a ella, pasar por un proceso de lucha y ejercer un gran sacrificio. La historia de Jesús es típica de la concepción campbeliana: con una niñez extraña, llega a la edad de treinta y tres años y, en un viaje en el desierto, busca del sentido de su vida y obtiene revelaciones que le indican que es el salvador. Consciente de su misión y de sus poderes, regresa a la civilización con la misión de rescatarla del pecado, a pesar de que debe entregar su vida para triunfar en nombre del amor más grande. Este modelo narrativo se introyecta tanto en Dickens como en Nolan, porque sus héroes se sacrifican por amor a la humanidad.

En la novela de Dickens,  Sidney Carton se vuelve un héroe al ser un personaje cuya vida nada ejemplar se redime en un sacrificio final. Y pasa a la historia por el testamento que deja y las vidas que ha salvado (la de Charles Darnay y, a la vez, la de Lucie). Pasa lo mismo en la película de Nolan. Sólo un hombre poderoso, de carácter incorruptible pero con una vida personal arruinada como Bruce Wayne puede ser capaz de salvar a los habitantes de Ciudad Gótica. Un hombre común y corriente no puede con tanto peso, así que el personaje recurre al símbolo. Bruce Wayne muere aparentemente, pero Batman no. Su máscara se eleva en el tiempo como una imagen heroica a la que la gente puede recurrir en momentos de desesperación o para hacer temer a los criminales.

Ambos sacrificios tienen una base en la ofrenda, acción que podemos observar en todas las prácticas religiosas de la humanidad, pero sobre todo en la cristiana. Para lograr una comunión con el creador, se debe ofrecer algo. Y si es la vida, mejor. De esta forma, el sacrificio se vuelve el más sublime de los actos humanos. Es casi una acción divina.

En el siglo XIX, Dickens era muy consciente del efecto que producía en el público lector el utilizar una alegoría cristiana. Los motivos comerciales le impulsaban a “aprovecharse” de las imágenes heroicas y religiosas pues sabía de antemano que conmovían, de ahí que el diálogo intertextual entre Nolan y la novela de Dickens sea interesante. En los últimos veinte años se ha visto una basta producción artística en cuanto al tema del heroísmo. Ni hablar del mundo del cómic y de los superhéroes, cuyas figuras que luchan contra el mal y la corrupción se han vuelto mediáticas y dominadoras de la industria fílmica y literaria. Con todo lo anterior, lo que merece la pena preguntarnos es por qué el tema del héroe parece inevitable en la civilización, tanto oriental como occidental.

Muchas novelas, como Cloud Atlas (Inglaterra, 2004) de David Mitchell o Los Juegos del Hambre (E.U., 2008) de Suzanne Collins, exploran  el tema de un ser humano que se vuelve líder de una revolución y pasa a convertirse en un símbolo de esperanza casi religioso. La última película de Superman, Man of steel (E.U, 2013), basa su construcción (o así lo parece) en la historia de Jesús de Nazareth: un ser humano que viene del cielo, criado por mortales, que a la edad de treinta y tres años descubre que su destino es ayudar a la humanidad. La cantidad de referencias cristianas en el guión es sorprendente. Superman atraviesa prácticamente las mismas tribulaciones que Jesucristo. De nuevo, los creadores proponen que la fórmula del héroe, lejos de presentarse gastada, es una idea vital y poderosa.

En un mundo en el que la valía del pensamiento religioso se desintegra cada vez más, la existencia del símbolo heroico seduce. La tragedia de la humanidad ha terminado por fatigar la creencia en absolutos y es más que claro que la gente necesita (o simplemente le gusta) creer que una fuerza vendrá a librarnos de todo mal. Pareciera, pues, que el arte revelara que para el ser humano el surgimiento de un símbolo es necesario para poder vivir. ¿Es esto cierto? ¿No estaríamos mejor sin la creencia en símbolos? ¿Es la fe un acto inútil en un mundo en el que ya el ateísmo y la ciencia han ganado terreno? ¿Es necesario creer en algo o en alguien para poder vivir? Según Carl Jung, el gran psicoanalista sueco, la idea, la historia y los procesos del héroe son parte del inconsciente colectivo de la humanidad. De ahí que Gilgamesh, Mahoma, Jesús o Buda compartan historias tan parecidas, bañadas en aguas de relato épico. Son héroes que generan revoluciones y que se vuelven dioses, autoproclamados o gracias al paso del tiempo.

El enorme problema en el mundo musulmán o la decadencia del catolicismo han puesto en la mira el tema de la fe y de la creencia en símbolos. En los círculos ateos o científicos se habla de la inutilidad de semejante acto, pues el entendimiento del mundo, dicen, debe basarse en evidencias. Considero que es cierto; sin embargo, la misma palabra “fe” refleja el significado de creer en algo que no existe. La contradicción que observo es que muchos descubrimientos científicos o humanistas han tenido su base en principios de fe: en la esperanza de que el mundo podría mejorar o de que un símbolo puede liberarlo.

Me pregunto si cualquier lucha o cambio puede iniciarse sin fe. ¿Los grandes movimientos sociales que han modificado al mundo tuvieron sus bases en la pura evidencia? ¿La fe es un tema cursi, pasado de moda, propio de personas de bajo coeficiente intelectual? ¿Se puede entender la vida únicamente desde el punto de vista racional?

Nunca nos pondremos de acuerdo; lo que sí es un hecho es la importancia de la figura heroica en las sociedades de la historia universal. El artificio de crear un salvador ha movido las fuerzas del mundo y ha ocasionado revoluciones. En ciertos momentos, ha generado esperanza y motivado el cambio. Ya los beneficios o tragedias que llegaron después son otro asunto. Uno de los tantos problemas que se genera, creo yo, es el de teñir al héroe de un aspecto divino. Esto le otorga una eternidad que es difícil de sostener. Ni Jesucristo ha podido ser siempre un héroe a lo largo de dos mil quince años. Como diría Harvey Dent, el personaje bondadoso y símbolo de justicia de Ciudad Gótica, que después será corrompido por el Guasón en The Dark Knight: “¿Cuánto puede vivir un héroe sin convertirse en villano?”

La humanidad genera héroes, construye dioses y después éstos se tornan la peor pesadilla, el arma más letal para la vida en la tierra. En la nueva entrega de Zack Snyder, Batman v. Superman: Dawn of Justice,  se puede ver que el dilema del héroe convertido en figura divina está a la orden del día. Pero ahora existe una reflexión poderosa. Una frase la anticipa: “los demonios no vienen del infierno, vienen del cielo.” Es importante destacar que tanto Batman como Superman, en esta película, representan dos formas de ver el mundo: el que cree que vino por una razón y el otro, Batman, que considera que la existencia no tiene sentido lógico y que se debe sobrevivir a pesar de todo. El choque de esas dos fuerzas, la divina que cree en la predestinación y la realista que viene de la crueldad y del sinsentido, es el tronco filosófico del filme.

Concluyo con las palabras de Sidney Carton que fueron retomadas en las últimas escenas de The Dark Knight Rises. Aparentemente Bruce Wayne ha muerto, pero Ciudad Gótica se encuentra a salvo gracias a Batman, al cual se le rinde un tributo por ser el salvador:

…Veo surgir del abismo una ciudad hermosa y un pueblo inteligente y, en sus luchas para hacerse verdaderamente libres, en los triunfos y derrotas, con el correr de muchos años venideros… Veo las vidas por las que hoy doy la mía, tranquilas, útiles, prósperas y felices… Veo que tengo un santuario en esos corazones, y también en los de sus descendientes en más de una generación. Esto que hago es mejor, infinitamente mejor que cuanto he hecho en toda mi vida. Y la paz que ahora me espera es una paz mayor, muchísimo mayor que toda la que me ha sido dada a conocer hasta hoy. [1]  

@AbramDominguez

REFERENCIAS:

CAMPBELL, Joseph, El héroe de las mil caras, México, Fondo de Cultura Económica, 1972.

DICKENS, Charles, Historia de dos ciudades, Madrid, Alianza Editorial, 2012.

[1] Charles Dickens, Historia de dos ciudades, Madrid, Alianza editorial, 2012, p. 612.

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Abraham Miguel

Narrador y ensayista. Tiene estudios de Letras y Creación Literaria en el Centro Cultural Casa Lamm y de Escritura Creativa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Se especializa en Crítica y Literatura Victoriana. Twitter: @AbramDominguez