Quererse otra vez con ‘Lo que queda de nosotros’

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Para aprender a amar a veces hay que dejar ir, luchar contra la propia oxitocina y mirar la obra de arte desde lejos. Hay que asegurarse, claro, de que el camino tenga regreso, de lo contrario estaremos cometiendo un abandono. Así le pasa a Nata cuando se despide de su Toto. Lo deja en medio de la nada, olvidando que ese amor no estaba ahí sólo para cumplir sus exigencias; que él también respiraba a través del canal que los unía.

Lo que queda de nosotros es una obra escrita por Alejandro Ricaño y Sara Pinet. Protagonizada por Raúl Villegas y la misma Pinet, la puesta en escena explora en los recovecos del abandono y el miedo de querer. Bajo la dirección de su co-autor, Lo que queda de nosotros se presenta los sábados y domingos (13:00hrs), hasta el 21 de agosto, en el Teatro Benito Juárez.

El padre de Nata ha muerto. El suceso tiene doble peso dado que se trataba de la única persona con la que ella podía relacionarse. Después del fallecimiento de su madre, años atrás, Nata desarrolló aversión a la vulnerabilidad. “A la gente débil no hay que tomarle aprecio; mueren pronto”, dice la madre en su agonía. Desde entonces Nata sólo puede amar la fuerza de su padre, a quien percibe invencible. Un terapeuta le aconseja hacerse de un perro para empezar a desarrollar otros afectos; no puede andar por ahí dependiendo de un hombre. A pesar de sí misma, le hace caso y adopta un cachorro, Toto. La segunda muerte cancela de tajo todos sus intentos y Nata decide dejar de amar al perro. Lo que sigue será un viaje que los reencontrará o les separará por siempre.

Toto es el cuerpo del amor sin intereses, al que no le importa ni que lo hayan dejado abandonado. Busca el regreso sin rencores, respetando el proceso que Nata debe atravesar para quererle. Su cambio es más físico que espiritual. Empieza en la soledad de carretera y acaba cuando se encuentra o no con Nata. Ella, por otro lado, es el amor limitado por las expectativas. Nata espera que la gente que ama sea fuerte, que sea inmortal, que no se muestre vulnerable y que no le recuerde que ella misma lo es. Cualquier falla en este orden la hace retroceder. Nata no permite que las personas sean ellas mismas porque necesita que sean quienes ella espera. La muerte le recuerda, una y otra vez, que la gente no es quien quiere, sino quien puede, y ella se niega a aceptar que eso es verdad.

El universo en Lo que queda de nosotros se construye con muchos espacios superpuestos. La realidad se compone de un mosaico de locaciones emocionales, físicas y abstractas que no se limitan a nuestras coordenadas espacio-temporales. La obra le apuesta a la vida como un entramado de sucesos que no pueden ser contados siempre de manera estrictamente lineal. Hay un montón de formas distintas de evocar un lugar. En este caso, en vez de esperarse que el espacio sitúe a los personajes, los personajes generan los espacios y transitan a través de ellos conforme les dicta la necesidad.

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Los únicos elementos externos, con respecto a la mente, son los músicos en escena y una mesa con un par de sillas. Lo mejor de formar espacios de este modo es que estos quedan impregnados del estado emocional que vivían los personajes mientras los habitaban o los transitaban. Es así que uno se encuentra con imágenes del amor que no sólo son genuinas, sino que trascienden en la mente del espectador. La primera está formada por Nata y Toto mirando a la ventana en donde nada pasa y el horizonte ha sido cancelado. Es el reflejo más sincero de la situación emocional de Nata: no hay perspectivas, nada nuevo la puede sorprender en esta vida. “Allá afuera no había ningún dios salvaje poniéndonos a prueba. Allá afuera no había nadie más que nosotros”, piensa.

La segunda imagen es la cigüeña, símbolo occidental del nacimiento, contrastado en esta obra con toda la muerte que la rodea. El ave le recuerda a Nata que está en el mundo de momento, que la gente muere y que es probable que su padre lo haga pronto. “No somos invencibles” parecen decir la cigüeña y el grito de Nata mientras su padre cae al vacío. No es que el ave se convierta en muerte, sino que la muerte ha sido siempre parte de la vida. La cigüeña también está en el texto para revelar un secreto que dice que para seguir de pie a veces hay que morir un poco.

Lo que queda de nosotros busca desentrañar el miedo a los compromisos, el miedo de los superhéroes. No es el temor a amar, sino a amar y terminar perdiendo. Ese miedo que conduce a la torpeza y lleva al cerebro a pensar que la única forma de vencerlo es encararlo lo más pronto posible. Parece que el amor es lo que más deseamos, pero también lo que más tememos. El deseo nos asusta. Nos aterra la inseguridad, la efimeridad, recordar que estamos no más de paso. Amar es un recordatorio constante de la impermanencia; la tiene escrita en su ADN. Queremos atesorar el objeto de nuestro amor, cosa imposible, y nos topamos con que la única forma de que nos siga amando de vuelta es dejarlo libre y vulnerable, como nosotros. Pero no hay que verlo con ojos pesimistas, Ricaño y Pinet nos recuerdan que “vamos a salir de ésta, porque vivimos a pesar de lo que queda de nosotros”.Iconofinaltexto copy

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David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.