¡Mira esta mano!

Cuando nací, mis padres estaban tan ocupados con sus negocios que Andrés, mi hermano, tuvo que hacerse cargo de mí. Él era un ojete que le ponía chile piquín a mi chupón, me servía las croquetas del perro con leche en lugar de cereal o me encerraba en el clóset para que no le cambiara a la televisión. Nuestras peleas eran infinitas: mientras él quería ver todos los partidos de todos los deportes de todo el mundo, yo sólo deseaba ver al dinosaurio Barney.

Conforme fui creciendo, Andrés se aprovechaba cada vez más: me ponía a entrenar todos los deportes que conocía. Tenía, por ejemplo, que cambiarle las llantas a una avalancha como si fuera un mecánico de la Fórmula Uno; si no lo hacía rápido, me disparaba con su pistola de agua. Invariablemente quedaba empapada porque era imposible que yo cambiara una de esas llantas. Otras veces me ponía de portero para que recibiera los balonazos de él y de todos sus amigos.

Cuando empecé a escribir, me hacía repetir el abecedario agregándole el nombre de algún deportista: A de Ayrton Senna; B de Bebeto; C de Calero…

Un día le pedí que me abrochara las agujetas. Él se agachó a amarrármelas mientras me decía que era una pinche inútil. En cuanto lo tuve cerca le di un rodillazo a media cara y le rompí la nariz. Desde entonces me cuesta correr y me duele la rodilla cuando hace frío. Mis padres no entendían por qué era así con mi hermano que me cuidaba tanto. Me llevaron con un psiquiatra que les dijo que me tenían que medicar.

Andrés se volvió cristiano cuando yo tenía unos quince años y me empezó a buscar. Según él se sentía arrepentido por cómo me había tratado. A mí no me importaba; lo había superado. Me incomodaba que se preocupara por mí y más con su bendita conversión. Él pensaba que yo era una antisocial por su culpa. Y eso era un poco verdad porque yo casi no salía y tenía pocos amigos, pero por ese entonces hasta salía con un chavo.

Él se llamaba Gabriel. Lo conocí en una fiesta de la colonia. En cuanto llegué se acercó a mí y nos pusimos a platicar y en un rato más ya nos estábamos besando. A partir de eso yo lo acompañaba cuando jugaba futbol. Me agradaba estar con él porque era divertido y besaba rico.

Una tarde fuimos a la vuelta de su casa por unas quesadillas. Estábamos esperando a que nos atendieran cuando le hablaron a su celular para avisarle que tenía partido.

—Me tengo que ir, me alcanzas en la cancha —me dijo, me dio un beso y se fue corriendo.

La señora de las quecas se me quedó viendo bien raro. Yo pensé y a ésta qué le debo. Hasta que por fin me dijo:

—Estás muy chica para andar haciendo esas cosas.

Me sorprendí. ¿De qué hablaba? Tener novio era lo más normal del mundo. No eran sus tiempos. Además ni cogíamos. En un mes no habíamos pasado de besarnos con la lengüita.

—Si no hacemos nada —le dije.

—Pero es que no está bien.

La señora me dio las quesadillas y antes de que me fuera me dijo:

—Gabriela es una buena niña, pero es media rarita.

Iba a decirle pinche vieja pendeja, usted que se mete, pero me contuve. Me fui caminando rápido y la cabeza me daba vueltas. Me sentí muy pendeja: él era ella y eso se notaba un chingo: era la más delgada del equipo, siempre la defendían cuando alguien le hacía una falta y todos le decían Gabi. Terminó de jugar y le dije que fuéramos a mi casa. Me preguntó que por qué estaba tan seria. Entonces lo llevé a la sala y lo empecé a besar. Le metí la mano entre las piernas y no había nada. Bueno, nada de lo que yo esperaba. Nos separamos y ella me vio toda asustada.

—¿Hay algún problema con que sea mujer?

Yo me quedé pensando un rato.

—Creo que no.

Y la verdad es que no había ningún problema. Pero quién sabe cómo Andrés se enteró y le dijo a mi madre. Ella me prohibió salir con Gabriela. Yo primero me resistí y le dije que a ella qué le importaba mi vida. Pero luego pensé que lo mejor era darle el avión y seguí viendo a Gabriela a escondidas. Hasta que mi hermano se encontró con sus padres (también eran cristianos) en el templo. Les contó de nuestra relación y ellos se persignaron y también le prohibieron verme.

En Nochebuena, cuando estábamos haciendo el intercambio, mi hermano me abrazó fuerte, me dijo que me quería mucho y me dio mi regalo: una Biblia.

—Justo lo que quería —le dije—. Ese libro no lo he leído.

Entonces le tomé los dos brazos. Él me sonreía estúpidamente. Le empecé a apretar las muñecas y en cuanto cambió su sonrisa por una cara de desconcierto le di un cabezazo a media cara que le tiró dos dientes.

Otra vez me llevaron con el psiquiatra que me recomendó seguir tomando mis medicamentos y practicar algún deporte.

Me metí a un equipo de futbol. Como no podía correr bien, me pusieron de portera. Convencí a Gabriela para que se inscribiera conmigo. Ella no quería porque decía que las mujeres no sabían jugar futbol, pero al final era la única forma de vernos.

Poco a poco me fui integrando al equipo y me emocionaba cada que hacíamos una buena jugada o metíamos un gol. Además, gracias a los entrenamientos que había recibido de mi hermano, no era tan torpe para jugar. Tenía buenos reflejos y no me daba miedo el balón.

Mis padres, de manera extraña, querían acompañarme a los partidos, pero yo siempre los abría e inventaba algo para que no fueran.

Cuando terminábamos de entrenar, Gabriela y yo nos íbamos al cine o a tomar un helado. Un día en que fuimos por una cerveza creí ver a Andrés. No le di importancia. Pero al siguiente fin de semana, mis padres llegaron a la cancha sin avisar. Armaron tremendo escándalo, no me dejaron jugar y me llevaron a la casa.

Todo el camino mamá me decía que mi relación con Gabriela era imposible. Yo sólo me preguntaba si el equipo había ganado y qué iba a tener que hacer ahora para ver a Gabriela. Cuando llegamos a la casa, Andrés se acercó y me dijo:

—Es por tu bien, hermanita, la homosexualidad hace llorar al niño dios.

—¡Mira esta mano! —le dije mientras alzaba la mano izquierda.

Él se volvió a verla. Entonces aproveché para darle un golpazo con la derecha. Le rompí el tímpano. Me llevaron una vez más al psiquiatra que me recomendó dejar los medicamentos con la condición de que no viera nunca más a mi hermano.La Hoja de Arena

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José Manuel Ríos

(Tulancingo, 1980) Ha publicado artículos en las revistas F.I.L.M.E., Crítica, Lado B y COnfabulario. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa, y en 2015 ganó el Premio Estatal de Cuenta Ricardo Garibay con el libro 'La conjunción de los astros y las estrellas'.
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