Maldita feminazi

Ayer tuve una discusión idiota con la gente de Jodorowsky en Twitter (si, ya sé, sólo yo me meto en esos lugares del diablo).

Él hizo un tuit que decía:

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Y yo respondí con esto:

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Porque sí, me parece interesante cómo un enunciado puede sugerir las expectativas que existen en el imaginario cultural sobre un género y sobre el otro (las mujeres somos cuerpo, y los hombres son cerebro), cuestión que no sólo sucede –o se reduce–, en el inocente chiste del psicomago, sino que se manifiesta en el día a día de las relaciones sociales; si lo dudan, hagan la cuenta de cuántas marcas utilizan senos o nalgas femeninas para vender sus productos (¿miles? ¿casi todas?), y piensen en las empresas que tienen como director a un hombre legitimado por su conocimiento o inteligencia (¿miles? ¿casi todas?).Antes que nada: con mi observación NO pretendía voltear la pirámide de las relaciones de poder a modo de que ahora nosotras estemos arriba; no necesitaba censurar a nadie, tampoco quería sugerir la desaparición de los hombres del mundo, y menos me interesaba fundar una isla de Lesbos inaugurada con una fogata que se iluminara gracias a una quemazón de penes. ¡No! La rivalidad de sexos es una superficialidad que ya ni siquiera tiene lugar en muchos de los feminismos o de las críticas culturales.

No pretendo tampoco generalizar, y asumir que los papeles por género siempre se desempeñan de la misma manera; claro que hay excepciones y variantes, pero con mi publicación de 140 caracteres de ayer, se me antojaba evidenciar cómo es que seguimos insistiendo en pensar, tanto a hombres, como a mujeres, en los mismos trillados lugares de siempre, patrones que se siguen institucionalizando en distintos mensajes de la cultura mainstream: en los videos musicales, en los comerciales, en las películas y sí, en los tuits de las figuras públicas más influyentes.

Después de darle enter a mi breve publicación, sucedieron cosas bastante interesantes y, pese a que mi intención de crítica no era inocente, tampoco me pareció haberla manifestado bajo un grito histérico de reclamo; sin embargo, comencé a recibir una apasionada respuesta de los seguidores del Jodo, quienes asumían de mí una serie de adjetivos que parecían corresponderle a un personaje de la ficción colectiva.

Sin más, me arrobaban con palabras que pretendían erosionar emociones (malcogida, ardida, idiota, enojada, resentida, frígida, feminazi, feminazi y feminazi). Todos ellos estaban sumamente enojados con el fantasma que habían proyectado en mí.

No me interesa contar esta anécdota para lloriquear, no; más bien quiero ventilar un fenómeno bastante frecuente que suele distorsionar la imagen de cualquier feminista, o inclusive, de cualquier mujer, hasta dibujarla como la bruja más temida de nuestros tiempos: la maldita feminazi.

Un poquito de historia:

En la década de 1990, Rush Limbaugh, un locutor de radio estadounidense, utilizó este término de manera peyorativa para referirse a las mujeres que luchaban por el derecho al aborto, y que fue popularizándose para referirse a las feministas que –según los antifeministas– creían en la supremacía de las mujeres sobre los hombres. Sí, unas supuestas nazis.

Yo sumaría que el término, hoy en día, también se utiliza para referirse a cualquier mujer que cuestiona el imaginario del género, aunque ni de manera lejana pretenda abogar por la superioridad o la exclusión de los hombres ni de nadie.

La ilusión de la feminazi, entonces, aparece muy frecuentemente como una herramienta de defensa o una fantasía grupal, que anula la posibilidad de escucha hacia cualquiera que se atreva a poner en duda la estructura de las identidades, por más sutil, o por más incendiaria que sea la luz que decida utilizar para alumbrar o ahondar en el tema. Ya no importa lo que tenga que decir, seguro su postura es idiota, opresiva, sin criterio, y además, surge de alguien que está muy molesta porque nadie se la ha querido coger bien.
Un estigma que deja silente a cualquier voz.

Pese a la necedad de su anulación, hoy en día hay muchos feminismos (porque no es sólo uno) que en su mayoría buscan evidenciar los roles que se le adjudican a cada género como si fueran naturales, erradicarlos como régimen obligatorio y construir un panorama un tanto más equitativo o libre para que todos (hombres, mujeres, etc.) puedan hacer de su vida, de sus roles, de su interacción en lo social, y de su culo, lo que les venga en gana.

Total, que pese a lo que pude haber dicho o puesto en juego, quedé sentenciada a muerte sin que en el juicio se me concedieran ni una sola palabra como modo de defensa.

Ni hablar, literalmente.

Pero aún puedo escribir, y anotar que hoy en día existen feminismos radicales (sí que los hay), otros más conciliadores, e inclusive, posturas que se manifiestan como no feministas, que igual indagan o cuestionan en estos temas. Escucharlos, verlos o leerlos, no mata, e incluso puede traer herramientas epistemológicas que quizás nos ayuden a deshilvanar un poco el mundo simbólico que habitamos, para que no nos sujete tanto, o para que no nos apriete como un doloroso corsé. O nada, quizá no nos otorguen nada. Pero lo que sí es seguro, es que si las reducimos a la caricatura ficticia de la feminazi, nos perdemos de sus palabras, y sin duda, de considerar otros lugares posibles en los cuales podamos habitar sin tantas restricciones.

Apaguemos entonces la hoguera, que las brujas también tienen algo que contar. 

@MatusOnTuits

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Miriam Matus

Miriam comparte la idea de que el género es una construcción cultural desde que una muñeca, sin preguntarle su opinión, la llamó “mamá”. Hizo danza contemporánea y estudió Comunicación, donde descubrió que con las letras se pueden deshilvanar los discursos ya impuestos. También, para pagar la renta, se dedica a la investigación, y a veces estudia filosofía, aunque la verdad es que de eso cada vez entiende menos.
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