Filosofía de la liberación: La periferia que se piensa frente al centro

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La filosofía de la liberación es un movimiento filosófico originado en el II Congreso Nacional de Filosofía en Córdoba, Argentina en 1972. En 1973 se publica a modo de manifiesto un texto firmado por varios filósofos, en su mayoría jóvenes, que poseen la inquietud generalizada de crear una filosofía que pueda decirse genuinamente latinoamericana y que sirva para pensar la realidad que les fue dada con conceptos distintos a los utilizados por las escuelas europeas y estadounidenses. Desde el principio la filosofía de la liberación se posiciona críticamente ante las filosofías europeas e intenta romper con algunas nociones propias de la modernidad, razón por la cual el filósofo argentino nacionalizado mexicano Enrique Dussel llama posmoderna a la filosofía de la liberación. No debe aquí confundirse el uso dado al término por Dussel con el de Lyotard, que en su ensayo La condition postmoderne: rapport sur le savoir, publicado en 1979 (4 años después que Filosofía de la liberación, libro en el que Dussel introduce el término) usa la palabra con un significado distinto.

La modernidad, nos dice Dussel, ha construido su centro en el ego cogito cartesiano, desde el cual se ordena y categoriza todo cuanto existe. Desde él se concibe a todos los hombres y todas las culturas como útiles manipulables, como instrumentos. Para la ontología todo son entes interpretables, mediaciones o posibilidades que se abren desde un horizonte de comprensión del ser determinado (Heidegger). De esta forma la consideración de los hombres se fetichiza, es decir, pierde de vista lo verdaderamente importante: la vida como dimensión fundamental del valor del viviente. Así, la ontología deja a un lado el papel tradicional de filosofía primera, de prima philosophia, y muestra su verdadero rostro ideológico y dominador. Para deshacer este encubrimiento, esta consideración errada y pobre de los hombres, la cultura y la historia, es necesario crear nuevos conceptos desde la periferia, pues si permaneciéramos en el uso de las categorías corrientes originadas en el centro no haríamos sino replicar indefinidamente su efecto encubridor.



Antes que la supuesta consideración cristalina y directa del ego cogito está el ego conquiro, es decir, la ontología presupone necesariamente la conquista. La muralla que delimita el ámbito de lo existente e inteligible deja por definición algo fuera: el sin sentido, la barbarie, la nada. Lo cual nos recuerda una de las famosas afirmaciones de otro de los pensadores contra los que arremete Dussel, Hegel; Hegel afirmó que África estaba fuera de la historia, pues concebía ésta como el proceso progresivo por alcanzar la realización de la libertad. Como en su lectura de la historia africana Hegel no pudo ubicarla dentro de dicho proceso, África queda fuera del mismo, fuera de la historia. La pregunta que surge inmediatamente es la de si Hegel dio o no en el clavo al decir que África se encontraba fuera del proceso de la realización de la libertad. Pero la pregunta que la filosofía de la liberación planteará es más bien la de si una tal idea reguladora del desarrollo de la historia es en absoluto legítima. La filosofía de la liberación pretende que la periferia se sitúe críticamente ante los metarrelatos totalizantes que desde el centro dictan el sentido de cada acción política, caricia, danza y coito.

A continuación reproduzco el texto que en 1973 sirvió como manifiesto fundacional de la filosofía de la liberación como movimiento filosófico.

Sin lugar a dudas un nuevo estilo de pensar filosófico ha nacido en América Latina. No se trata ya de un pensar que parte del ego, del yo conquisto, yo pienso o yo como voluntad de poder europeo imperial (teniéndose en cuenta que Estados Unidos y Rusia son las dos prolongaciones del hombre moderno europeo). Es un pensar que parte del oprimido, del marginado, del pobre, desde los países dependientes de la Tierra presente. La filosofía de la modernidad europea constituyó como un objeto o un ente al indio, al africano, al asiático.

La filosofía de la liberación pretende pensar desde la exterioridad del Otro, del que se sitúa más allá del sistema machista imperante, del sistema pedagógicamente dominador, del sistema políticamente opresor. Una filosofía que tome en serio los condicionamientos epistemológicos del pensar mismo, los condicionamientos políticos de un pensar latinoamericano desde la opresión y la dependencia no puede ser sino una filosofía de la liberación. En América Latina, y muy pronto en África y Asia, la única filosofía posible es la que se lanza a la tarea destructiva de la filosofía que los ocultaba como oprimidos y, luego, al trabajo constructivo, desde una praxis de liberación, de esclarecimiento de las categorías reales que permitirán al pueblo de los pobres y marginados acceder a la humanidad de un sistema futuro de mayor justicia internacional, nacional, interpersonal. La filosofía de la liberación sabe que las opciones políticas, pedagógicas y eróticas previas al pensar son determinantes, y por ello les presta atención primera. La ontología abstracta deja así de ser el origen y cobra en cambio fisonomía de philosophia prima, la política como posición primera del hombre ante el hombre, de la Totalidad ante la Alteridad, de Alguien ante Alguien otro.

Filosofía de la liberación entre nosotros es la única filosofía latinoamericana posible, que es lo mismo que decir que es la única filosofía posible entre nosotros. El pensar filosófico que no tome debida cuenta crítica de sus condicionamientos y que no se juegue históricamente en el esclarecimiento y la liberación del pueblo latinoamericano es ahora, pero lo será mucho más en el futuro, un pensar decadente, superfluo, ideológico, encubridor, innecesario.

@Jslis

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José Luis Álvarez Vergara

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