En defensa de nadien

Está en la naturaleza del lenguaje humano diversificarse. Incluso si, cumpliendo la fantasía pre-babélica de los autoritarios, todos habláramos el mismo idioma, no hablaríamos igual. No bien esa mítica lengua unitaria se empezara a usar para comunicarse, se empezaría a usar también para diferenciarse. Los del norte empezarían a hablar distinto de los del sur. Los más jóvenes usarían palabras que no entenderían los viejos. Los de la montaña tendrían un “cantadito” distinto a los del valle –porque en la variación del lenguaje hasta los caprichos de la geografía reclaman su impronta–. La diversidad de hablas también calca las divisiones sociales: los trabajadores no hablan igual que sus patrones, los ricos hablan distinto a los pobres, las mujeres no hablan exactamente igual que los hombres.

¿Por qué varía la lengua? Por un hecho muy simple: porque se usa. Los lingüistas saben que la única lengua que no cambia es la lengua muerta. Aunque nos guste pensar en los idiomas como grandes monolitos históricos, culturales y sociales, lo que realmente hablamos es otra cosa: hablamos lo que entienden aquellos con quienes nos comunicamos. La lengua es el instrumento con el que damos los buenos días, con el que pedimos que nos acerquen el pan en la mesa, con el que nos contamos nuestros problemas, con el que pedimos dinero prestado y en el que luego arengamos excusas para no pagarlo. La lengua verdadera, la que vive y cambia, toma su forma real en la cotidianidad y en la interacción mundana.

A la naturalidad de este hecho rápidamente se añade una complicación: el humano es una bestia que no se limita a observar, sino que asigna valores. No nos basta que los del sur hablen distinto de los del norte: además juzgamos que los del norte “hablan golpeado”, mientras que los del sur tienen un tono “más dulce”. Decimos que los jóvenes “ya no hablan tan bien” como los ancianos, que los obreros “pronuncian mal” lo que, en cambio, pronuncian muy “bien” los empresarios.

No hay que engañarnos: la diversificación lingüística es un fenómeno natural e inevitable, como el curso de un río que, justamente por acarrear agua, se ramifica en cientos de brazos. Las motivaciones para juzgar que un brazo del río “está bien”, mientras que otro brazo del río “está mal” no están fundadas en la naturaleza del caudal. Del mismo modo, los juicios sobre cuál forma de hablar “es correcta” y cuál forma de hablar “es incorrecta” no tienen fundamento en la lengua, sino en motivaciones externas de muy diversa índole: pueden deberse a la identidad (por ejemplo, a mí me gusta cómo hablan en Morelos, porque hablan como yo); al afecto (como cuando me gusta la palabra “changunga” porque la decía mi abuelita); o a ciertos prejuicios asociados a determinados grupos (como cuando creemos que los escritores “hablan mejor” que el resto de la gente).

Dentro de estos prejuicios hay que destacar el hecho de que el prestigio asociado a una clase social se transfiere automáticamente a su manera de hablar. Y lo mismo sucede con el estigma. Hay grupos sociales privilegiados –eso nadie lo niega– y su manera de hablar es también privilegiada –eso pocos lo ven–: es un habla menos propensa a la burla y a la crítica, y se le considera estándar, neutral y transparente. En cambio, la cadencia, la pronunciación y el vocabulario de las clases sociales menos favorecidas se consideran “mala dicción” y se toman por un habla limitada, marcada e ininteligible. Decir [medesína], [májstro], [esperénsja] es “pronunciar mal”. Lo “correcto” –se dirá– es pronunciar [medisína], [maéstro], [eksperjénsja]. Pero la única diferencia entre unas formas y otras es la clase social de quienes las usan.

La revelación que nos regala el estudio científico de la lengua es esta: no hay ninguna razón lingüística o cognitiva para juzgar que una de las maneras de hablar es mejor que la otra. Son dos formas de hablar distintas adoptadas por grupos sociales distintos. Es todo. Que una de ellas guste más que la otra es un hecho social, no es un hecho lingüístico, ni cognitivo, ni intelectual.

Todo esto viene al caso porque, en fechas recientes, he tenido el desagrado de leer cientos de tweets en los que ciertas personas –incluidos ex-mandatarios, líderes de partidos, candidatos y votantes de a pie– se mofan de la manera de hablar de la candidata a la gubernatura del Estado de México por MORENA, Delfina Gómez Álvarez. Algunos de ellos abiertamente califican su manera de expresarse como “no saber hablar”, y señalan puntillosos algunas de las palabras que ella suele “pronunciar mal”:

 

Como es bien sabido, Delfina Gómez Álvarez es maestra normalista de formación. Su padre era albañil y su madre ama de casa, ambos de extracción popular, y ella creció con muchas carencias materiales. Con esfuerzo, y gracias a que la movilidad social, si bien en este país es muy difícil, no es imposible, accedió a la educación superior e incluso cursó dos maestrías. Estos son datos biográficos que puede consultar cualquiera. Me reservo hablar acerca de su plan de trabajo, su desempeño como Presidenta Municipal de Texcoco o su viabilidad como candidata a la gubernatura de su estado. El tema que me ocupa es la virulencia con la que se le desacredita sin mencionar el contenido de lo que dice: los tweets son emblemáticos del desdén que se le profesa por la forma en la que habla, que es, como abiertamente reconocen varios, un habla marcadamente popular:

Algunos declaran expresamente que el modo de hablar de Delfina Gómez les inspira desconfianza, no sólo como posible gobernante, sino como persona:

No falta el escepticismo de quienes creen que el habla popular es absolutamente incompatible con haber recibido instrucción formal. La candidata independiente Teresa Castell, en pleno debate de candidatos a la gubernatura del Estado de México del 9 de mayo, le espetó: “Yo quisiera saber en dónde estudió. Yo quisiera saber qué maestrías tiene. Porque no sabe hablar, confunde las palabras, y bueno, me queda mucho en duda quién es ella”. Otros le reclaman “devolver sus títulos” dado que “no sabe hablar”:

Esta asociación entre habla popular y bajo nivel de instrucción es curiosa porque, por un lado, está fundada en una correlación innegable: la clase trabajadora tiene menos acceso a la educación superior que las clases media y alta. Pero decir [medesína] no revela el grado de instrucción: una persona que al nacer adquirió de sus padres la variante del habla popular del centro de México y que, con los años obtiene un grado universitario, no necesariamente cambiará la forma específica de la lengua que habla por el simple hecho de haber obtenido un título. El ingeniero José Hernández es hijo de campesinos migrantes michoacanos. La historia de su batalla por ser aceptado como ingeniero en la NASA es bien conocida, y es digna de emulación. Cuando lo entrevistan, es fácil reconocer, por los sonidos de sus palabras, que José no miente sobre su origen: dice “íbanos en un carrito”, “es una bonita esperencia”, “la cero gravedá”, “produjiera resultados”. Su forma de hablar no es una manifestación de falta de preparación: es la huella que ha dejado en su manera de expresarse el habla de sus padres, su interacción con otros migrantes y las miles de conversaciones que sostuvo José con los suyos en la pisca de California. Quizás a José Hernández los clasistas no le dedican la sorna que le dedican a Delfina Gómez, entre otras cosas, porque él no está aspirando a formar parte de la élite gobernante, ese grupo selecto que en México se considera exclusivo de quienes nacieron ya en las clases de privilegio.

Dime cómo hablas y te diré con quién andas, pero, sobre todo, te diré con quién andabas cuando aprendiste a hablar. Como la clase social, el género, la edad, la lengua y la región donde se nace, los humanos no escogemos el sociolecto –esa manera particular de hablar de nuestro grupo social– que adquirimos al nacer. Es parte de nuestra dote de nacimiento. Al igual que otros aspectos de nuestra identidad colectiva, nuestra manera de hablar no debe jamás, bajo ninguna excusa, ser motivo de escarnio ni de rechazo.

Algo que tienen en común los diferentes ángulos de la discriminación es que se excusan bajo una supuesta razón “científica”. Y, al igual que las otras caras de la discriminación, la discriminación por sociolecto no tiene base científica: todos los humanos estamos igualmente dotados de la capacidad del lenguaje, y en todos esta capacidad configura un sistema complejo e infinitamente productivo. No existe una deficiencia intelectual asociada al habla popular. No existen hablas “limitadas”, ni “deficientes”, pero sí situaciones comunicativas intimidantes en las que quienes hablan un sociolecto estigmatizado se enfrentan a quienes hablan uno privilegiado, en una situación socialmente –que no lingüísticamente– desigual. La discriminación lingüística es simple y llana discriminación, y debe señalarse abiertamente cuando se la detecta, admitirse y, eventualmente, erradicarse. Sobre todo, no debería tener lugar en una contienda política que se supone democrática. Mofarse de una candidata por su manera de hablar es burlarse, antes que nada, de su clase social, de la variedad de español que aprendió al nacer, de la gente con la que creció y con la que se comunica. Quienes abanderan ese tipo de discriminación lingüística dirán que señalan una deficiencia cognitiva o intelectual, pero prueba de que eso no es verdad es que sólo se cachondean de la forma en que se habla y no del contenido de lo que se dice. Oyen, pero no escuchan. Fundamentan su rechazo en el nivel fónico –el más superficial– de la lengua, se mofan de alguno que otro giro sintáctico –la forma otra vez– y nunca atinan a tratar de comprender lo que el otro quiere comunicar. Ese otro, que “habla mal”, no tiene voz, sino que emite ruido, su mensaje queda reducido a puro significante sin significado. En contra del prejuicio lingüístico, hay que recordar lo siguiente: no se puede componer el tan traído, llevado y desgastado tejido social de un país profundamente lastimado por la desigualdad si sólo estamos dispuestos a comunicarnos con quienes hablan como nosotros.

La discriminación lingüística es la negación del otro como interlocutor, como sujeto de diálogo. Es una discriminación peligrosa justamente porque pasa inadvertida hasta a las mentes más liberales e igualitarias, y es socialmente tolerada porque no se la llama por su nombre. Es un enemigo colosal al cual, para combatir, primero debemos visibilizar. Iconofinaltexto copy

Imagen: www.eurekastreet.com.au

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Violeta Vázquez-Rojas

Violeta Vázquez-Rojas

Nació en Cuernavaca, migró dos veces, las dos para estudiar lingüística –ENAH, UNAM, NYU–. Es profesora-investigadora en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios (COLMEX). Le gusta preguntar qué es universal y qué es particular en los significados lingüísticos. Trata de encontrar respuestas en el purépecha y el español.
Violeta Vázquez-Rojas

Artículos recientes por Violeta Vázquez-Rojas (_080e31d3_)

  • anonimous666

    Excelente, lo malo es que la gente que juzga el hablar tampoco lee estas cosas.

    • Felipe Ángeles

      A esas personas es a quién debemos hacerle llegar estos textos 😉

  • Alberto Carrillo

    Quien escribió esto para. empezar no sabe escribir. Que limitación en la sintaxis, en la combinación de palabras. Es como si fuera Delburra pero escribiendo.

    • Lorena Hernández

      “No mames”

    • Paloma Guzman

      Tu tampoco sabes, tu primer “que” lleva acento ortográfico. Pero perteneces justamente al grupo que se la pasa corrigiendo forma sin ver el contenido. Pobre de ti.

      • Alberto Carrillo

        Palomita, yo no estoy escribiendo un artículo para una revista sino haciendo un simple comentario desde un teléfono. Y el que yo sea pendejo no le quita lo pendejo a la autora del artículo. Por cierto, también aparece por ahí un punto que no va. Dedos grandes y teclas pequeñas. Pero no soy articulista de periódico, simple forista en teléfono.

        • Rave Kanibul

          No pus qué bueno que aclaras, jajaja.

      • Alberto Carrillo

        Por cierto, Paloma, ya vi lo que escribí, explícame por que el que que mencionas, que es el único, llevaría acento. No es un uso como el de “es necesario saber qué pasa cuando … ” sino un uso como el de “es necesario saber que se cometieron errores.” ilústrame, please.

      • Alberto Carrillo

        Por cierto, Paloma, ya vi lo que escribí, explícame por qué el que que mencionas, que es el único, llevaría acento. No es un uso como el de “es necesario saber qué pasa cuando … ” sino un uso como el de “es necesario saber que se cometieron errores.” ilústrame, please.

        • Karlei Tor

          Yo te contesto, Alberto. Tu oración “Que limitación en la sintaxis” es más bien exclamativa, el “que” no funciona como nexo, y si lo es, has escrito incorrectamente. Esa “e” se acentúa entonces.
          ¡Qué Alberto este!

  • José Mesino

    Una cosa son los giros lingüísticos regionales y otra los vicios de dicción. Una persona que se educa y, sobre todo, que es inteligente, corrige esos vicios. Es lo mismo con la ortografía: Una persona inteligente capta las reglas ortográficas, las entiende y las aplica. Si criticamos a alguien por escribir “bena” en lugar de “vena” se debe a que no muestra la suficiente aplicación para comprender su propio idioma. Lo mismo para las faltas de ortolalia: Quien dice “medesina” en lugar de “medicina” no ha mostrado la aplicación necesaria y, sobre todo, carece de la inteligencia suficiente para gobernar un estado. Y no, no se trata de discriminación por su origne humilde. Personajes con un origen muy pobre ya han gobernado este país, por ejemplo el doctor Zedillo. ¿Cuál es la diferencia? La inteligencia y capacidad de aprendizaje. Dirigir un país o el estado más populoso del país no es cocinar enchiladas.

    • Herardus Roterodamus

      No señor, no hace falta cambiar la forma de hablar que uno aprendió de niño para gobernar un estado. A los habitantes de un estado no les importa como pronuncia una palabra la gobernadora. Les importa que no robe, que aplique buenas políticas, que trabaje. Perder tiempo y esfuerzo cambiando la forma en la que uno habla para que se parezca a la forma de hablar de la clase alta muestra el estado de dominación cultural por el que ha pasado su mentalidad.

      Y respecto a Zedillo. Investigue el apellido “Ponce de León”, de origen claramente aristocrático que data del siglo XIII en España y llegó a América a través del conquistador Juan Ponce de León, gobernador de Puerto Rico y descubridor de Florida. El “humilde” doctor Zedillo es, además, sobrino de la ex gobernadora de Colima, Griselda Álvarez Ponce de León. En vez de andarse fijando en cómo la gente habla le recomiendo ponerse a estudiar para que se le quite lo ignorante y lo discriminador.

  • Cas Ceballos

    Gran parte de lo que señala el artículo es bastante cierto. Es la forma en que México genera castas y etiqueta al individuo desde el nacimiento. Sin embargo pongo en duda el ardid publicitario que Morena transmite a través de Delfina. Es esa inmensa necesidad de reflejar al individuo común en la pantalla, de que el ciudadano se identifique con el candidato.. y es allí donde pierde algo de legitimidad la forma de hablar de Delfina. Ella ya no se preocupa por transmitir mejor el mensaje o pulir el discurso, por que así habla la gente y con eso basta. Lo cierto es que tampoco se esta postulando para ser legisladora, por lo que su sintaxis no es tan preocupante. Ahora bien siempre me es difícil el que la gente justifique un origen humilde con su capacidad de expresarse o de mejorar. Quizás sonaré romántica, pero un joven indio zapoteca logró hablar perfecto español y tener conversaciones fluidas en otros idiomas. El vio la educación como el camino a la virtud y a la mejora continua. Y se despojó así de la maldición clasista de “ser indio” para ser un digno gobernante, culto y reconocido en su época. Huérfano de padres y desprovisto de todo recurso , aun más legendario que la propia maestra, omitiré el nombre del personaje ante la obviedad. Digno de citarse es también el caso de Ignacio Manuel Altamirano… La cuna no es condena, si la educación es posible. Y la educación como forma de generar progreso para otros. Alguien humilde que no sabe expresarse correctamente podría tener limitantes en la comprensión de lectura, lo cual lo expone ante posibles abusos de otros , no conoce sus derechos y no suele tener forma de defenderse ante lo que por ejemplo, se le hace firmar.

    Lo anterior es meramente retórico, por que los múltiples cuestionamientos que hagamos todos no responden la pregunta de si ella puede ser un buen gobernante, a pesar de esa dificultad de expresión que tiene y de si esta realmente preparada para el cargo, Quien la ofende se fija en la forma, pero no en el fondo…

    Hemos vivido un sexenio preocupados por las formas del presidente y mucho nos han distraído del fondo.