Zombis nazis y la banalidad del mal

Dead Snow (2009)

Dead Snow (2009)

“Que el público en general continúe viéndome como la bestia sedienta de sangre, el sadista cruel, el asesino de millones, porque las grandes masas no pueden concebir al comandante de Auschwitz de ninguna otra forma. Nunca serían capaces de entender que él también tenía corazón y que no era malvado”. Rudolf Höß

Se estima que tras la Segunda Guerra Mundial el número de judíos asesinados por el régimen nazi en los países ocupados asciende a los 6 millones, número que corresponde a alrededor de dos terceras partes de la población judía anterior a la guerra. Si además tomamos en consideración el número de romanís, homosexuales, testigos de Jehová y prisioneros polacos y soviéticos no judíos, la cifra crece ferozmente. No es así difícil comprender que cuando se llevaron a cabo los Juicios de Núremberg y el de Eichmann, teniente coronel de las SS, el mundo esperara encontrar en los acusados encarnaciones del mal. No humanos, sino auténticos monstruos.

Mucha debió haber sido la confusión y/o la incredulidad con la que se recibieron testimonios como las declaraciones de Eichmann, en donde asegura que no tenía ninguna animadversión personal contra los judíos y que incluso sostuvo amistad con varios de ellos en su juventud, o las memorias de Rudolf Höß, comandante de Auschwitz, en las que puede verse a un hombre de familia amante de los animales que gustaba de jugar con sus hijos. Asimismo son bien conocidos los avances realizados en el tiempo de la Alemania nazi en pro de los derechos de los animales.

La cultura popular ha hecho justicia a la consternación experimentada por nuestros abuelos al ofrecernos diversas representaciones que si bien no son reales, por lo menos podemos aceptar sin sobresaltarnos. Es en la ficción donde han aparecido estos monstruos que las anteriores generaciones esperaban encontrar debajo de los uniformes de oficial pero que no fueron hallados por ningún lado. En Wolfenstein, videojuego aparecido en 2009, nos las vemos con nazis que no sólo han sumido a Europa en una guerra total. Sino que además han ampliado sus investigaciones bélicas al ámbito de lo oculto. Utilizando una mezcla de ingeniería convencional y conocimientos esotéricos, experimentan en los cuerpos de sus propios soldados para conferirles poderes sobrehumanos e invocar bestias de los abismos. La premisa detrás de este imaginativo argumento parece ser que no basta saber las monstruosidades que de hecho cometieron, sino que además era menester que esta misma monstruosidad fuera visible de forma inmediata. Minimizar todo lo posible el riesgo de la imagen especular, de encontrar en su rostro nuestro reflejo.

Wolfenstein (2009)

Wolfenstein (2009)

Otro ejemplo podemos encontrarlo en  el videojuego Call of Duty: Black Ops, en el que hay una modalidad de juego llamada “Nazi Zombies”. La idea es tan sencilla como lo es atractiva: te encuentras en una casa abandonada (sólo o junto con alguien más) y debes tapiar las ventanas para impedir que los zombis te alcancen. En diversos lugares de la casa puedes adquirir armas y otros aditamentos para defenderte de los atacantes. Otro caso parecido es el de la película Dead Snow, una horror comedy noruega en la que un grupo de estudiantes que va de paseo a las montañas es atacado por un grupo de zombis nazis en pleno siglo XX. Ambos casos presentan nazis que insisten en la existencia más allá de la muerte, que repiten absurdamente aquella actividad predatoria con la que de forma inmediata se les identificaba en vida.

Más sobrecogedora es la imagen real no mediada por las elaboraciones de la cultura de masas. Un hombre que como Höß regresa al lado de su familia sosegado por la implementación de las cámaras de gas, que de ahí en adelante (en sus propias palabras) le ahorrarían a él y a los soldados de las SS los continuos baños de sangre. O uno como Eichmann, que hacía su trabajo sin mayor convicción personal que el respeto a la ley encarnada en la voluntad del Führer, curiosa tergiversación del imperativo categórico kantiano (que explícitamente invoca en el juicio).

La ventaja que tienen las representaciones ficticias mencionados sobre los hechos verdaderos reside en la exageración misma. Un evento tan monstruoso difícilmente puede ser captado con la estética realista del documental. En cambio, hay algo que puede entreverse en la exageración absurda de Wolfenstein y que se escapa al texto impecable de Arendt, Eichmann in Jerusalem. Aquello que se le escapa es acaso la incapacidad misma de dar cuenta del Holocausto de una forma coherente y sistemática, la incapacidad de representar a sus perpetradores de forma objetiva. Hay algo en la ingenuidad vulgar de estas ficciones que nos habla de la naturaleza traumática aún presente en el Holocausto  y por la que no puede hablarse de él objetivamente.

@Jslis

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José Luis Álvarez Vergara

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