Y leer los hará libres

Hay un objeto diferente a todos los que hay en el mundo. Es un objeto que ha sido motivo de temor como en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, gozo, de predicción del futuro como lo fueron las leyes de la robótica inventadas por Isaac Asimov, guía espiritual como la Biblia, compañía de los abandonados y esperanza de los que aman el color del atardecer.
También hace válida la ciencia de la misma forma que da vida a un mundo maravilloso.

El libro, ese objeto que nos acompaña durante toda nuestra vida, y que se manifiesta cuando más falta nos hace.
La voz de un pueblo olvidado, la historia de las naciones, los mitos y leyendas que construyen un imaginario colectivo; el libro es la manifestación física de lo imposible.

El pasado 23 de abril se celebró el Día Mundial del Libro, esto me hizo pensar que le debemos tanto y que cada día parecen ir desapareciendo de los estantes de las familias mexicanas para ser reemplazadas por el televisor, la computadora, las consolas de videojuegos.
Abrir un libro es tener presente, a partir de un par de grafías, que la magia existe.

En este acto supremo existe un ser callado que atiende los detalles más coloridos de cada una de las cosas escritas: el lector.
¿Qué sería de este mundo sin lectores? Muchas veces estos, afortunadamente, se convierten en un destello de palabras: los nuevos escritores.
Leer es atreverse, escribir es el privilegio de los inocentes.

Ñü:
Esta semana circuló la noticia de que María Kodama, esposa del escritor Jorge Luis Borges, había reclamado los derechos de autor de las obras de Borges.
Haré aquí un doble atrevimiento; creo que a Borges esto le hubiera parecido bastante hilarante, haciendo de este evento un pretexto para un cuento.
Mi segundo atrevimiento -discúlpeme mucho, señora Kodama- consiste en compartirles un texto del mismo Borges, y que habríamos de considerar como un ars poética de los lectores.
Gracias por leer.

Un lector

Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos, la laboriosa mutación de las letras,
la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.

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Magnolia Orli

Estudiante de Licenciatura en Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha colaborado con revistas como Pirocromo, Cataficcia, Posdata, Solar, Síncope en Línea, Ombligo. Ha sido ponente en diversos congresos de estudiantes de literatura nacionales. Fue coordinadora del Taller de Creación Literaria “Franz Kafka” en la ciudad de Chihuahua.
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