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Y eso que les había consagrado la vida

rimbaudAl inicio de Rimbaud el hijo, Pierre Michon pone uno de esos dedos impertinentes en la llaga de cualquiera que se presente ante el mundo con el apelativo de “escritor”. Me refiero al momento en que describe al fallido poeta Georges Izambard en relación —injusta si se quiere, debido a la infinita diferencia de alturas entre uno y otro— con Rimbaud. Dice Michon:

«Sólo que a éste [Izambard] la musa lo timó, y no se alza al llegar la noche inserto en la teoría de estrellas de los maestros, dueños y señores de la varilla; nadie hizo un busto suyo, acabó en lo hondo de un barranco, las doce sílabas le fallaron. Y eso que les había consagrado la vida. La varilla ama a quien se le antoja amar. Él también quiso ser Shakespeare en la adolescencia: pero la cosa no pasó de los veintidós años, concluyó en la primavera de 1870, en aquella aula por cuya ventana los jovenzuelos veían florecer los castaños y en uno de cuyos pupitres sólo él, Izambard, veía cómo Rimbaud se convertía en Rimbaud. El poeta Izambard seguirá por toda la eternidad en la cátedra de retórica del colegio de segunda enseñanza de Charleville, el profesor Izambard; tendrá para siempre veintidós años, su prolongada vida es papel mojado, y que escribiese y publicase no obstante con posteridad varios libros de poemas es, desde el punto de vista del ciclo del tiempo, como si se hubiese dedicado a escardar cebollinos».

“Y eso que les había consagrado la vida”, dice Michon con melancólica ironía, porque sabe que al final el único juez incorruptible de todo artista es el tiempo. Todos aquellos intentos de lograr esa tenue eternidad dentro del género humano mediante un lindo rostro, unas fecundas relaciones sociales o una serie de complicadas estratagemas publicitarias (por no hablar de la simple mediocridad), quedarán sujetos al tono y al humor de quien se ponga a escudriñar un poco en la historia. Y es que, ¿cómo saber si en el propio cuerpo se alberga por lo menos una sola palabra que trascenderá más allá de un puñado de años, o más aún: de un puñado de lectores?

Otra cosa que queda flotando en el texto de Michon es la figura de la varilla (o bien, de la musa): que “ama a quien se le antoja amar”, tal como algunos describen a la fortuna, aunque con diversas variantes: “la fortuna”, según un dicho popular, “es una mujer ebria que se va con quien le place”. La posibilidad de tropezar con ella existe para cualquiera.

Pero no nos engañemos con falsas esperanzas, ya que desde esa perspectiva somos tantos los condenados a escardar cebollinos, que será mejor que por lo menos tratemos de dejarlos pulcros, sin mugre o malas hierbas que enturbien su ínfima existencia: listos para aquel que se atreva a guisarlos a su debido tiempo.

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@elReyMono

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Víctor Sampayo

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