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Voces Paranoicas, de Eros Alesi

Cuerpos que nacen de los murmullos, de las frases,

de los estruendos de los motores,

de los silbidos de los trenes,

del choque de autobús.

 

voces

Corría la década de los cincuenta, Ernest Hemingway daba las últimas estocadas a The old man and the sea (El viejo y el mar), el surrealismo de Miró, el cubismo de Picasso y las vanguardias tanto en pintura como en literatura dejaban minadas las estructuras del arte en Europa. Por estas tierras Diego Rivera ilustraba El canto general de Pablo Neruda; el novedoso aroma del rock comenzaba a respirarse en el aire y la generación Beat en Norteamérica tomaba fuerza con Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs. La revolución sexual, de la psicodelia, de las drogas baratas y caras, la caída de los muros y en 1951 en la provincia de Ciampino, Italia, nacería, tal vez, el último de los poetas malditos: Eros Alesi.

Eros Alesi fue, como dijo Franco Cordelli, un “personaje-límite”. Hundido en una generación de autodescubrimiento espiritual y destrucción corpórea, Eros, abandonó la casa paterna a la edad de quince años para unirse a una comuna hippie autodenominada i capelloni (los greñudos), caracterizados por su afición a las drogas duras y el nomadismo. De la mano de esta comuna pasó por Roma, Milán, Nápoles y Bolonia entre arrestos, reclusiones psiquiátricas y másdrogas. Ahí conocería la sustancia que significó no sólo la vitalidad de su poesía, sino de su esencia misma: la morfina. Después de ver su núcleo familiar desportillado por la infausta sombra de su padre, quien le acompañaría en espíritu durante el resto de su vida, Eros, encontró el alivio bajo el manto de aquel elixir de placer y remedio. Hizo de aquella droga una figura creadora, una figura maternal a la que él mismo llamaría: Mama Morfina:

[…] Querida, dulce, humana, social mamá morfina. Que tú, sólo tú, dulcísima mamá morfina, me has querido bien, como esperaba. Me has amado totalmente. Yo soy el fruto de tu sangre […]

Entre el desenfreno y la búsqueda de la permanencia, Eros, dirigió sus pasos hacia África del norte y Oriente en busca de nuevas drogas. Llevando consigo sólo su diario de anotaciones, el cual, inconscientemente fungió como un cuaderno de poesía en donde va narrando sus travesías por Grecia, Turquía, Irán, Afganistán, Paquistán y la India. Dentro de él escribía sobre las voces que lo acechaban, síntoma de la paranoia a causa de la adicción. Voces, que curiosamente, también caracterizó en su momento a otros poetas como Charles Baudelarie, Gerard de Nerval, Friedrich Hölderlin, entre otros. Voces que lo acecharon durante sus viajes y le atormentaron: los robos, las traiciones, la locura y, finalmente, el suicidio:

[…] Que las voces. Que las siempre insistentes voces. Es él. Sí, es él. Él es el loco ¿Viste al loco? Se le ve en los ojos que es un loco […]

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En Voces paranoicas (bitácora inédita) de Eros Alesi, editado por Cuadrivio, no encontramos un libro de poesía convencional, vemos una bitácora de un viaje hacia la total y absoluta aniquilación de ese “el último poeta maldito”. Influido por el movimiento Beat que se desarrollaba en Norteamérica, Eros sigue los pasos del poeta peregrino (Allen Ginsberg) en un recorrido, no para conocer el mundo, sino, para conocerse a sí mismo. Dentro de un estado de ánimo sensible a las transformaciones del mundo, Eros, hace de su poesía una crónica de la desesperación y la cotidianeidad, de un mundo azotado por la guerra y la mezquindad. Voces paranoicas es la historia del niño-poeta que al igual que otros personajes que se le asimilan, como Arthur Rimbaud o Sergei Esenin, no se logra encontrar dentro de un mundo cambiante. Busca la permanencia y la comodidad en la Europa de la posguerra y aunque resulta irónico logra encontrar a la permanencia en el camino y a la comodidad en la inmediatez de la morfina y las metanfetaminas.

Que el monstruo. Que el gran monstruo. Que los monstruos. Que hace tanto calor. Que me estoy percatando que alucinado sueño que vivo. Que los sueños no son sólo nocturnos. Que un chorrito de aire fresco sopla en el sueño.

Durante su bitácora la poesía va formando la niebla de la locura, un camino trepidante e inestable que se repite en sincronía como si fuese el pensamiento de un hombre que se aproxima a la barranca. Y justo ahí terminará cuando el 31 de enero de 1971 Eros Alesi se arroja del Muro Torto (Roma) en un acto poético-performático. Cuando escribe sobre sus ropas el que sería el último de sus poemas: Padrona morte, y se lanza a hacia la muerte:

[…] Oh extraña muerte. Oh viva la muerte. Oh muerte que es muerte. Muerte que pone un punto a esta saeta vibrante.

Con Padrona morte pone el fin a esa historia: un punto a questa saetta vibrante. Sin publicar en vida, la poesía de Eros se ha recuperado paulatinamente. En 1973 Giuseppe Pontiggia lo anexó en el segundo número de Almanacco dello Specchio. En 1975 Franco Cordelli lo incluiría en la antología Il pubblico della poesia y, en 1979, Antonio Porta y Enzo Siciliano en Poesie degli anni settanta. A últimas fechas, Remo Marcone presentó un cuaderno inédito para el Annuario de poesia con poemas rescatados de las grutas del Pincio, donde Eros se alojó en su estadía con la comuna de i cappeloni. En México, el poeta Guillermo Fernández, tradujo hace algún tiempo una docena de poemas en una plaquette titulada Mamá Morfina, la cual se ha reeditado varias veces debido a la popularidad de este extraño poeta en Latinoamérica. Voces paranoicas, reúne los poemas que Remo Marcone editó y ahora conocemos a la luz de la nueva traducción de Hiram Barrios.

@Aleba_6 

 

Título: Voces paranoicas (bitácora inédita).

Autor: Eros Alesi

Editorial: Cuadrivio

Páginas: 78

Tamaño: 19 x 12.5 cm

Versión: Impresa (FCE) y digital (www.cuadrivio.com)

 

 

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Alejandro Baca

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