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Vivir de vidrios

En el metro de la Ciudad de México, el transporte colectivo más barato del mundo, abundan los que no tienen dinero. No todos los vagoneros se dedican al comercio de artículos, algunos han preferido demostrar su resistencia al dolor a cambio de unas monedas. Ellos son los faquires.

"Fakir" de la serie México-Tenochtitlan. Francisco Mata Rosas.

“Fakir” de la serie México-Tenochtitlan. Francisco Mata Rosas.

Las heridas anuncian la entrada a cuadro de los faquires; cargan con su fardo como quien lleva un portafolios hacia el trabajo.

Son lascas de botellas de cerveza o coca-colas amarradas en una playera; su herramienta de trabajo. Su manera de ganarse la vida demostrando resistencia al dolor.

Haciéndose daño dejan perplejos a los espectadores –que segundos antes eran usuarios– de su puesta en escena. No necesitan grandes aplausos o reflectores cegadores. Las puertas del vagón se cierran con un pitido, mientras ellos extienden su playera con cuidado sobre el suelo, y comienza la función.

Algunos recuestan su espalda desnuda sobre los vidrios. Otros pegan un codazo con rabia al suelo, y los más intrépidos sueltan un fuerte golpe con la frente. La sangre corre en hilos sobre la que ya está seca. Sus heridas son visibles para los que detienen la mirada en los brazos llenos de cicatrices. Una vez consumado el acto, el faquir procede a extender la mano para recibir las ganancias de su osadía.

El faquirismo es una usanza milenaria. Personas que tratan de demostrar que el dolor puede controlarse con la mente. Son aquellos que se recuestan sobre una cama de clavos o tragan espadas sin lastimarse. Este tipo de ascetas creen que la carne es un impedimento para alcanzar un estado místico, por eso rechazan los placeres mundanos.

En árabe, la palabra faquir significa pobreza.

“A lo mejor y ya se muere pronto”

–¿Cómo empecé? Pues cuando tenía hambre. Me quedaba en la calle y me daba hambre. Andaba con una chava. Nos andábamos quedando en la calle. Entonces empecé mejor a trabajar en los vidrios, y ya con eso generaba para el hotel. Ora sí que por necesidad ¿no?

Antonio tiene 21 años. Desde los 18 trabaja “en los vidrios”, como él dice. Se sube a la línea 2 del metro de la Ciudad de México, y recorre desde Tasqueña hasta Chabacano. De vagón en vagón, Antonio carga una playera llena de vidrios que suenan cuando camina. Son pedazos azules, marrones, transparentes, de botellas que ya no recuerda, así como su primera vez de faquir.

–¿Estabas nervioso?

–No…sí. Me quemaba bien machín la espalda. Con la tela o el calor era peor. O luego te cortabas. Al chile, alguien te tocaba, un rozón y decías “hijo de su puta madre”, ¿no?


Dice un carnal que si no hay sangre no hay dinero, y si no hay dinero no hay para las monas ni para comer. Y así nos la llevamos.

–¿Sabías que te iba a doler?

–Sí…pero era por necesidad, quería tener a mi chava en un hotel.

Su chava ya no está con él. Ahora que ya no están juntos, Antonio pasa las noches en la calle otra vez. “Ya fue”, dice, como quien no quiere hablar más de ello. Desvía la mirada y la conversación hacia otros temas.

Antes de ser faquir, Antonio trabajaba en una hojalatería donde ganaba 400 pesos a la semana. Con ese dinero no le alcanzaba para dormir en hoteles, ni para rentar algún sitio para pasar la noche. Los vidrios fue el camino más rápido que encontró para dormir en un lugar “limpio”.

–Yo veía a la banda de Tasqueña, de Juárez, de Hidalgo; veía que se la rifaban en los vidrios acá y dije “yo también”. Empecé con la espalda, y ahora ya voy con la frente, espalda, brazo, y luego hasta con los pies.

Antonio se presenta en el vagón del metro con un pequeño discurso. Explica que está en situación de calle y justifica el acto que se dispone a ejecutar. Enseguida, extiende sobre el suelo la playera donde carga los vidrios, los acomoda, y se arrodilla frente a ellos, como en oración islámica. Con los brazos en el suelo, Antonio levanta la cara y estrella su frente contra los vidrios. Repite el acto un par de veces. Se levanta, y con la frente llena de puntos rojos y sangre ya seca, camina entre los usuarios para pedirles dinero.

Hay días en que Antonio trabaja sólo dos horas. Hay días en que no trabaja porque se corta, se lastima o se infecta con los vidrios. Con 100, 150 pesos en la bolsa, él está satisfecho. Los usa para comer, para “un lugar chido”, para comprar la droga que no puede dejar.

–¿Por qué crees que te da dinero la gente?

–No sé. A veces te lo dan por lástima. “Pobrecito, a lo mejor y ya se muere pronto, hay que darle”. A veces yo siento que es por lástima, o porque la gente sí te estima. ¿Quién sabe, no?

Lo que sí sabe es que no quiere ser faquir toda su vida. A Antonio le gustaría regresar a la hojalatería, a la carpintería. Dice que le llaman la atención. Quiere hacerse una casa de madera, armar sus propias puertas, construir sus propios muebles. Quiere empezar abriendo un microcrédito, tener una cuenta de ahorros en el banco donde vaya depositando 50, 100 pesos a la semana para poder rentar un lugar para dormir.

Por lo pronto Antonio no sabe si esta noche lo van a dejar entrar al albergue de la delegación Iztacalco. Ya lo han dejado afuera por llegar drogado. Las reglas lo dicen.

Antonio carga su playera en la espalda, se sube a un vagón y desaparece. Por hoy ha sido suficiente.

Si no hay sangre, no hay dinero

Es la penúltima estación de la línea dos del metro de la ciudad de México. Desde el último vagón se alcanza a escuchar la voz de un menor de edad que dice con todas sus fuerzas: “Recuerda, la flor más bella se marchita, pero el amor de Dios por ustedes y por mí, nunca”. Se llama Felipe, tiene 13 años y es hijo de una faquir apodada La Güera, quien en realidad se llama Roxana y tiene 28 años. Ella extiende la playera llena de vidrios en el vagón, se recuesta como puede entre los usuarios y golpea con fuerza su codo contra los trozos de vidrio; mientras tanto, es Felipe quien extiende la mano a las personas para recibir el dinero.

Ella ya tiene un año trabajando en el faquirismo.

–Ahora sí que lo hago por ellos. A veces por falta de papeles, de no tener secundaria la verdad no nos dan trabajo. Nos da la necesidad de vender cosas o de faquir. De ahí nos podemos llevar algo a la boca.

Roxana cuenta que la mayoría de las personas en situación de calle se dedican al faquir; sin embargo, al principio ella tenía miedo de lastimarse con los vidrios. Prefería sacar dinero en el metro haciendo otro tipo de labores, que le proporcionaban, por hora, 60 pesos más que el salario mínimo.

–Yo trabajaba en el metro Jamaica. Le ayudaba a un señor, era su chalana, me pagaba 120 por estar de una de la tarde a diez de la noche.

Cuando el padre, quien se dedica a ser policía o albañil, la dejó con sus tres hijos de 13, 10 y 4 años de edad, la situación la orilló a ganarse la vida con actos de faquirismo justo como su hermano. Al principio acompañaba a los faquires que ya tenían más de diez años de experiencia, así fue como aprendió, pero no le alcanzaba porque el dinero tenía que repartirse entre todos.

–Mi hermano de sangre también se dedica a faquir. Yo no me dedicaba a eso, porque yo decía no pues cómo me voy a cortar mi cuerpo y eso, ¿no? Me ponía a pensar. Empecé a conocer a varios muchachos así y como me vieron en situación de calle pues me jalaron con ellos. Y gracias a ellos ya sé trabajar el faquir. Sí me daba miedo. Sé palabrear ahora, más que nada dar consejos a la gente, antes no podía eso. Todavía no aprendía bien, pero sí he aprendido a varios carnalitos a subirme a los vidrios y eso.

–¿Cuánto ganas?

–Ahorita llevamos tres vueltas y llevamos como 150, y si nos quedamos todo el día sí sacamos unos 700. Depende el día y qué tiempo porque luego los lunes está muy flojo. Todos los días estoy trabajando, no hay día que pare.

No siempre ganar dinero de faquir le fue sencillo, pero vender artículos no le dejaba las ganancias necesarias. Roxana cuenta que las primeras veces se ponía nerviosa, aunque tenía que superarlo para darle de comer a sus tres hijos. Poco a poco fue ganando confianza, menciona que ya no le duele lastimarse con los vidrios mientras su brazo derecho está rojo de la sangre que le ha escurrido durante el día de trabajo. Incluso se atreve a dar consejos a los usuarios del metro.

–El consejo que yo doy es que nada más hablen con sus hijos, que no los golpeen, para que no se vean orillados a salirse a las calles como varios de mis carnales y yo. Para que no sufran hambres, violaciones, humillaciones…

Ahora Roxana, La Güera, trabaja todos los días junto con su hijo Felipe, quien hace sonar la cangurera donde guarda el dinero que ha recolectado. Se cuidan de “los boinas”: policías que llevan a los vendedores a la delegación y que a veces les quitan su dinero. Y es con ese dinero con el que paga los útiles de su hijo que acaba de ingresar a la secundaria, grado que la madre ni siquiera comenzó. Ellos trabajan en varias líneas del metro excepto en la línea 12, apunta Felipe con inocencia, “porque es nueva y además está muy vigilada y además cuando ya sea vieja ya nos van a dejar”.

–¿Por qué crees que el faquir deje más que vender cualquier cosa?

–Porque a lo mejor la gente ve que nos cortamos, no sé. Dice un carnal que si no hay sangre no hay dinero, y si no hay dinero no hay para las monas ni para comer. Y así nos la llevamos. Iconofinaltexto copy

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Daniel Melchor y Luis Madrigal

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