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Ver llober con be grande

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Debo a dos textos de Borges incluidos en el libro Otras Inquisiciones el origen de esta reflexión. Ya Adrián en su columna en este espacio ha apuntado su pluma contra la miopía y velada discriminación de quienes, como la triste personalidad detrás de la cuenta @0RTOGRAFÍA, ejercen el patético oficio de inquisidores ortográficos. A ello, sólo agrego estas dos citas y un breve comentario.

En uno de los poemas de Mario Benedetti, que mi voluntad no ha logrado borrar de mi memoria adolescente, se dice que el campesino que acaba de aprender a leer y escribir, traza la palabra lluvia como llubia, sencillamente porque en su campo él nunca ha visto llover con ve chica.

De ahí esta idea: los símbolos en cada una de las posiciones de las palabras no cumplen ninguna función precisa e irremplazable. La pronunciación de hacer es la misma que la de acer y en el lenguaje oral son indiferenciables (lo mismo que lluvia y llubia). Otra cosa sería si cada letra, además de su combinación fonética, aportara a la palabra información adicional. Tal es el caso de El idioma analítico de John Wilkins que Borges rescata del olvido.

En el idioma universal que ideó Wilkins al promediar el siglo XVII, cada palabra se define a sí misma… … (Él) Dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama. En el idioma análogo de Letellier (1850) a, quiere decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro; abiv, equino; etc.

A diferencia de este ejercicio lingüístico de la imaginación, en nuestro idioma las letras no poseen una razón lógica para su posición dentro de una palabra. Acaso contienen un origen histórico, aunque en su génesis hubieran obedecido a un capricho puramente arbitrario. Por ejemplo, lluvia proviene de pluvia, pero pluvia ¿contiene una razón metafísica para asociarse a la caída de agua del cielo?

A pesar de su origen etimológico que viene arrastrando la ve por varios siglos, esta razón histórica no basta para mantener el uso de lluvia como algo sagrado, inmóvil, congelado: muerto. Respecto a la etimología, en Sobre los clásicos, Borges dice:

Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrecita y que los pitagóricos las usaban antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que hipócrita es actor, y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por lo clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sentido del orden.

La etimología posee un gran interés aunque del tipo ocioso. La historia y origen de las palabras poco pueden hacer contra el uso actual de ellas. Baste decir, que entre los lexicógrafos el lema actual que rige es: describir más que prescribir.

 

Mas que por una canina obediencia hacia el diccionario, yo prefiero escribir lluvia con V siguiendo la razón propuesta por Alberto Chimal: La V apunta a la caída.

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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