Vaso

Ayer rompí un vaso. Lo dejé caer cuando ya medio borracho me levanté de la cama para buscar un encendedor. Al caer, el vaso pareció entrar en el lago del piso de mi cuarto salpicando la ropa y las hojas que estaban tiradas alrededor. Pasé entre el piso mojado de vidrios y fui al mueble donde guardo la ropa y los libros. El tercer cajón está lleno de basura: un caset de bob dylan, un yo-yo, una cartera, cuatro cajas de cigarros vacías, un reloj de pulsera y un despertador, una baraja incompleta… montones de hojas donde a veces apunto alguna tontería. Abrí ese cajón y revolví las cosas hasta encontrar un encendedor. De entre la ropa saqué la caja donde guardo la marihuana y forjé un gallo. Abrí la ventana del cuarto y ahí mismo, viendo la lámpara que ilumina la calle, lo fumé hasta que el papel empezó a quemar mis dedos. No había ninguna estrella en el cielo.

Como todos estos días, constantemente mirando la pantalla de mi celular, pensando en mandarte uno más de mis lastimeros mensajitos de poeta en agonía amorosa, mis pensamientos saltaban entre maldiciones y elogios a tu persona. Varias veces escuché el motor de un coche o motocicleta acercándose y alejándose por la avenida y me dieron ganas de también salir a recorrer la ciudad, levantar a algún amigo (o para el caso, a alguien con ganas de tomar) e irnos a perder la memoria entre humos y putas. Pero recordé el último choque de la semana pasada y la memoria del dolor en las costillas me convenció de que era mejor idea terminar lo que aún quedaba en la botella de Chivas. Ya sin vaso, bebí directo de la botella, cerré la ventana y me acosté en la cama. No creo haber estado más de media hora despierto. Creo haber oído los ladridos de un perro lejano mientras entraba en un profundo sueño.

 

Tú regresabas. Habrías la puerta del departamento y yo, sentado en el comedor frente una botella de whisky, quedaba inmóvil con las manos sobre la mesa. Con paso firme, te dirigiste hacia donde yo estaba y tomaste asiento justo frente a mí. Te serví un trago pero tú ni siquiera lo tocaste. Recuerdo que no hablamos, pero me contaste lo que habías hecho todo este tiempo (creo que ya son casi dos meses desde que te fuiste). Nuestro diálogo se llevaba acabo sin palabras, solamente tu mirada se comunicaba con la mía. Así, sin oír tu voz de niña, me enteré de tus nuevos muchos llantos y tus pocas risas. Me hablaste sobre el nuevo hombre de tu vida, y yo empecé a llorar. Fue ahí cuando el sueño se volvió pesadilla. Te enojaste y me empezaste a gritar (aún sin usar tu voz), exigiendo un poco de madurez de parte mía. Yo intenté tomar una de tus manos pero tú la retiraste con un brusco movimiento que también tiró el vaso del que tomaba. El vaso con el que estos dos meses me he estado emborrachando.

 

Hoy desperté todavía ebrio y sudando frío. Respiré profundamente sin saber que hacer. Aún tenía en la mente tu rostro, tu enojo y sobre todo tu confesión de ya haberme olvidado. Sentí ganas de orinar (tal vez de llorar) y salí de la cama. Al atravesar el cuarto, mis pies desnudos se encontraron con los cristales del vaso que rompiste. El dolor me hizo gritar un hijadeputa que probablemente iba dirigido a ti. La sangre salió inmediatamente. Cojeando llegué al baño y sentado sobre la tapa de la taza retiré el pedazo de vidrio que había roto la piel de la planta de mi pie derecho. El flujo rojo aumentó instantáneamente.

Creo que ya ha pasado más de media hora y la herida aún no cierra. El rollo de papel de baño ha quedado empapado y ahora intentó tapar la herida con la toalla de baño. El azulejo blanco manchado con mi sangre forma una imagen demasiado escandalosa. El mareo de la borrachera de anoche (o provocado por la pérdida de sangre) me regresa de repente. Pienso en lo absurdo que sería morir desangrado en el baño. Todos, pensarían que por fin me he suicidado. Al pensar esto, como de muy lejos, sale por mi boca un sonido parecido a una carcajada. Empieza como un quejido o el inicio del llanto, pero poco a poco voy abriendo más la boca hasta reír como un loco. Pienso que tú también te burlarías si te contara de esta situación. Todavía riendo, envuelvo mi pie herido en la toalla y tambaleante salgo del baño. Busco mi zapato izquierdo debajo de la cama y tomo una chamarra. Antes de salir hacia el hospital, al pasar por el comedor de un golpe me tomó el trago que anoche dejaste intacto en la mesa.

 

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.

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