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Un género indigente

La trascendencia literaria es un tema que está fuera de las arcas de la literatura. Cualquiera que aspire a ser recordado como un gran escritor tiende inevitablemente al fracaso. Rulfo escribió la novela mexicana más emblemática y no era capaz de hablar en público. Paz ganó el premio nobel por ser un gran poeta y muy pocos reconocen algún poema del escritor de Mixcoac. Alfonso Reyes, por el contrario, no creo una fantasía viva como Comala ni estereotipó el carácter del mexicano pero, quizá, sea el escritor mexicano con mayor técnica literaria. Borges lo consideró su maestro y el mejor prosista de América; no obstante, difícilmente alguien tiene a Reyes como su escritor favorito. Anticipo que la razón de esta anomalía reside en que Alfonso Reyes no es recordado como nuestro mejor escritor porque es, básicamente, un ensayista.

El ensayo es el género literario más vapuleado e ignorado, aunque para la ocasión resultan similares. En la cima de los grandes escritores siempre estarán los grandes novelistas o los mejores cuentistas, pero muy pocos tienen como escritor favorito a un ensayista ¿cuál será la razón para hacer del ensayo la cenicienta de las artes? ¿Será, acaso, que la escritura de un ensayo no requiere del talento excepcional del novelista o la imaginación furtiva del pintor? El ensayista es el gran perdedor del canon literario. El ensayista es, precisamente, el outsider de la república literaria porque su condición artística reside en estar fuera del campo de las artes más elevadas y sublimes. Antes de sumergirme con estos homeless estéticos debo aclarar que no es lo mismo preguntar “qué tipo de ensayista es nuestro escritor favorito” a “qué tipo de escritor es nuestro ensayista favorito”. Pocos, salvo los ensayistas, tienen ensayista favorito. Quizá me equivoque. Por lo pronto, para definir la naturaleza indigente del ensayista es común afirmar lo que no es el ensayo; distinguir los elementos excluyentes de la maquinaria ensayística.

Como pensó Reyes respecto del ensayo, el ensayista es el centauro de los escritores: no es poeta, no es novelista, ni cronista ni artista ni narrador. Asimismo, el ensayista no crea un mundo aunque requiere del mundo para poder escribir; no crea personajes para representar las pasiones humanas, pero siempre tiene a la pasión como personaje de su escritura. No es un artista plástico, pero sus figuras literarias aspiran a la plasticidad de la escultura. No pinta frescos ni monta artefactos estéticos; sin embargo, los paisajes que ilumina son montajes de la prosa más refinada o la más prosaica. El ensayo comparte con la poesía la apertura al mundo y con la filosofía las razones de lo visible, pero en ninguno de los casos es poesía filosófica o filosofía poética. El ensayo no tiene fronteras ni esencias literarias y, en ello, reside su riqueza. El límite del ensayo lo pone cada escritor y el lector es una suerte de policía migratoria. El núcleo estético del ensayo depende del pathos de cada ensayista y el lector es el crítico que advierte el tono del gusto. El ensayo requiere de la complicidad asesina del lector. El crimen perfecto entre el cuchillo narcisista del ensayista y el callejón oscuro de la subjetividad lectora. El lector de ensayos es uno de los agentes lectores más perversos porque, no contento con experimentar otras vidas con las novelas u otras situaciones dramáticas con los cuentos, intenta adentrarse al interior de la mente del ensayista. Leer un ensayo implica conocer el despliegue de una mente. Desplegar una mente condiciona la escritura de un ensayo. Por ello, el ensayo es mi género favorito porque te convierte en un asesino, un mirón, un psicoanalista, un juez, un confesor, un caminante, un flaneur, un indigente o un individuo que, al final de cuentas, encuentra en el dialogo con otras mentes el regocijo de no ser el único misántropo en el mundo.

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Ángel Álvarez

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