Un desayuno hace seis años

Aquí en Tlaxcala el cambio de gobierno coincidirá con el cambio de año. Ahora que el actual gobernador está a punto de dejar el cargo recuerdo una anécdota de cuando recién acababa de asumirlo.

Por esos días fui inexplicablemente contactado desde la oficina de gobierno para invitarme a un desayuno que el gobernador quería tener con artistas tlaxcaltecas. Más tarde me enteré de que, cuando esa propuesta surgió en las oficinas de gobierno, nadie de entre ellos tenía idea de quiénes eran los creadores (específicamente en artes plásticas) del estado, bajo qué criterio seleccionarlos y cómo contactarlos; una persona de la oficina, sin embargo, preguntó a una pintora tlaxcalteca sumamente talentosa y también ermitañamente reservada, a quiénes se podría invitar y ella, muy gentilmente, me incluyó en su lista de sugerencias.

Me debatí durante un par de días, preguntándome si asistir o no al desayuno y finalmente resolví ir meramente con la intención de poder contarlo algún día.

Esa mañana, mi padre me llevó en auto a la casa del gobernador; afuera había más autos y en la entrada, cómo no, un par de individuos que nunca pude adivinar si eran guaruras o chambelanes. Yo iba deliberadamente desarreglado; no en pijama pero sí con la playera y el pantalón más sencillos que encontré (por mamón, no nos hagamos). Una muchacha güera, guapa y amable me condujo por el patio, rodeando la casa (tampoco era cosa de que ninguno de nosotros metiera las patotas a la mera casa) hasta la parte trasera, donde había mesas acomodadas en formación cuadrada. Me dijo que me sentara donde gustara… que más bien era donde encontrara lugar, porque al parecer yo era el último en llegar, justo antes de que comenzaran a repartirse los platos con fruta. Entre los presentes (no estoy seguro, debía haber entre treinta y cincuenta invitados y varios meseros) vi de lejos caras conocidas; no saludé a nadie ―ni siquiera un saludo general por encima del barullo―, porque ni en las reuniones familiares me gusta eso de rodear la mesa como torero dando la vuelta al ruedo saludando a cada uno de los presentes de forma individual. Por una fracción de segundo mi mirada se cruzó con la de dos o tres conocidos y, por lo que vi, estuvimos igualmente sorprendidos de encontrar cada uno al otro en ese lugar, seguramente pensando al unísono “¡Cómo! ¿Tú aquí?” Sospecho que, en menor o mayor medida, nueve de cada diez de nosotros sentía alguna vergüenza de estar ahí (me lo confirma el hecho de que, después de ese día, no he sabido de nadie que vuelva a mencionar aquel desayuno).

Cual lagartija jardinera, me escabullí hasta el otro lado del patio, porque había visto ahí un asiento vacío. Caminé apresurado y me senté, inmediatamente procurando acomodarme a mis anchas y ver lo que tenía enfrente: platos, cubiertos, una taza esperando café y un celular negro de cierto lujo. Un vistazo rápido me hizo confirmar que no, el gobernador no había dejado un teléfono de lujo como regalo para cada invitado, así que lo tomé al tiempo que miraba en derredor preguntando con la mirada a quién se le había olvidado aquello. Entonces vi que un par de personas del otro lado murmuraban mientras me miraban, a un costado una mujer intentaba ―no con demasiado empeño― ocultar su risa y, finalmente, en el asiento a mi derecha reconocí a un pintor ya, digamos, de la vieja guardia: Don R; quise saludarlo y preguntarle si el teléfono era suyo pero me detuvo su rostro de pánico absoluto. Me señaló con una mano detrás de mí y entonces vi, de pie tras mi silla, al gobernador.

―¡Oh, claro! Es de usted ―le entregué el teléfono y entonces me di cuenta de lo que acababa de pasar― ¡Claro! Usted estaba sentado aquí.

Estaba a punto de ofrecerle de vuelta su profanado asiento pero él meneó la mano al tiempo que entregaba el teléfono a alguno de sus subordinados que se lo llevó como quien carga una reliquia. Me dijo que no había problema, que él se sentaría en la silla libre que había a mi izquierda. Ahí me di cuenta, también, de que yo acababa de arruinar el puesto estratégico de Don R, que sin duda alguna había buscado el lugar más cercano al gobernador (además de pintor es, a la sazón, grillo veterano).

A todos se nos sirvió de comer. Hubo primero fruta (servida exactamente igual que en el más humilde de los restaurantes, sólo que sin granola), jugo fresco, después huevo en un guisado imposible de descifrar. Comí ayudado de una tortilla para intentar buscarle el sabor. Supongo que, de cualquier modo, era un platillo preferido del gobernador, que repitió tanto el guisado como las tortillas con saludable apetito. El desayuno en sí transcurrió con ese airecillo de algunas reuniones familiares, en las que no todos se simpatizan pero por un motivo u otro se obligan a estar presentes y poner buena cara. Había pequeñas pláticas repartidas por aquí y por allá pero, cada vez que alguien hablaba dirigiéndose al gobernador absolutamente todo mundo callaba para escuchar atentamente; en el fondo la reunión también estaba teñida, sin ninguna duda, de un leve morbo. En algún momento, el pintor Z tuvo el arrojo de mencionar la falta de mantenimiento en los espacios culturales de Tlaxcala, y Don R aprovechó para hablar de su experiencia visitando algunos museos de China. Si no entro en más detalles es porque cualquier otra plática fue tan superficial que ya me las he olvidado completamente.

Finalmente se sirvió el café y la sobremesa fue la señal para que los pintores que buscaban tratar algo en específico con el gobernador se lanzaran a la carga; como yo estaba sentado al lado, tan ignorado como la prima fea en una boda, pude escuchar bastante bien todo lo que se decía al lado. Primero se acercó el pintor C, de quien siempre recordaré agradecido el apoyo que me tuvo muchas veces cuando niño, a pesar de que ahora nos hemos alejado tanto como para convertirnos casi en extraños. El pintor C no es ajeno a tratar con instituciones oficiales, así que cuando fue a acomodarse junto al gobernador escuché no todo lo que le estuvo contando sobre proyectos suyos, pero sí el tono amable con que habló todo el tiempo, lo que hizo no fue tanto solicitarle algún apoyo como más bien informarle a lo que él y su grupo se dedicaban. Después el pintor B fue a sentarse junto al gobernador y, antes que nada, le obsequió un par de catálogos (yo conocía algunos de antes), diciéndole que eran un obsequio e, inmediatamente después, desplegó ante el gobernador una carpeta que complementaba la idea de proyecto que le estaba proponiendo (al menos me parece recordar que era un proyecto específico), al final le dijo que deseaba sinceramente que el gobierno que comenzaba apoyara a los creadores tlaxcaltecas. Sentí una punzada a medio camino entre la nostalgia y la tristeza (no, no es lo mismo), por ver así al pintor B, porque yo, siendo niño, lo conocí a él teniendo poco más de la edad que tenía yo en ese desayuno, lo recuerdo joven y emocionado por múltiples proyectos (unos ya hechos y otros en proceso), era la encarnación de lo que uno imagina al decir “pintor joven que viene de la gran ciudad”… sentí que esa reunión y esos oídos a los que explicaba sus ideas estaban muy por debajo de lo que merecería su trabajo. Después se acercó el artista O, a quien conocí siendo yo muy niño, después dejé de verlo y, un par de años después de esa reunión reaparecería varias veces durante un periodo agridulce. No alcancé a ver exactamente si también obsequió un portafolio al gobernador o solamente le mostró algunas fotografías… no es de extrañar que ahora lo olvide porque, bien pronto, el espacio de la mesa frente al gobernador quedó repleto de catálogos, carpetas, fólderes y portafolios. El gobernador, esto sí lo recuerdo muy bien, no tocó uno sólo ni bajó la mirada hacia ellos una sola vez.

Entonces Don R me tocó el hombro y me volví para verlo.

―Tú no vas a hablar con él ¿verdad?― me dijo, con voz disimuladamente angustiada. Le dije que no y me adelanté a proponerle lo que él iba a pedirme, que cambiáramos lugares para que él pudiera hablar con el gobernador. A Don R le brillaron los ojos y se apresuró a hacerme caso. Intercambiamos asientos y yo seguí entreteniéndome con mi taza de café mientras Don R (que en ese momento habría podido perfectamente ponerse a ronronear) comenzaba a murmurar no sé qué tanto al gobernador, que todo el rato se mantuvo igual de impávido.

Sé que, en algún momento, nuestro anfitrión habló brevemente a todos los presentes, diciendo alguna cosa de molde respecto a que era bueno y útil habernos reunidos todos, lo que no recuerdo es si lo dijo al inicio o al final del desayuno, pero estoy casi seguro de que fue al final, justo antes de agradecernos a todos nuestra asistencia y despedirse. Se puso de pie, todos hicimos lo mismo y hubo breves charlas repartidas por el lugar, volví a fijarme en algunas de las caras conocidas que se movían todavía por el lugar y alcancé a ver de lejos a la guapa guía que me había conducido hasta las mesas. Me fui alejando lentamente, el gobernador se me acercó para despedirse estrechando manos y volvió a hablar con un par de quienes asumo eran su grupo de confianza; más personas se acercaban a él para buscar despedirse personalmente. Yo decidí que absolutamente nadie en ese patio me iba a extrañar y me escabullí por donde había llegado. Salí de la casa sin que nadie reparara en mí y me alejé caminando hasta el auto estacionado un poco más lejos de los otros, donde mi papá me esperaba, leyendo un libro.

Ahora, seis años después de ese desayuno y hasta donde sé, el gobernador no apoyó ninguno de los proyectos que fueron a contarle ese día los invitados, hasta donde yo sé ninguno de los pintores ahí reunidos recibió algún apoyo para su trabajo. Sé que Don R ocupó durante buena parte del sexenio un puesto oficial relevante y relacionado con las artes plásticas. La pregunta respecto a los catálogos, carpetas y portafolios entregados al gobernador ese día no es si habrá leído algo o cuántos, sino cuántos minutos habrán pasado antes de que terminaran perdidos en un limbo (entiéndase bodega y/o bote de basura) al que habrían sido condenados sin haber pasado nunca, ya no digamos por la mente, sino al menos por los ojos del gobernador. 

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.