Uber y las mochilas del Partido Verde

I

La resaca electoral es como la del vino tinto: tenebrosa y, cree uno, eterna. Lo digo porque el lunes, pasada la reciente jornada electoral, me levanté para ir a la oficina donde paso ocho horas traduciendo ajeno y no me había subido al metro cuando ya había visto a tres personas llevando al hombro idénticas y joviales mochilas verdes con el logotipo del tucán, ésas con que el Partido Verde Ecologista de México se encargó de espolvorear el país en una repartición de dudosa legalidad previa a las elecciones. La única sensación comparable que se me ocurre es justo la provocada por algunas resacas memorables con vino llanero: ese pellizco pétreo en el nacimiento de la nariz, la cabeza declarada zona de desastre y el cuerpo entero una boa que digiere toda la desesperanza del mundo: la certeza de haber despertado de un mal sueño sólo para comprobar que la pesadilla no se fue. Es jueves, y se alejan las elecciones pero las mochilas no se van. Resaca eterna.

Y ahí va el columnista, desfilando hacia la vida, y va dejando pedazos de ella en el camino cada vez que ve una de esas horrorosas y aparentemente muy prácticas mochilas no biodegradables del partido de la ecología; y anhela, sin anhelarla realmente, esa ignorancia feliz gracias a la cuál alguien puede salir a la ciudad, sin el menor pudor, cargando en la espalda el logotipo del cinismo y de la impunidad, la insignia del partido que la autoridad electoral multó en promedio cada tres días de campaña, el partido que en plena veda electoral orquestó un tuiteo masivo e ilegal a su favor entre figuras faranduleras, el partido que hoy sigue ahí, con su registro intacto, burlándose de todos nosotros.

II

Perecería que no tiene nada que ver, pero de hecho tiene todo; porque si vamos a hablar de cínicos impunes de moda es imposible soslayar a Uber, el servicio de transporte privado que, tras anunciarse la intención del gobierno del Distrito Federal de someterlo a regulación, ha sido la causa favorita de hartos indignados clasemedieros con tarjeta de crédito.

Uber, qué vamos a hacer contigo.

Lo que sí es más o menos claro es lo que Uber, igual que otras empresas fans de la llamada sharing economy, hace con nosotros. A unos poquitos les da un buen servicio ―en ventajosa comparación con la oferta azarosa y a menudo terrible de los taxis tradicionales―, mientras que a otros más les ofrece un trabajo en condiciones potencialmente aterradoras (presentándose como simples intermediarios, estas empresas han encontrado la forma adquirir los beneficios de tener empleados, sin las obligaciones).

Si bien los datos están aún por verse en México, Uber ha enfrentado batallas legales en la mayoría de los países en que opera (Francia es quizá el ejemplo más tajante), aprovechando la ley en sus puntos ciegos y pasando por encima de los que no lo son tanto, siempre cobijado por la creciente demanda del servicio y desentendiéndose de sus “socios” ―conductores sin ninguna protección laboral―. A lo largo del mundo, Uber no ha buscado participar en una legislación que se amolde a las nuevas formas de transporte privado, sino que ha buscado abiertamente burlarlas en favor de su capital. (Ya no digamos que, incluso en términos de movilidad urbanística, Uber tampoco soluciona ningún problema sino que a lo mejor hasta agranda el existente.)

#UberSeQueda, rezaban el hashtag y la petición en Change.org, sin embargo, ante la amenaza de regulación y las protestas de competencia desleal de los taxistas, y eran en las redes sociales apenas la punta del iceberg de una defensa fervorosa como no recuerdo haber visto otra en favor de una empresa privada.

III

Para no extenderme en elegancias retóricas, me limitaré a aclarar que lo que tienen en común Uber y el Partido Verde es que la ley les importa un carajo. Y también la gente, para pronto. Por eso el primero no tiene el menor inconveniente en seguir pagando todas las multas que se gana alrededor del mundo cada vez que la policía de algún país detiene a uno de sus contratistas (a quienes, en todo lo demás, abandona a su suerte), y por eso el segundo infringió la ley electoral y pagó su multa y la volvió a infringir y volvió a pagar y así ad infinitum, sin inmutarse. La estrategia de mercado, en ambos casos, es delinquir, pagar y seguir operando.

Y el mayor capital de ambos esperpentos no es el dinero inagotable sino su ejército de promotores. Los coches de Uber ―con su chofer educadito y sonriente aunque esté muerto por dentro, con sus botellitas de agua y su servicio de pago aséptico― y las mochilas del PVEM se parecen en algo: son útiles. Trágica, estúpidamente útiles. La sensatez, la consciencia colectiva, el sentido común, nada de eso parece caber en alguien que obtiene un beneficio individual, por pequeño que sea, de la podredumbre (en el caso de Uber en México, además, el beneficio tiene una fuerte carga clasista). La consciencia social del mexicano, o será ergonómica o no será.

Tras una jornada de ver el mundo convertido en un buscaminas de mochilas verdes y las redes sociales en capillas de San Uber Mártir, el columnista se desploma en la cama con náuseas, y se dice que ha sobrevivido a otro día de esta resaca, pero que ahora sí, por ésta que no lo vuelve a hacer.Iconofinaltexto copy

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada