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Twitter y Facebook, cementerios

facebook muerte

Twitter me recomendó hace algún tiempo seguir a un viejo amigo de la secundaria. Esta clase de recomendación no tendría nada de peculiar, de no ser porque el citado amigo lleva muerto más de un año. Sobra decir que no tengo intenciones de “seguirlo”.

Otro caso: para una antología de crónicas sobre Facebook en la que estoy trabajando ―y que con suerte terminará de editarse pronto―, una buena amiga escribió un texto sobre cierto conocido suyo, cuya biografía se convirtió, tras su muerte, en un homenaje post-mórtem, una especie de tumba virtual en la que sus contactos depositaban su luto decodificado en comentarios y recuerdos.

Facebook, por ejemplo, informa que 200,000 de sus miembros muere cada año. “¿Qué pasa con tu cuenta de Facebook cuando mueres?” es una pregunta tan recurrente en los buscadores de Internet que hasta Google la completa automáticamente, cosa que no ocurre con Twitter; a los tuiteros la muerte parece tenerlos más despreocupados. Ambas redes sociales, sin embargo, han puesto en marcha un sistema a través del cual los deudos pueden informar sobre el fallecimiento de su ser querido tuitero.

El único problema es que el trámite es complicado y, en el caso de Twitter, demasiado postal para un medio cuya esencia está en línea. Uno tiene que enviar una carta o ¡un fax! (hablando de muertos…) a San Francisco para dar fe del deceso; luego hay que enviar copia del certificado de defunción y otras chucherías del estilo para comprobar que no eres un ocioso preparatoriano tratando de usurpar la identidad del difunto.

Y como quizá, en el terreno de lo que te consume el alma, lo único equiparable a la muerte sea la burocracia, es poco probable que todas esas cuentas huecas, sin titiritero, se cancelen alguna vez. Facebook y Twitter son ―y cada día más― rebozantes cementerios.

Hoy es Jalogüín; mañana Día de muertos. Las redes sociales se desbordan en festejos, bromas y, con menos encanto, poetuits sobre la muerte. Quizá no sea más que otro mecanismo de evasión. Todos nos pintamos la cara como La Catrina para que, reproducida en masa, se devalúe la original. Porque, eso sí, no deja de parecernos inconveniente que Twitter nos sugiera seguir a alguien que, por falta de un cuerpo libre de descomposición, ya no puede tuitear; e igual nos parecería de mal gusto, seguramente, que Facebook anunciara la fecha de nuestra muerte en la biografía, aunque no tenemos reparo en que muestre la de nuestro nacimiento o la de nuestro más reciente compromiso, todas ellas fechas importantes; algunos sistemas legales consideran inapropiado que un familiar tenga acceso a las cuentas privadas de su muertito, mientras que algunas de éstas, cuentas sordas, se tapizan de esquelas desesperadas e impotentes, fuegos fatuos en la democratización del luto.

Las redes sociales aún tienen mucho que considerar con respecto a la muerte; quizá porque la forma más rápida de no ser un “ser social” es dejar de respirar. Y por “redes sociales” me refiero a sus creadores y a sus usuarios, muchos de los cuales se jactan de verla a la cara.

Todavía no hay una respuesta satisfactoria a la cuestión de qué sucede con nuestra vida virtual cuando a la vida material se le acaban las actualizaciones. Por lo pronto, se me ocurre una moraleja, no por facilona menos útil: hay que pensar bien cada tuit; cualquiera puede ser el último y qué oso que tu rúbrica final sea la foto de lo que desayunaste.

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada