Trío sin Simone: En la sospecha nacen las mentiras y las verdades

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A dos calles del metro San Antonio Abad se encuentra el Centro Cultural Carretera 45 Teatro, un espacio que hace poco abrió sus puertas y guarda todavía un aire hogareño que remite a las reuniones familiares los domingos.

La cafetería, pequeña y acogedora, tiene fotografías de algunas puestas en escena. Es una pena que casi nadie repare en ellas; todos están demasiado ocupados haciendo uso del acceso Wi-Fi. Me conecto yo también porque no tengo a nadie con quien hablar y me sumerjo en la voz de Matt Bellamy, que suena en el radio, mientras disfruto de un café.

Cuando entro a la función me dejan llevar mi taza para que me lo tome tranquila y disfrute más la función. Qué bonito que tengan esas atenciones, es como estar en casa.

El foro sólo cuenta con dos filas de asientos y tiene espacio para no más de treinta personas. Es íntimo, me hace sentir como si los personajes me contaran sus historias sólo a mí.  A mi lado derecho se encuentra Andi y luce preocupado mientras, a su espalda, dos muchachos lucen distraídos o, mejor dicho, hacen su mejor esfuerzo por ignorar lo que pasa a su alrededor.

Los tres se encuentran en el colegio y son sospechosos del ataque sexual a Simone. ¿Quién lo hizo? Nadie lo sabe, pero desconfiar de los demás se vuelve indispensable para reafirmar su inocencia. Andi baraja la posibilidad de que todo sea una trampa urdida por el director para inculparlos y la intriga entre los espectadores crece. Sven lo niega y tacha a su compañero de pervertido. Comienzan a llover las culpas.

En una tensión que crece por momentos y desaparece de pronto, la mención a Simone se vuelve  un gatillo para las inseguridades de los tres adolescentes. No dejo de preguntarme  qué secretos guardan Andi y Sven, dos rivales eternos o si lo que dice Kai, el tercero en la sala y enamorado secreto de la chica, es verdad. La duda me carcome.

Si algo he de decir, es que el final de Trío sin Simone resulta demasiado abrupto y uno no sabe si aplaudir o no, pero el desarrollo de los tres personajes y la sensación de complicidad que provocan en el foro hacen que cada segundo valga.

Mientras camino de regreso al metro, veo una cantina. Ahí están sentados algunos asistentes a la función. Eso es lo único que eché de menos: la compañía. La obra me dejó reflexionando sobre tantas cosas que bien podría tomarme una cerveza y recordar con alguien mis tiempos de adolescencia.

@a_deyden

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