Tres puertas

Perfume

 

Desde el oscuro polo de tu pelo

hasta las dos Italias de tus pies,

hueles a una parte lentamente rosa;

tu cuello sabe cuál es ese olor,

lo mismo que tus poros y mi olfato,

y tu espalda donde sueñan los pintores

una línea de sudor fosforescente;

tus manos también huelen sólo a eso,

tus pechos plenilunios, plenimieles,

igual se han inundado en ese aroma;

también la cama donde mueres por desnuda,

sus telas adheridas, prolongadas en tu cuerpo,

tu cuerpo ensimismado en tu perfume,

tú sintetizada en tu perfume,

tu olor te multiplica,

tú completa hueles

a tu sexo.

Contradanza

 

Sutil, arrobada,

jadeas, te pones el alma en tu boca,

tu brújula piel como pétalo al viento se mueve de oriente a poniente,

oscilas con ese candor del otoño que cae amarillo hacia el suelo,

tu respiración multiplica sus cortos acordes,

tu cuerpo, madera latiente, se hunde en su propio sudor;

y en medio de ti cae mi cuerpo como un vagabundo con hambre,

entonces mutamos de piel y materia, cambiamos a ríos,

y somos dos líquidos cuerpos que adhieren sus aguas;

se van para arriba tus ojos,

jadeas con húmedas notas de quena invisible,

estás invadida por un cefalópodo humano:

mi látigo izquierdo rodea tu muslo derecho,

mi mano derecha en tus pechos alterna su tacto y su gula,

mi lengua descubre un asilo en tus labios y axilas,

mis piernas tentáculos firmes obtienen de ti su alimento,

y toda mi carne se queda prendida a tu aroma,

se van para arriba tus ojos,

jadeas y un arco de viola te rasga las cuerdas vocales,

un ritmo de tren impaciente producen tus hondos pulmones,

un ritmo de ave sin canto desciende a mis grises pulmones,

escucho en tu sangre una música alegre de rápidos grillos,

por ti soy amante de la chacarera carnal que improvisas desnuda,

y soy un melómano impuro que vive pegado a tu voz;

se van para arriba tus ojos,

jadeas, por poco te quieres morir y jadeas;

tu carne se incendia del lácteo diluvio que soy,

la cama se incendia al sentirte incendiada de vida,

de vida, de olor y de sexo, mujer inflamable,

mujer que contiene la lumbre en un cántaro ígneo,

antorcha aferrada a gritar su salvaje inocencia;

se van para arriba tus ojos,

la tarde claudica y se rompe en ocaso al oír que jadeas,

jadeas, revives, explotas, floreces, crepitas, aúllas,

bermeja, terrestre, sutil, arrobada, impávida, grácil,

mujer, terremoto, libélula, verso, calor, medicina,

mujer palpitante y mortal,

reencuentra tu estado pasivo,

ya puedes llenarte de sueño,

mañana sabrás que estás viva.

Lugar ajeno

 

Una desnudez ocasional,

un perfume improvisado, tembloroso,

todos tus idiomas y tus frutas

en esta cama ajena

que, aunque huele a lubricante

de otros miles de vaivenes,

también es un recinto de tus rosas,

un pozo de aroma creciente y profundo,

la bañera nos transforma en unísono de tacto,

cada gota nos hace más acuosos,

nos expande en luminosas resonancias

y nos crecen más uñas y más brazos,

más labios, más violines, más violencia;

el agua se llena de líquidas luces,

la tarde se me llena de tu cuerpo,

y estamos desnudos, danzantes, gozosos,

y en nuestras mutuas mieles celebramos

un magnetismo lento, delirante,

entonces nos hacemos antropófagos, suicidas,

mutamos de piel y materia, cambiamos a ríos,

y canta nuestra carne

con su olor, su ebullición, su desvergüenza,

y no hay nada arruinado

y somos jadeantes, carnívoros, ígneos,

excitados hasta el vello más inútil,

somos una sola emanación de vida,

una sola desesperación de lenguas,

una desnudez ocasional

en donde quedará noviembre en besos,

un perfume improvisado, tembloroso

en esta cama ajena,

donde el fin del mundo es cada seis horas.

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Luis Flores Romero

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