The Neon Demon

neondemondrawing-color

Me fascina el tema de la belleza, el peso obviamente superficial que tiene pero, sobre todo, su parte intangible, la sensación espiritual que puede desencadenar algo meramente visual, físico, estético.

No tengo palabras para siquiera comenzar a describir cuánto amo visualmente The Neon Demon. Comienzo por ese punto porque, sin ninguna duda, es donde podemos estar todos de acuerdo; a partir de ahí la película se vuelve profundamente polarizadora entre el público y, antes de empezar a entrar en materia, me parece justo avisarle al lector que yo estoy en el bando que ama profundamente esta película. Cómo no iba a encantarme si bien podría ser la hermana de uno de mis libros favoritos: Monstruos invisibles, de Chuck Palahniuk (famoso por su El Club de la Pelea). Ambas historias son crudas, emocionalmente viscerales y tienen elementos grotescos pero, todo esto, girando en torno al tema de La Belleza que es, en realidad, uno de los temas más profundos sobre los que se puede reflexionar.

The Neon Demon sucede dentro del despiadado mundo del modelaje, siguiendo la clásica premisa de la joven protagonista que viene de la nada, con intenciones de encumbrarse y que pronto descubre que el mundo es más oscuro de lo que pensaba. Nicolas Winding Refn, director de la cinta, se toma el asunto muy en serio y nos entrega un paquete de belleza embriagante en todas las formas posibles: la magnífica fotografía de Natasha Braier; atuendos de Saint Laurent, Armani e incluso un vestido diseñado por Giles Deacon específicamente para la película; la hipnótica e impecable banda sonora de Cliff Martínez y, por supuesto, la presencia de las hermosas Abbey Lee Kershaw, Jena Malone, Christina Hendricks y Ella Fanning. Todos estos elementos, en manos de un director decidido a escarbar hondo en el tema que le interesa, resultan en una historia sumamente sencilla pero que pega fuerte y, para bien o para mal, impacta a todo el público. Nicolas decide contarnos esta historia básica no tanto con diálogos (aunque los que hay resultan mayoritariamente implacables) o con una narrativa convencional, sino con las emociones que despierta en nosotros utilizando la belleza bajo distintos formatos; así pues, nos cuenta una historia sencilla (y tan hermosamente escabrosa como un relato gótico de horror envuelto en luces neón) a través de belleza inocente, belleza corrompida, belleza poderosa, belleza cuasi divina, belleza fortuita, belleza desesperada, belleza melancólica, belleza mística, belleza peligrosa, belleza catártica, belleza cruel, belleza oscura, belleza abstracta. La película es un complejo artificio estético, otras veces un collage de las más refinadas revistas de moda, por momentos resulta surrealista en su retrato de cosas mundanas… quizá porque resulta surrealista el mero hecho de que cosas tan bellas puedan encontrarse sumidas en situaciones mundanas. Con su reparto de actrices  hermosas, el relato se siente como una leyenda mitológica, por eso las situaciones bizarras no terminan de parecer tan fuera de lugar, después de todo.

Tratándose la cinta de un ensayo sobre la belleza, es ineludible que Nicolas Winding visite, aunque sea brevemente, cosas tan de cajón como la dualidad ejemplificada en el caso de una maquillista que, por un lado, arregla a modelos jóvenes y hermosas y, por el otro, tiene un segundo trabajo maquillando cadáveres para darles un aspecto menos macabro. Nicolas también derrocha la sinceridad más brutal en boca de otro personaje, una vaca sagrada dentro de la industria del modelaje, que nos regala la frase lema de la cinta: Beauty isn’t everything, is the only thing, este personaje tiene un brevísimo monólogo sobre la auténtica importancia de la belleza, un monólogo honesto pero tan políticamente incorrecto que aquí sólo podía ponerse dicho por un personaje que es tan frío y objetivo respecto al aspecto físico que, precisamente, es quien tiene mayor derecho a hablarnos al respecto. Recuerdo haber visto alguna vez, hace tiempo, un reportaje sobre alguien muy importante dentro del mundo de la moda; no recuerdo su nombre, pero sí que hacía unos dibujos impecables de mujeres hermosas con vestidos maravillosos. Sobre él dijeron que era muy difícil encontrar modelos que él aprobara y, quien narraba el reportaje, hacía la siguiente reflexión (cito de memoria): “después de todo, él es un hombre que está acostumbrado a hacer un dibujo hermoso, acostumbrado a que, si una línea, si un punto diminuto no le gusta, no tiene más que tomar el borrador y corregirlo”. Esa exigencia absoluta de lo estético está ejemplificado en aquel personaje que dice, con escabrosa naturalidad, que una muchacha podría ser muy interesante pero, si no fuera hermosa, nadie voltearía a verla por la calle.

Sin embargo, Winding tiene todavía más que decir respecto a la belleza con The Neon Demon, justamente en lo que más le importa hacer hincapié es en el hecho de reconocer la belleza propia cuando se tiene. Una de las frases más poderosas de la película es “Yo no quiero ser como ellas, ellas quieren ser como yo”; en esa breve sentencia, en ese momento de la cinta, radica un poder inmenso, peligroso. Las consecuencias de esta aceptación propia pueden ser muchísimas y muy variables, ir de lo más idílico a lo más oscuro, pero precisamente por eso es que ese reconocimiento se vuelve algo tan grande y poderoso como cualquier otro impulsor de alguna vieja saga épica.

Así pues, en ese enfoque de épica, la protagonista de la cinta se vuelve al mismo tiempo la heroína, la inocencia corrompida, el objeto del deseo y musa trágica, rodeada de criaturas hermosas, monstruos, hechiceros (el frío y certero fotógrafo que unta a la protagonista de dorado), su doncellez sometida a pruebas agresivas, incursionando en un viaje de autodescubrimiento, con la belleza como la brujería de ese mundo.

Era demasiado fácil convertir esta historia en una fábula con moraleja, pero Winding evita caer en eso que, aquí, habría sido un error garrafal. El director se limita a demostrarnos que la belleza es una fuerza devastadora, que como toda fuerza es una energía que se transforma, que tiene un poder inmenso y en muchos niveles. The Neon Demon ha sido comparado en algunos sitios con El cisne negro, de Darren Aronofsky, en cuanto a la forma de contar una historia perturbadora dentro de una realidad que uno supondría armoniosa y glamorosa; sin embargo, me parece que, más bien, The Neon Demon funciona como un ensayo sobre la belleza de la misma manera en que Birdman funciona como un ensayo sobre el ego artístico, por ejemplo.

Pues bien, no pueden sacarse nunca conclusiones definitivas sobre la belleza, es imposible conseguir tampoco un acuerdo unánime respecto a sus valores/requisitos/méritos/importancia/validaciones y, por sobre todo, la belleza es mucho más una experiencia que algo que podamos definir. Por todo esto me parece que The Neon Demon resulta ser la encarnación perfecta de la belleza. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

The following two tabs change content below.

Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.