The Cure, 5 horas infinitas

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The Cure es un monstruo. Cuando hablamos de su música difícilmente los recordamos como virtuosos o como la banda de rock más importante. Nadie sabe con exactitud lo que son, la magnitud de su influencia. La obra de Smith sobrepasa nuestro entendimiento en lírica, acordes y formas. Cuando los escuchamos, sus piezas seducen nuestros oídos, pero es en el alma en donde encuentran su lugar. Es en el tiempo en donde se enroscan y hacen su nido.

La Ciudad de México es así: un monstruo extraño con muchas escamas y tentáculos que con el paso del tiempo ha presenciado a bandas que musicalizan su paso vertiginoso.

En la década de los 80 los grupos volteaban aquí como un lugar para terminar sus carreras, mostrar proyectos póstumos o simplemente sacar unos dólares extras de un público sediento de música. Ahora es una parada obligada para bandas de todos calibres y géneros que nos permiten “probar una rebanada del pastel de los sueños”, como diría el escritor Xavier Velasco.

Recuerdo que en mi infancia pensar en ver a The Cure en un estadio era el equivalente a ver al Hombre Araña mecerse sobre la Torre Latinoamericana. Hoy, el hecho de haberlos visto 3 veces sigue siendo un sueño borroso, un sonido con ecos de vida.

El concierto del pasado 21 de abril duró casi 5 horas. Eran las 8 de la noche cuando comenzaron las pisadas sobre el diapasón; humos y luces azules envolvían el lugar. Algunas piezas recientes y después una ola petrificante de tonadas conocidas para ayudarnos a recordar nuestro andar, “la nostalgia del presente”, diría Hernán Casciari.

25 historias bien contadas con invitaciones elegantes plasmadas en viniles negros, poemas y sonidos a través de décadas casi olvidadas. Todas para un sólo día: el cumpleaños de Smith y su eterna locura, su inmenso pesar y su agridulce voz.

El primer encore se trató de un disco rojo llamado Kiss me, Kiss me, Kiss me. Un álbum doble con tonadas retorcidas y poemas de Charles Baudelaire. En el segundo descanso, se vino el disco Desintegration, lúgubre camino del artista al final de la década de los 80.

kissme

Después del tercer descanso mucha gente se había ido, cansada o decepcionada. Smith siguió celebrando con canciones y líricas que separan su obra con la de Curtis, Cave, Bowie o Murphy.

Siguieron 13 tonadas para el que guarda a The Cure en su alma y tiempo. 13 canciones hirientes para sentir que estamos vivos y que nuestras terminales nerviosas se conectan con el corazón.

Un cuarto descanso se volvía necesario, y el agradecimiento de Smith por celebrar a su cumpleaños en forma es todo lo que un seguidor podría pedir. Una vez más este concierto se cristaliza en mis viajes en bicicleta sin destino alguno con mis mejores amigos y mi walkman. Fueron mis lecturas de Howard Phillips. Fue mi casa. Fue sonido Zorba. Fueron las fiestas de Transval. Fue el Chopo. Fue mi cabeza dando vueltas. Fue la Ciudad de México temblando.

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Ivan Luna Luna

Músico, publicista, lector, coleccionista y curioso.