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Testimonio migrante

El cine de migrantes es el nuevo cine de ficheras. Eclipsado únicamente por la narco-cultura, este subgénero ha alcanzado un estatuto oficial en nuestro país. El motivo no es menor: la cultura mexicana es históricamente una cultura migratoria, una ocupación nómada, una historicidad en tensión absoluta con el territorio, la frontera y la deslocalización. Esta tendencia conlleva la creación de múltiples imágenes acerca de la condición migratoria: imágenes idealizadas, románticas, críticas, severas, melodramáticas, pero al final imágenes más o menos cercanas con esta situación de exilio obligado. Los bastardos (2008) de Amat Escalante es una visión romana de la migración mexicana: la migración como un dato de la esclavitud voluntaria producto de los excesos de imperio.

Recientemente valorado por obtener el premio a mejor director en Cannes, Escalante adorna la vanguardia mexicana con la simpleza del cine contemplativo y la crudeza del realismo visceral. La violencia no es gratuita en el cine de Escalante, aunque la gratuidad de la violencia es el recurso para mirar la disolución del estado mexicano. Escalante, junto con su mentor Reygadas, dominan excelente este impasse estético: sin violencia conservadora, la violencia fundacional no tendría legitimidad. Sin la fuerza de trabajo del migrante mexicano, el capitalismo financiero no tendría espacio en Wall Street. El migrante, ese exceso de capital, residuo de la soberanía de las fronteras, está invisibilizado para visibilizar la democracia yanqui. Los Bastardos confirma que cada migrante es una inscripción de la injusticia, una huella del despotismo absoluto del capital.

La naturaleza del filme es simple: la historia de dos migrantes que adquieren trabajo ocasionalmente, según las demandas de los patrones improvisados. La historia cambia cuando deciden cambiar las reglas del juego: mostrar la rudeza migrante en oposición a la decadencia de la sociedad estadunidense. El pretexto: un arma, el ocio y la necesidad de sentir la noción de “hogar”. El migrante como un sujeto peligroso, violento, hostil, insensible, sin posibilidad de empatía alguna. Al final, nadie tiene compasión por un migrante, por eso vuelve a su condición trabajadora. Con esta fría circularidad –naces, emigras, trabajas, mueres-, la repetición es el caldo de cultivo de una violencia inesperada, una violencia sacrificial que revela la insignificancia de los trabajadores mexicanos. El espectador, ese cómplice maldito, almacena el efecto de la mirada indiferente, la visión que oculta que, detrás de un servicio o un producto comercial, existe una historia de marginación e injusticia. Benjamin subalterno pudo preverlo: todo producto de consumo es un testimonio migrante.

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Ángel Álvarez

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