Teatro para los tiempos de guerra

La habitación número veintidós del Hostal Regina, en el centro histórico de la ciudad, se transforma en la austera oficina de inmigración brasileña. Han pasado apenas unas horas de que terminó la Segunda Guerra Mundial, cuando llega con pasos erráticos Clausewitz, un sobreviviente polaco. Segismundo, encargado de evitar la entrada de nazis al Brasil, lo mira desde su escritorio. Clausewitz necesita un salvoconducto para entrar al país y dice ser agricultor, pero Segismundo sospecha de sus manos tersas, su falta de equipaje y su solvente portugués. El agente de inmigración, empleado escéptico y de pétrea frialdad, propone un trato: “tiene usted diez minutos para hacerme llorar con sus recuerdos”.

Da gusto que este bello texto de Bosco Brasil cobre vida en una tercera temporada, de la mano de Gabriel Figueroa. Se trata de una historia con un conflicto simple pero atronador, cuya tensión descansa en la lucha de dos voluntades que no se comprenden. Y es, al mismo tiempo, un homenaje al teatro, uno que evade cualquier cursilería al entrar por la llaga, la eterna cuestión, la pertinencia del arte en tiempos dolorosos.

La simpleza de la escenografía, la condensación del argumento en un solo espacio y el peso de los personajes permiten que la obra se adapte a espacios como un cuarto de hotel, lo cual, no sólo abona a de la atmósfera, sino que quiebra la ilusión de espectáculo y acerca al espectador al núcleo emocional de la historia. Como en la mayoría de los montajes que se llevan a cabo en espacios no tradicionales, sin embargo, en alguna ocasión (Clausewitz abre una ventana, por ejemplo) se está a merced de los ruidos exteriores, la música del bar de junto que, suponemos, no escuchaban los cariocas en 1945.

Es de destacar la mancuerna actoral de Julien Le Gargasson y José Antonio Falconi, que desde la primera temporada han mantenido en perfecta salud la terriblemente humana tensión entre Clausewitz y Segismundo.

Si acaso algo limita el gran trabajo de los actores ―aunque sin demasiado que lamentar― es la traducción del texto original. Los diálogos entre ambos están poblados de juegos lingüísticos en portugués, que están bien salvados en esta versión; no obstante, este mérito se emborrona con una buena cantidad de tropiezos sintácticos, fórmulas y usos verbales cotidianos en lengua portuguesa que, pasados al castellano con desparpajo, suenan artificiales y demeritan el realismo logrado por los actores. Por otro lado, ver Nuevas directrices para los tiempos de paz en español nos reserva un privilegio que ninguno de sus espectadores brasileños tendrá: presenciar, en la escena culmen de la obra, el monólogo de Segismundo, el otro, el de La vida es Sueño, en su lengua original.

El mayor logro de esta obra es reproducir aquello que homenajea: la capacidad del teatro de tocarnos, de meternos en la piel de otra persona y recordarnos, no siempre sin violencia, que nosotros también lo somos.

 

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada