Tarde de zafra

Cuento de Gabriela Román.

Una tarde fresca y una caminata… sobre las vías de un tren en camino.

La rueda delantera baila en el rin deformado. De vez en cuando, golpea una piedrita y la hace saltar lejos. Va pintando su paso vacilante y ruidoso por el balasto.

Miguel camina al lado de la bicicleta, sin prisas, con la rueda que ondula su camino. Pies cascados, quebrados por tierra y sol. Espalda envarada. Hombro derecho picado de dolor: el constante batir del machete. El sol de noviembre le da en la cara. Su piel de cobre, templada en tierras azucareras, refleja el atardecer ya violeta.

La tarde es fresca, bien vale una caminata junto a la vía férrea. Prefiere este camino a cualquier otro. Le gusta imaginar que también sus pasos van uniendo los dos océanos. Como el Tren Interocéanico. Así, él también viaja. No obstante, voltea al menor ruido. Teme la llegada del tren aunque sabe bien que pasó hará unas dos horas.

Cerca, una llanta de bicicleta llama su atención. Piensa recogerla, pero desiste y sigue su camino al ver que la rodada no es la ideal.

Es la hora en la cual Miguel se permite soñar. Imaginarse otro que no corta caña, junta varas dulces y se tira a la sombra del tepehuaje a la orilla del cañizal para no caer desmayado por el calor de mediodía. Entonces, se figura en un lugar frío, de esos donde, dicen, cae nieve blanquísima. Cierra los ojos y fantasea: aquello que comienza a caer son copos de nieve. Aunque sabe, es el tizne nevando por esas tierras calientes. Piensa: esa nieve negra es más juguetona que la blanca. El tizne se divierte bajando en forma de barquitos ondeantes en el cielo casi morado.

En medio de los rieles descubre un manubrio. Como si éste, por su parte, jugara a ramificar las vías. Quisiera retirarlo, pero el corazón comienza a latirle inyectado por mil vapores. Respira hondo hasta llenar el vientre de aire. Se atreve y, en un solo movimiento, cuidando de no tocar los rieles, retira el manubrio del carril sin perder de vista la posible llegada de un tren adelantado. En la espalda corre un hilito de sudor.

Miguel sigue su camino entre barquitos tiznados contento por su hazaña; aunque le molesta pensar que alguien botó, sin cuidado alguno, un manubrio a mitad del camino. Su enojo crece cuando descubre, apenas unos pasos adelante, una rueda idéntica a la encontrada metros atrás. La patea con todas las fuerzas que su cansancio le permite. Debajo de la rueda encuentra un huarache.

El huarache no le molesta. Lo intriga. ¿Quién podría tirar un zapato con tan buena suela? Si bien es cierto que las tiras de piel estaban casi todas desgarradas como si un perro se lo hubiera querido comer. Mira a todos lados. Se asegura: nadie lo ve. Se mide el huarache que más valdría llamarlo suela. Es de su talla. Vuelve a pasar la vista por los cañaverales y las pocas casas paralelas a las vías. Nadie. Abre su morral. Va a meter la suela, alza la vista de nuevo y descubre, no un curioso, sino un pie a lo lejos.

Queda pasmado, incrédulo, con la suela en la mano. Inclina el torso, sin mover los pies un centímetro, y observa. Comprueba: es un pie. Lanza lejos la suela, toma la bicicleta y camina lento hacia lo que parece ser el dueño del huarache. Sí, un pie. Pareciera aún vivo. Tiene muy poca sangre como cortado con firme golpe de machete. Un pie derecho como del tamaño del suyo.

Reanuda su camino. Busca en el piso el rastro de sangre que pudo haber dejado el herido. Nada. Sigue. Ahora, la sangre buscada aparece, no en caminito como esperaba, sino en una salpicadera carmesí, la cual llega hasta los arbustos que bordean el camino. A sus pies, un dedo. Más adelante, otro. Sigue su paso cada vez más aprisa jalando la bicicleta que se niega a avanzar, la morbosa.

Entre los durmientes, ve una mano. Parece apuntar al sol casi ya escondido en el ocaso. El corazón de Miguel no se contiene. Su cuerpo caliente de tanta sangre que corre. La cabeza por reventar de tanto jalar aire. Los ojos ciegos de tanto sudor frío. Y una cabeza allá adelante que lo mira acercarse.

Se detiene y observa la cabeza: casi sin sangre, entre roja y morada, como el cielo; ojos de sapo abiertos, uno, planeta perdido, salido de su órbita. Miguel suelta la bicicleta que golpea las piedras haciendo un ruido hueco. Corre. Corre con fuerza de mil carbones quemados. La cabeza se queda mirando al cielo. Se despide del sol con el único ojo que le queda.La Hoja de Arena

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Gabriela Román

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