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Sobre los príncipes en el desierto

Recuerdo que mi abuela sólo tenía de esas enciclopedias que debían hacer juego con los muebles de la sala, y que entre ellos se encontraba uno pequeño color aguamarina.
El primero libro del cual tengo memoria y que no iba acompañado de ilustraciones fue El principito de Antoine de Saint-Exupéry.
Me inquietaba cómo el narrador decía “Parecía no haber nadie que pudiera amar al Principito”. Amar. Para mi, sólo podía conjugarse en connotación romántica, como el amor entre una princesa y un príncipe.
Creía que el principito era muy joven para poder amar. Creí entender el libro enteramente.

La segunda historia que me fascinó fue una que me contó mi primo, en medio de una pastorela: un ángel plantó una semilla en el vientre de una niña —un fruto de luz— y que con su muerte salvaría a toda la humanidad. Ese bebé se convertiría en Jesucristo, y era el mismo hombre sangrante clavado a la cruz que estaba encima de la cabecera de mi abuela. Buscaba en ese ícono una gota de la luz que tenía ese bebé fruto de luz; que se le pareciera. Sin éxito, me seguía pareciendo increíble dicha anécdota.
Debía creerla, me dijo. Todos creen en Jesucristo.

Descubrí que la historia de un hombre que provenía del cielo y que moriría para salvarnos a todos los “pecadores” —a mis siete años ya era una pecadora sin saberlo— me parecía extraña e increíble. Como el principito que venía de un planeta con una rosa.

Así pues, la Biblia se convirtió en uno de mis favoritos.
“La Biblia como ficción es una obra fascinante y perfecta” dijo uno de mis más grandes maestros Edgar Trevizo en algún verano —2006 o 2005—.
Creo que todos tenían razón.

Creer en los libros es lo que me ha salvado de la locura pertinaz de creer en una razón absoluta. El hombre encontró en el relato un pozo de los deseos.
Tal parecía que tampoco hubo quién pudiera amar a Jesucristo, y que su mundo en el cielo no se parece en nada a este.
Ambos personajes tienen en común que nadie los esperaba excepto un aviador náufrago del desierto, o quizá un pueblo entero.
Me siguen pareciendo dos obras fundamentales en el entendimiento de una humanidad casi extinta.

ÑÚ:

Ayer falleció Gabriel García Márquez, posible autor de una genealogía infinita.
Señor García Márquez:
Gracias por dejarnos un rastro de su sangre en la arena que forma un cordero y que, con suerte, no tendrá que ser sacrificado.

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Magnolia Orli

Estudiante de Licenciatura en Letras Españolas en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha colaborado con revistas como Pirocromo, Cataficcia, Posdata, Solar, Síncope en Línea, Ombligo. Ha sido ponente en diversos congresos de estudiantes de literatura nacionales. Fue coordinadora del Taller de Creación Literaria “Franz Kafka” en la ciudad de Chihuahua.
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