Sicilia Mafia Tour

CorleoneEn Italia está Sicilia y en Sicilia está Corleone. Y en Corleone está la Mafia.

El pasado 13 de julio murió Bernardo Provenzano. Aquel que fue ―y, Jesucristo dixit, por los siglos de los siglos será― el verdadero Padrino. El ilusionista que logró esconderse en su propia casa por medio siglo sin que los satélites ni los servicios de inteligencia de medio mundo lo encontraran; un hombre cuya violencia le granjeó entre sus amigos el mote de “El Tractor”, quien para matar a un juez hizo explotar todo el tramo de una carretera y para acallar a otro lo despellejó con cinco autobombas afuera de la casa de su madre, asegurándose de que ésta estuviera asomada a la ventana. La mafia tiene estilo, que ni qué. Desde hace días los periódicos italianos dan la noticia de su triste desaparición con tipografías enormes, con tal ímpetu como no se veía desde la muerte del papa Wojtyla. Sólo se habla de sus épicas gestas sanguinarias, tanto que ahora cuando pienso en él lo imagino como una especie de Lancelot. No tardarán en filmar una biopic de éxito asegurado.

“No sé quién sea”. Pues muy mal. Desde hace milenios Sun Tzu nos recuerda que “conocer al enemigo” es el secreto de cualquier victoria. Podría argumentarse que los gringos no ajustaron cuentas con Japón vestidos de kimono y que sobre Hiroshima no llovió precisamente sake hirviendo, lo cual es cierto, pero en realidad no vengo aquí a promover la milenaria sabiduría de Sun Tzu, porque además recuerdo que la cita enseña primero “conócete a ti mismo”, o de victorias ni hablamos. No obstante, al mundo se le sigue olvidando, y se concentra sólo en la segunda parte.

Igual yo.

Me ha costado años de lacerantes lecturas y manuales monolíticos entender qué era ese animal extraño y secular que llaman La Mafia Siciliana, esa estrella internacional que se convirtió en la maestra de todos los narcotraficantes del mundo. No es casualidad, leo, que los narcos hayan heredado el puesto, después de haber llevado a cabo decenas de negocios juntos. En México, aunque no nada más, cuando digo que soy siciliano, en automático se pasa de un amable cómo estás al morboso ¿a poco sí el Padrino…? o ¿de veras es como en la película?, con la misma naturalidad con que se pregunta a un mexicano de viaje si de verdad bebe harto tequila ―ambas cosas ciertas, por lo demás―. La mafia siciliana existe; el Padrino existió, aunque no susurraba como Marlon Brando. De hecho, ni siquiera hablaba, sino que escribía en código en papelitos llenos de citas religiosas. No por nada a Provenzano lo llamaban también “El Escritor”, aunque sus obras eran sólo para algunos elegidos. Pero, aún declarada su existencia, me rehúso a escuchar, cada vez que pronuncio la palabra siciliano, la cancioncita del famoso soundtrack como símbolo de identidad. O como pretexto para colgarme anécdotas de la vida criminal que no he tenido jamás la fortuna (?) de vivir en primera persona.

Está la vez en que un señor al que le iba a vender mi celular, al enterarse de mi origen, me confesó ser orgulloso y dedicado fan de la mafia siciliana (O.o), haber leído cada libro al respecto sobre la faz de la tierra, y me rogó, pasando por alto las crónicas cotidianas sobre los cárteles mexicanos, que le describiera a detalle sus reglas y sus métodos, como si yo fuera la reencarnación de Al Capone.

Pero ahora ya no hace falta:

Para los mafiófilos de cepa ―en general burgueses que rebasan los 60 años― se organizan desde hace tiempo magníficos tours, a precios módicos, durante los cuales se tiene el honor de tirar el ídem al caño al charlar una hora con el hijo de Provenzano. Después de haber visitado los verdaderos “lugares mafiosos”, o sea el Patrimonio Mafioso de la Humanidad, el susodicho ilumina a los visitantes con la epopeya del difunto padre mientras se le humedecen los ojos. Imagínate que un día, en vez de temer encuentros indeseables en Michoacán, Sinaloa o Acapulco, pudieras ir a esos mismos lugares para conocer a los hijos de los héroes del terror. Y de pronto estás sentado(a) a la mesa con el Chapito, que un momento te pide la sal o se excusa para ir al baño y al siguiente te cuenta cómo su papá desmembró meticulosamente a Fulano o describe el estilo impecable con el cual le cortó la cabeza a Sutano, o te enseña el cheque con el que pagó la cuerda para ahorcar a Mengano. O mejor: imagina que un grupo de viejitos delirantes, en su viaje para conocer México, en vez de seguir el señalamiento de “Palenque” se emocionara al encontrar uno que dijera “Cártel de Juárez”. Interesante, ¿no? Tanto que todo Corleone, un pueblito totalmente desconocido antes de antropomorfizarse en Marlon Brando, se está rebelando al filo de sus fuerzas para no convertirse en el destino turístico más trash desde tiempos del hombre de Neandertal.

El operador del tour ―casi todos son estadounidenses, aunque también hay alemanes― lo niega todo y se defiende diciendo que proporciona un servicio profesional para dar a conocer a profundidad el lugar que se visita. Al respecto, en el siglo XIX, cuando ya existía la mafia siciliana (los primeros testimonios documentados datan de 1837), dice Stendhal: “para asir toda la esencia del Bel Paese [Italia] es obligatorio visitar Sicilia, con sus maravillosas ruinas griegas”. Ahora nada te impide informarte con el pretexto del tráfico de droga; nadie te detiene tampoco de ir a Boston y comprar un Sicily Mafia Tour, contribuyendo a la idea de que la mafia es un museo para visitar con los ojos vueltos al pasado. Porque, que quede claro, para ti la mafia ya no existe, y que muera el que diga lo contrario ―literalmente―. Nadie te va a criticar por hacer un brindis con Provenzano Junior, darle el beneficio de la duda porque “los hijos no tienen la culpa”, sentirte Michael Corleone por un día y cerrar tu vejez con broche de oro, sin siquiera tener que tomarte la molestia de ir al Teatro Griego de Taormina.

Cuando regreses, sólo haz el favor de volver a cantar la tonadita de El Padrino.

Y date un tiro.

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Fabio Ughetti

Fabio nació en Sicilia, creció en Calabria y estudió en Boloña. Ahora vive en México, está casado con una mexicana, y sabe de qué lado se dobla la tortilla.

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