Shakespeare neoliberal

 

Bajo la complicación de las lluvias y marchas, hace algunos días me invitaron a ofrecer una charla acerca del neoliberalismo. En la ponencia discurrí sobre el problema de una estética neoliberal y presenté una reflexión acerca de las paradojas del arte contemporáneo: un arte político despolitizado, un arte sin contexto sin Estado sin espíritu republicano. Los ejemplos que utilicé en aquella sesión fueron de cine chileno y mexicano, literatura inglesa y piezas de Santiago Sierra y Teresa Margolles. La informalidad de la charla me permitió adentrarme en un mundo que me fascina: el arte convertido en mercancía. Pero no sólo eso. Uno de los tópicos que espectralizó la mesa fue la empresarialización de los afectos humanos, la calificación de la vida con criterios del mercado. La vida convertida en empresa. Al llegar a casa, rondó en mi cabeza la idea de pensar las relaciones humanas sin la mirada de los Friedman, los Hayek, los Mises ¿existe una estética neo-clásica? ¿Keynes es un crítico cultural? ¿Resulta insensato pensar una teoría amorosa de la ocupación, el interés y el dinero? Obviamente, no encontré respuesta. Sin embargo, la falta de solución me obligó a ver un filme: “Romeo + Julieta” de Baz Lurhmann.

Aunque no soy fan de Moulin Rouge, elegí este “viejo” filme de 1996 porque sospeché que se trataba de una versión contemporánea y, por extensión, una mirada neoliberal —debido a la época de producción— de un clásico de la formación de la sociedad burguesa. El filme devino más interesante al recordar que estuvo filmado en locaciones del Distrito Federal ¿Qué mejor escenario el paraíso del suadero para mostrar a “un par de amantes con mala estrella que se quitan la vida”? Los Montesco y los Capuleto enfrentados como dos familias de narcotraficantes: la familia californiana y la familia chicana. Sincretismo, mestizaje, coctel católico-fronterizo montado como si Guillermo Gómez-Peña hubiese sido el curador de esta obra barroca. La película resultó una experiencia fundamental. Por un lado, muestra la universalidad de la obra de Shakespare y, por el otro, la particularidad de la década de los noventa. Lecturas cruzadas por el tiempo y espectadores condicionados por él.

romeo

Para el Barroco, Romeo y Julieta significó una tragedia de aprendizaje en la que el amor está por debajo de los estamentos. Para los actuales tiempos anarcocapitalistas, la tragedia es un triunfo de las clases por encima de los individuos. Tragedia sin redención porque la felicidad estamental no está implícita en el consumo amoroso. Quizá por esta razón, Harold Bloom no erró al argumentar que Shakespeare eludió describir la muerte del amor en lugar de la muerte de los amantes. El amor nunca muere, mueren los amantes. Traducción neoliberal: el capital nunca muere, muere la plusvalía. Sin embargo, ¿es posible una interpretación neo-keynesiana de este monumento occidental? El Shakespeare mercantilista escribió:

Romeo. ¿Me vas a dejar tan insatisfecho?

Julieta. ¿Qué insatisfacción puedes tener esta noche?

Romeo. El trueque de tu juramento de amor fiel por el mío.

Julieta. Te di el mío antes de que lo pidieras.

Y sin embargo quisiera que estuviera otra vez por darse.

Romeo. ¿Querrías retirarlo? ¿Con qué fin, amor?

Julieta. Sólo para ser liberal y volvértelo a dar.

 

En contraste, el Keynes intervencionista afirmó que una economía debilitada por la baja demanda permite que el gobierno (el sector público) pueda incrementar la demanda agregada incrementando los gastos (déficit público), sin que el sector público incremente la tasa de interés lo suficiente para colapsar la economía. Un Estado interventor regulador del mercado. En este caso, la intervención de los astros permitió y, a su vez, restringió a Romeo y Julieta disfrutar de los goces de su amor. Los astros ofrecieron amor temporal nunca pensado para la eternidad; amor terrenal, austero, estable, pero fugaz. Asimismo, la imposibilidad del amor (la estabilidad financiera) es lo que garantiza la continuación de la acción amorosa (la reducción del desempleo), de modo que los amantes son la máxima comunicación del intercambio des-interesado en el cual existe una tasa de interés muy baja: la muerte del amor. El amor entre Romeo y Julieta es un amor estrictamente terrenal.

En suma, la adaptación de Lurhmann me condujo a identificar una de las tragedias de nuestro tiempo: la necesidad del Estado aunque el mercado insista en su desaparición. Inversamente, la necesidad del amor aunque no logré consumarse de manera definitiva. Un amor fragmentario. Un amor en el que es necesario el gasto, el derroche y no la austeridad de los disolutos o los mecenas del placer. La obra de Shakespeare es trágica porque termina en el suicidio, pero no porque los amantes anhelen la muerte –es amor barroco no amor romántico- o porque identifiquen el odio con el deseo —no es crimen pasional como en las sociedades agrarias—, sino porque es la máxima culminación normativa del amor occidental: la reciprocidad de dar la vida por el otro. En espera de la muerte del Shakespeare neoliberal y el advenimiento del Shakespere de Bienestar, comenzaré con el festejo de las tragedias que posibilitan lo nuevo: la “tragedia” de gastar el amor cada día sin ahorro sin hipoteca sin especulación. Volver a ser barroco otra vez.

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Ángel Álvarez

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