Scorsese, el niño católico

A finales del año pasado se puso a la venta el St. Patrick’s Old Cathedral School, la escuela católica en la que estudió Martin Scorsese. En este colegio, el más antiguo de Nueva York y el que en 2010 Benedicto XVI declaró Basilica Menor, Scorsese tuvo su primera formación católica. Ya entrado en la adolescencia, Scorsese acudió al seminario en el Cathedral College para ordenarse como sacerdote. Según comentó el director de Mean Streets, abandonó el sacerdocio porque no era capaz de cumplir con el celibato sacerdotal. Lo que nunca abandonó fue esa extraña fascinación por la culpa católica. El lobo de Wall Street, filme que está generando una extraña recepción, es una representación de las deudas católicas de aquél niño italoamericano educado entre padres nuestros, el cine de Rosellini y las querellas del matriarcado mediterráneo. Scorsese es un católico. Por convicción y por derivación. Por educación y por oficio nato. Quizá por ello uno de sus objetos fílmicos más preciados sea la culpa y la redención.

Desde GodFellas hasta Pandillas de Nueva York, la mayoría de sus películas se adentran en el territorio de las pasiones desbordadas, pues para el universo scorsiano, el mundo es el lugar del pecado. La violencia extrema y la decadencia creciente de los personajes sólo son conmensurables hasta que cada uno de ellos experimenta la disolución moral absoluta, eso que el lugar común denomina “tocar fondo” y la teología jesuita “el alma envenenada”. No es extraño, entonces, que para Scorsese el mal es siempre mal moral, pecado irredento en espera del estado de gracia. Lo importante de este cruce tridentino es que Scorsese encuentra en Wall Street a la Sodoma del mundo moderno, el espacio en el que la degradación, los excesos y la pérdida de espíritu hacen posible la libertad humana, pues sólo quien vive en el pecado es capaz de salir de él. En definitiva, Wall Street presenta un “festival de la avaricia” en el que los siete pecados capitales se conjuran para atraer a cualquier alma débil por los cauces infernales del dinero. Por consiguiente, con El lobo de Wall Street, Scorsese reafirma su misión pedagógica: mostrar los límites de la voluntad humana para probar que contra el mal del mundo sólo existe la sumisión. Por ello, como escribió el teólogo Reinhold Niebuhr, teólogo estadunidense mejor conocido como politólogo: “no hay doctrina teológica más empírica que la del pecado original” y, en ello, El Lobo de Wall Street es una excelente muestra de la posibilidad de la libertad humana en un mundo sin posibilidad de redención, al menos que la gracia, la fe y el arrepentimiento intervengan en la salvación del alma.

Finalmente,  con este filme, la pregunta de Scorsese —la pregunta que todo católico debe realizar antes de la constricción—  no sólo consiste en responder cómo ser un sujeto moral en un mundo de absoluto pecado, sino cómo evitar ser un cordero en un mundo de lobos; cómo evitar los tentáculos financieros en un orden de capitalismo emocional. La posibilidad de la libertad en un horizonte de carnaval permanente. La respuesta es doble: arrepentirse y abandonar el camino del mal o bien volverse cineasta y cobrar grandes sumas de dinero por ello. Con el primero ganarás la vida eterna. Con el segundo obtendrás un Premio Oscar, equivalente a las monedas de los fariseos. El riesgo de ambas alternativas: la expulsión del templo de Wall Street.

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Ángel Álvarez

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