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Romance de las cuatro lunas

Conocí a Sergio Tovar Velarde por ahí de 2007. Tal vez 2008. El caso es que para entonces yo ya gozaba de una valiosa amistad con Antonio Calderón, un comunicólogo especializado en asuntos de la radio que era, a su vez, gran amigo del joven cineasta a quien yo conocí semanas antes, quizá días, de que tuviera la premiere de Mi último día, su primer largometraje.

Al terminar la función en la Cineteca Nacional, y luego de una muy divertida intervención lacrimógena a cargo de la mismísima Laura León –sí, La Tesorito fue la invitada de honor a tan cultural evento–, abracé a Sergio tan fuerte que casi lo tumbo. Estaba emocionado y conmovido con la sencilla –y por eso tan dura– historia de un adolescente que busca en su entorno razones de peso para no suicidarse.

Antonio, mi amigo y Enrique, su marido, emigraron a Monterrey hace ya un par de años, tal vez más. No los había visto juntos desde hace un buen tiempo, hasta hace unos días, a través de una de las pantallas de un Cinépolis, cuando los vi aparecer fugazmente en una de las escenas de Cuatro lunas, el segundo y por ningún lado sencillo largometraje de Sergio Tovar Velarde, producido por Edgar Barrón y Los Güeros Films.

Si afirmo que no es sencillo es porque todo cuanto aparece en pantalla antoja una complejidad retadora y deliciosa. Desde el guión hasta la edición se percibe un trabajo enorme y minucioso, pleno del oficio cinematográfico que ha decantado Tovar Velarde, sí, pero ante todo, pleno de la sensibilidad y el arrojo que necesita un proyecto que, según las etiquetas y clasificaciones, aborda las relaciones homosexuales.

Cierto: las cuatro historias que presenta el filme exploran el encuentro y el desencuentro entre hombres. Desde el niño que descubre su preferencia sexual, hasta el adulto mayor con esposa, hijas y nietos que cede a la tentación de un cuerpo joven, bello y rentable. En medio, la pareja adolescente que vence miedos propios y ajenos para poder amar y la pareja treintañera desestabilizada por la irrupción de un tercero.

La valía de estas Cuatro lunas radica precisamente en que teniendo todo en orden y disponible para colgarse la etiqueta de “cine gay”, la película va mucho más allá al abordar, simple y llanamente, el amor en cuatro etapas de la vida, en cuatro situaciones distintas: en cuatro tiempos.  Sergio Tovar Velarde habla del tiempo: del que llega, del que se va y de aquellos que nos acompañan –o no– en esos momentos.

Es de celebrar la participación de figuras cuya presencia contribuye a cerrar bocas y ampliar públicos. El que Paté de Fuá interprete la canción central –vean el video, por favor– y actores como Juan Manuel Bernal, Karina Gidi, Marta Aura, Astrid Haddad y Mónica Dionne –que está extraordinaria– integren el reparto de soporte, ofrece credibilidad y solidez a un producto que es y será incómodo para las “buenas conciencias”.

Las Cuatro lunas brillan gracias  a los estupendos actores que las representan. Desde los niños Gabriel Santoyo y Sebastián Rivera hasta la afortunada reaparición de Alonso Echánove [cuya voz es doblada con inquietante matiz por Alberto Estrella], pasando por el buen debut en México de Antonio Velázquez y el talento creciente de Alejandro de la Madrid, Alejandro Belmonte, César Ramos y el entrañable Gustavo Egelhaaf.

Ojalá en la siguiente película –o en un corto, por qué no–, Sergio incluya en sus protagónicos a Antonio y Enrique, mis amigos a pesar de la distancia. Aunque quizá no sea necesario: ya los vi. No solo en la escena de la fiesta, sino en varios momentos de esos personajes tan luminosos y oscuros. Como la luna en cualquiera de sus ciclos. Iconofinaltexto-copy

@ensazu

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Enrique Saavedra

Reportero cultural que actúa, dirige, produce y difunde y está pensando seriamente en cambiar de giro y ser chef. El tinto y el amargo son lo suyo.
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