Retando al metro cuadrado

Los artistas urbanos no ceden. Prefieren aferrarse a un vagón, moverse ellos y mover las letras, las notas, la música en el aire. 

Cada día, alrededor de 5 millones de personas se mueven por las arterias subterráneas de la Ciudad de México. De un punto cardinal a otro van al trabajo, a la escuela o a sus casas; pero con un poco de suerte, su trayecto se ve interrumpido por artistas urbanos que invaden los vagones para recitar a Shakespeare o interpretar a Moncayo. Son los actores principales de la obra continua que es el metro de la capital.

Peter Brook, director de teatro inglés ha escrito que cualquier espacio vital es un espacio teatral, y nada más vital en la ciudad de México que el metro. Los vagones se transforman, al menos por unas estaciones, en escenarios ambulantes y los usuarios se convierten involuntariamente en espectadores de obras que jamás pensaron presenciar.

El artista urbano espera el vagón correcto para expresarse; o sea, si el vagón está en su capacidad normal o si no hay vigilantes cerca. En el instante en que las puertas se cierran, sienten las luces del reflector sobre ellos. Es el momento.

Los espectadores, antes simples pasajeros, dirigen miradas absortas, esperan a que el artista digan sus primeros diálogos: “Buenas tardes señores pasajeros, a continuación presentamos un huapango”. El artista desenfunda su arco, inclina su cabeza como ajustando la mira y aprieta fuerte los dedos en sus trastes. Empieza el acto.

Además en el metro lo que sobra es variedad. Música folclórica, representaciones teatrales, cuentos, poemas son algunas de las actividades artísticas que los usuarios del metro pueden disfrutar en las estaciones de Nativitas a Viaducto de la Línea 2. En una estación quizá escuchas un poema de Jaime Sabines y en la siguiente un son istmeño, depende de la suerte, pero con la maestría y el esfuerzo de la representación se trata de un ganar o ganar.

Una vez tocando su última canción, los instrumentos callan para proponer un espacio de silencio en el cual todo el vagón se siente satisfecho. De pronto el silencio se rompe: “Esperamos que les haya gustado, ahí con lo que gusten cooperar”.

“Me siento vivo aquí” dice Sergio, quien es etnomusicólogo de la UNAM y toca huapangos y sones tradicionales. Aquí es el metro de la ciudad de México, uno de los sistemas de transporte más grande del mundo y que diariamente mueve a alrededor de 5 millones de usuarios de un punto a otro de esta abrumadora capital.

El metro es un componente esencial de la ciudad, “la nación que cabe en un metro cuadrado” diría Carlos Monsiváis, cronista eterno del Distrito Federal y de la vida nacional. Esa que se produce y reproduce en las estaciones del metro, en sus vagones atestados, en sus vagones anaranjados, en sus vagones tomados.

Tomados por un grupo de artistas que, como Sergio, reconocen en el metro el espacio ideal para presentarse, para “dignificar al músico callejero”. Según él, este es un movimiento global, donde en ciudades como Madrid o Buenos Aires los músicos urbanos son parte de un paisaje artístico. Aquí en México, vagoneros como él son la punta de lanza.

“No están permitidos” dice Leonel Mendoza, jefe de la estación Tasqueña, acerca de los actos artísticos como los de Sergio. “No dejan escuchar los voceos de anuncios importantes, como cierre de estaciones…” se excusa Mendoza para después dejar entrever que no está en contra de la libre expresión: “hay conciertos permitidos, como los de la estación Chabacano, pero así, en los vagones, no se puede”.

De hecho existen operativos especiales que llevan a cabo los vigilantes en las estaciones y los andenes para remitir al juzgado cívico a los artistas del metro y cobrarles una multa, que ronda los 50 pesos.

Estas redadas las encabezan “los boinas” como los conoce Luis Ángel, músico también de la estación Nativitas. Los operativos son aleatorios, pero por lo general se incrementan durante la época electoral, según su experiencia.

Esta obra de “policías y ladrones”, tiene también sus propias escenas.

Algunas veces los músicos negocian para que no se los lleven a todos al “Torito”; inclusive se intercambian culpabilidades para así alternar los tiempos en detención. Otras tienen que pasar una “cuota” a los policías para que les permitan partir pacíficamente. Todo es parte de una entramada red de conexiones personales y profesionales que se establece desde el momento en que uno decide hacer de los vagones su nueva oficina.

 

“Al principio me costaba trabajo estirar la mano” comenta uno resignado sin saber que todos de alguna manera lo hacemos y muchos otros la estiran por trabajos realmente indignos.

 

En el metro, espacio colectivo y compartido por antonomasia, no hay cabida para los esfuerzos individuales. Si bien el artista puede elegir libremente y sin censura previa los textos a declamar o las canciones que tocará, cada uno pertenece a una estructura mucho más amplia de “contribuyentes”. Los únicos impuestos que pagan son al “líder”. Esa es la única restricción para formar parte de la compañía.

Estos “líderes” controlan una línea entera y a ellos es a quienes responden los vagoneros. “Nosotros namás le pasamos una lana a la semana para poder chambear, pero en un día lo sacas” dice Luis Ángel, quien remata con un “en todas las chambas es lo mismo”.

Una vez que se entra a la pirámide tributaria, hay ciertos códigos que se deben respetar. No están escritos en ninguna ley, pero los vagoneros los conocen. Por ejemplo, nadie puede ocupar el mismo vagón que alguien ya está utilizando. Los horarios también están definidos. Miguel, quien toca la guitarra y una flauta de pan, se presenta al trabajo diario, de 11 a 3 para vender los discos que no se encuentran en Mixup. Algunos están ya instalados desde las 7 de la mañana. La noche es de otros.

Entre ellos se conocen y promueven. Luis, quien es un ex miembro de la Compañía Nacional de Teatro y que estudió en la Escuela Nacional de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes ahora recita soliloquios de Hamlet en el metro. Se queja de que “no todos son profesionales” como él, quien actualmente cursa una maestría en la UNAM. El trabajo que trae en la mochila tiene un 7 rojo en el frente. “En ese no me fue tan bien, mano” dice Luis.

Shakespeare no es su única fuente de inspiración. Dice que entre sus monólogos más populares está “La Nariz” de Nikolai Gogol, pero a veces no resiste la tentación de declamar en italiano o de hacer teatro de Beckett, aunque confiesa que “a la gente le gusta reír, más que pensar”.

En dos horas libres, entre clases o ensayos, Luis gana 300 pesos en los vagones del metro. Uno de sus primeros días en “la chamba” ganó $800. Es amigo de Sergio, quien brinca al vagón, armado únicamente con su violín y la garganta para tratar de transportar a los “señores pasajeros” a la huasteca mexicana.

“Si alguien les pone atención…pues finalmente tiene poco impacto” dice el sociólogo Eduardo Reyes, académico del Tec de Monterrey, quien asegura que “grupos de ese tipo siempre los ha habido”. A él le cuesta trabajo creer que el fenómeno se trate de una expresión artística: “Son escasos quienes sí lo hacen con esa vocación. El metro no es el espacio ideal para que la gente preste atención.” Según Reyes, el reconocimiento dentro de los vagones es meramente inmediato y el arte no tiene el impacto que podría tener en otros foros.

Sergio está a punto de desmentirlo.

Su huapango atrae las miradas de quienes antes hojeaban un libro, o criticaban la ropa del pasajero de enfrente. Fijos sobre él y su violín, los ojos del vagón evalúan a Sergio y se beben su presencia, que ha interrumpido el que hasta ese momento había sido un anodino viaje. Otros permanecen inmunes a las notas. Aislados por sus audífonos impiden ser tocados por el traslado involuntario en el que se encuentran. Finalmente, la estación marca el final de la pieza, y en perfecta sincronía terminan el recorrido y la canción.

Se ha formado el “círculo virtuoso” del que tanto habla Sergio. Ellos, los artistas, se preparan y entregan al público. Les regalan unos minutos de arte. Los usuarios reconocen este esfuerzo y ahora demandarán mayor calidad del siguiente inoportuno.

Ellos empezaron cuando les “apretó el zapato” sin embargo, decidieron no dejar a un lado sus talentos. Bien pudieron vender cualquier cosa, enclaustrarse en una oficina, aventar sus instrumentos, ignorar la poesía, no volver a actuar jamás. Reciben algunos aplausos. “Poquitos pero sinceros”, reconocen ellos mismos. Y aquí están, a pesar de ser ilegales.

Tratando de acercar el arte a personas que quizá jamás podrían comprar un boleto de teatro ni tomar un libro para leer poesía. Artistas urbanos que buscan abrir los ojos, cuyas representaciones tratan de concientizar, incentivar la lectura “para que no te pase lo que a Peña Nieto” bromean, pero lo hacen en serio. Los espectadores ignoran el esfuerzo que hay detrás de esto y también olvidan que algunas miradas lastiman, sobre todo las de la indiferencia.

“Al principio me costaba trabajo estirar la mano” comenta uno resignado sin saber que todos de alguna manera lo hacemos y muchos otros la estiran por trabajos realmente indignos. Pero esto no. Aquí se trata del arte en su forma primigenia, evitando cualquier forma de protocolo y ornamentos innecesarios. Se trata de convertir al arte en algo de todos los días o más bien algo que transgreda lo cotidiano. Un respiro para las personas que sí han aceptado trabajar en oficinas, guardar sus talentos para siempre.

Los artistas urbanos no cedieron, les dio más miedo resignarse. Prefieren aferrarse a un vagón, moverse ellos y mover las letras, las notas, la música en el aire. Lo que para el resto es un simple sistema de transporte, para ellos es el teatro.

Lo que para nosotros es la oficina, para ellos es el lugar que “te mata el espíritu”. Son retadores por naturaleza.

Retan a la autoridad, a los indiferentes, al espacio vital.Iconofinaltexto copy

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Daniel Melchor y Luis Madrigal

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