Represión 41

“Poco le duró a Chava la ilusión de ser auténtica. Pronto su alma y su corazón serían reducidos al absurdo, exhibidos y juzgados como traidores a la patria, a la madre y a las buenas costumbres. Pronto tendría que volver a ser Salvador. Pero esta vez sería un Salvador impuro y malsano. Un Salvador manchado”.

—¡Eh, lagartijo!— gritó El Falaz con el sudor casi escurriéndole en la boca. Chava sintió el coraje correrle por las venas, como si fuera un fluido tan real como la sangre. —¡Te vas al infierno, mujercito!— escupió con el odio irracional que los siglos de invasión le habían sembrado en la cabeza. Las medias parábolas de las gotas de saliva fueron imitadas por el recorrido violento de una roca. Chava no supo de dónde había podido salirle tanta fuerza, si era él tan delicado y afecto a la mesura. Con su pierna encadenada y las muñecas rojas de opresión, estiró la línea hasta donde se encontraba el agresor. Lo siguieron, sin querer, los criminales y los otros reprimidos. Un chorro caliente que la pedrada desató incomodaba la soltura de su cara desafiante. Cerró lo ojos fuerte, fuerte, y aspiró con ligereza la franca miseria de esa tarde. —¡Nunca más!— sonaron las palabras en su mente, mientras un escupitajo se dibujaba en el rostro del Falaz. Y aunque se repitieran en su espalda los latigazos, ya no estaba dispuesto a aceptar la denostación como destino.

         Chava no había sido pobre toda la vida, ni había estado siempre condenado a esas cadenas. No estaba tan lejos la época en que caminaba con su traje blanco y los zapatos lustrados por las calles del la Ciudad. Igual la pobreza lo haría hermanarse, en un futuro, con el peso de otras ataduras. Pero antes no había tenido problema alguno de alimentación ni de dinero. La bonanza se reflejaba en el lino de sus pañuelos coloridos y en el corte perfecto de los pantalones que, a propósito, no llegaban a cubrir ni un trocito del calzado. Pero la cosa había cambiado y el tiempo hermoso en el que las piedras adornaban sus nudillos se disolvía con lentitud en los caños de las jaulas hediondas.

         Chava recordaba bien clarito la mañana de comienzo de siglo en que había visto por primera vez la sonrisa de Jacobo. Una similar se dibujó en su rostro; aunque, por supuesto, no tan radiante. Tenía apenas 17 y no había siquiera descubierto el calor de las manos propias emulando la otredad. Lo descubriría esa misma noche, sin saber bien a bien por qué motivo, recordando el sol saliente de la boca de Jacobo. No era la primera persona que conocía que había estado en París, ni el primer hombre culto y desbordante de clase. Pero había una cosa en él, o quizás varias, indescifrable y profunda, que lo convertía en el primero de verdad. —¿El primero en qué?— se preguntaba Chava, evadiendo respuesta y cuestionario. No intercambiaron más que el saludo protocolario, lo que bastó y sobró para que a Chava se le aparecieran entre sueños los ojos de Jacobo.

         Desde entonces no hizo más que observarle de cerca pero sin ser descubierto, ni siquiera por él mismo. El Falaz, cualquier vecino, le había enseñado a tiempo que tenía que interpretarse como ilícito, impuro e incorrecto. Tal como el resto del mundo le vería. Un día lo había atrapado observando a Jacobo y le había reclamado con inmerecida autoridad. —¡Eh, lagartijo!— gritó mientras lo empujaba —¿qué tanto le miras? ¿te gusta o qué?—. Chava no supo a qué o a quién se refería con la pregunta y, aunque pareciera la agresión un hecho aislado, empezó desde entonces a reservar aún más su lejana admiración por la existencia de Jacobo. No volvió a sentirle de forma más o menos consciente sino hasta que lo invitaron a su primer baile de ese tipo. Un amigo le habló de esas reuniones, a veces poéticas y otras tantas más efímeras, realizadas por hombres que disfrutaban la compañía de otros hombres. Chava intentó imaginar la situación y se descubrió pronto pensando en Jacobo. Y aunque no se permitiera vislumbrar el placer que el alma le demandaba, sabía que la única opción era caminar de frente entre la niebla.

         Chava atesoraba el recuerdo de esa noche de noviembre como su más preciada perla. En el fondo las telas blancas y el perfume, por fuera el vestido color jade y una maraña rubia que desentonaba con su piel. Jamás lo había sabido a consciencia plena pero había estado esperando, desde niño, la llegada de ese momento. Cuando finalmente se hubo mirado frente al calor de aquel espejo, intenso y fabuloso, una parte de sí entendió que había vivido todo su tiempo en el papel equivocado de una puesta en escena bastante pasada de moda. Se sintió fuerte y hermoso; pero, más que todo aquello, se sintió plena y lista de verdad para la vida. Cuando el Falaz, siempre ávido de chismes, la vio salir de su casa a la mitad de la noche, ella se sintió entera y no hizo más que lanzarle una mirada displicente. —¿A dónde tan coqueta, lagartijo?— le gritó al verla subir en ese coche. Chava no dudó ni torció el cuello.

         Esa fue también la noche en la que Chava descubrió que quizás sí. Que quizás el amor sí era esa flecha de dos puntas que se enterraba tan fuerte en uno como en el otro. Que desear no era una cosa solitaria, aunque los dos se vieran forzados a hacerlo en silencio. Y lo descubrió en esa mirada lejana que, codificada, anunciaba que le había ya reconocido. Algo en esos ojos, ilusorio y fascinante, le provocaba a Chava casi un viaje al nivel siguiente de la ansiedad. —Ojos que da pánico soñar— sería la frase descriptora que Joaquín Blanco asignaría, unos ochenta años más tarde, a las miradas de tal índole. Y aunque las consecuencias parecían mucho más graves que acercarse a un hoyo negro, entonces desconocidos, Chava decidió derribar la barrera de vacío que le separaba de los ojos más intensos que hubiera visto jamás.

         Jacobo no sabía decir lo que sentía. Sabía cantar coplillas llenas de sexismo y deseos dominantes, como también podía emanar de su cuerpo como fuente un sinfín de atenciones desmedidas. Podía aprenderse como axioma los versos más profundamente adornados de las poetas celebres en turno, podía crear una parafernalia digna de un teatro barroco en nombre de algún alma y todo eso podía parecer una expresión del corazón pero no llegaba nunca a serlo deveras. Jacobo no supo cómo abrazar esa cintura que tanto había deseado en secreto cuando tuvo por fin la oportunidad y se inclinó por el ya tradicional saludo de vecinos que los dos se conocían de sobra.

         Hablaron de cualquier cosa durante un par de minutos, hasta que el calor de la música los deslizó hasta el centro de la pista. Ella colocó la mano de Jacobo alrededor de su cintura. A veces se miraban entre lo oscuro del salón. A veces Jacobo presionaba el cuerpo de Chava con la pierna. —Nunca pensé que fueras así— dijo Jacobo suavemente a su oído. —¿Así cómo?— se preguntó ella en consecuencia, sin pronunciar una palabra. Fue en ese momento que terminó por hacer completamente consciente su diferencia. Le dio forma y dimensión sin lograr jamás nombrarla. —¿A dónde tan coqueta, lagartijo?— se repitieron las palabras del Falaz como relámpagos y se avergonzó al notar que el único título disponible era el que la hostilidad le asignaba para hacerle menos persona.

         Jacobo continuó el ritual sin mayor reparo en su pregunta. No hubo más interrupción a las disertaciones de la Chava sino hasta que apareció en escena un pariente del General. —¿Ves a ese hombre con el moño rojo sobre el traje?— preguntó Jacobo con malicia. Ella respondió que sí, un poco celosa. —Pues es el yerno de Don Porfirio—. Chava pretendió primero no darle mucha importancia y cuestionó después con curiosidad: —Pero… ¿que no tenía una esposa?—. Jacobo rió ligeramente. —Pues la sigue teniendo—. Ella se entristeció ante la fragilidad de aquel instante. —¿Y ya no la quiere?— susurró con temor, como si fuera ella misma la mal querida. —No lo sé, quizás. Hay quienes prefieren una y uno; aunque no al unísono, claro. Estamos también los que preferimos a unas que han sido antes unos, como tú—. Chava sonrió sin falsas modestias —¿Entonces… yo te gusto?— preguntó. Jacobo colocó la mano faltante sobre su cintura, presionándola fuerte y acercándola a su cuerpo. Ella sintió su vida deslizarse hacia el abismo infinito de un corazón siempre anhelado. Cerró sus ojos fuerte, fuerte, y empezó a imaginar los labios de Jacobo entre los suyos.

         Cuando abrió nuevamente los ojos la escena había cambiado por completo. Un profundo golpe en los metales de la puerta retumbó en sus oídos, haciéndola temblar. Primero fue la confusión, la luz de las afueras revelándole ante el público. Mucho a mucho, y entre los rastrojos de emoción, se fue difundiendo el pánico entre los rostros. Chava se balanceaba entre los empujones alterados, sin saber bien a bien cómo era que se le había escapado Jacobo de los brazos. El baile se detenía y el beso no se había completado. Un montón de gendarmes penetraban paredes y ventanas, invadiendo el refugio como ratas en granero. —¡Se les acabó la fiesta, lagartijos!— sentenció un rugido desde la entrada del salón. El piano cortó su ritmo de tajo y la ruptura de una copa clausuró para siempre ese canción de libertad. Poco le duró a Chava la ilusión de ser auténtica. Pronto su alma y su corazón serían reducidos al absurdo, exhibidos y juzgados como traidores a la patria, a la madre y a las buenas costumbres. Pronto tendría que volver a ser Salvador. Pero esta vez sería un Salvador impuro y malsano. Un Salvador manchado.

         Intentó refugiarse en una esquina contraria a la salida, difuminarse en las paredes, perderse en una planta o enterrarse en su maceta. Con fuerza, pero sin convicción, intentó arrancarse la peluca color oro. Esos rizos, tan aparentemente falsos, habían tejido ya raíz en la cabeza de la Chava. Los otrora bailarines, sumergidos en el sudor del espanto y del calor, eran guiados, uno a uno, a su lugar en el infierno. Unos marchaban al ritmo de sus propias súplicas. Otros dejaban brotar de sus miradas una señal de dignidad. Ansiosos, iracundos unos, otros conmovidos hasta el llanto; todos respondían ingenuos y asustados ante los estímulos de esa crisis transgresora. Chava intentó postergar el momento en que llegaría a apresarla su gendarme. Se retorció entre la sillas. Se aferró a las paredes. Sus tacones confrontaron las macanas. Cuando llegó por fin el tipo, dispuesto a capturarla por las muñecas, ella resistió hasta que sus uñas se clavaron en la piel del cuello del captor. Su cabeza recibió como respuesta un trancazo que le dejó inconsciente. Chava despertó en un cuarto mohoso y oxidado, cubierto por barrotes.

         Entre el barullo y la multitud, los gendarmes dejaron que se escapara el yerno de Don Porfirio. Días después, y ante el reclamo de la clase acomodada, algunos otros de los 41 prisioneros serían también puestos en libertad; Jacobo entre ellos. A Chava jamás la reclamaron. No volvió siquiera a tener noticia de su familia. Pasó unos días apresada, aguantando burlas y palazos. Poco después la mandaron a trabajar en la guerra de Yucatán. En cualquier coche o cualquier tren, Chava fue enviada a combatir a esos indios revoltosos. Al salir de la ciudad, los gendarmes los formaron encadenados en la calle para que el pueblo pudiera repudiarles la transgresión a las normas de género en turno. Chava se tragó estoica todos los insultos de las masas. Ninguno la enfermó ni le inquietó la consciencia. Ninguno, hasta que en una de las multitudes se aparecieron esos dientes sucios y burlones. Los mismos que le enseñaron, desde el principio, que su amor no pertenecía a este mundo sino a uno más grande y más justo.

         —¡Eh, lagartijo!— gritó El Falaz con el sudor casi escurriéndole en la boca. Chava sintió el coraje correrle por las venas, como si fuera un fluido tan real como la sangre. —¡Te vas al infierno, mujercito!— escupió con el odio irracional que los siglos de invasión le habían sembrado en la cabeza. Las medias parábolas de las gotas de saliva fueron imitadas por el recorrido violento de una roca. Chava no supo de dónde había podido salirle tanta fuerza, si era ella tan delicada y afecta a la mesura. Con su pierna encadenada y las muñecas rojas de opresión, estiró la línea hasta donde se encontraba el agresor. Lo siguieron, sin querer, los criminales y los otros reprimidos. Un chorro caliente que la pedrada desató incomodaba la soltura de su cara desafiante. Cerró lo ojos fuerte, fuerte, y aspiró con ligereza la franca miseria de esa tarde. —¡Nunca más!— sonaron las palabras en su mente, mientras un escupitajo se dibujaba en el rostro del Falaz. Y aunque se repitieran en su espalda los latigazos, ya no estaba dispuesta a aceptar la denostación como destino.

         Cuando Chava abrió los ojos, se descubrió en el lugar mismo que ocupaba cuando el grito. Con el pendejo del Falaz a lo lejos, sonriéndole burlón, y ella sin poder siquiera tirarle un escupitajo. —Encadenada, como Prometeo— pensó y se resignó a caminar como si nada. Dos siglos, o más, pasarían antes de que alguien pudiera de verdad decir —¡Nunca más!—. Iconofinaltexto copy

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David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.