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René Avilés Fabila y la fantasía de escribir

La mañana daba sus primeros respiros, la ciudad continuaba su día cotidiano. El lugar de la plática: su fundación, que lleva su mismo nombre y que se ubica en la Colonia Narvarte. El olor del recinto no era más que de muchos libros que dentro de su pulpa recaen las palabras que alguna vez dijo nuestro entrevistado. Fotos y caricaturas que representan la inmensa trayectoria de nuestro escritor, gente que continúa haciendo lo posible para que la cultura literaria y periodística no termine acabada en nuestro país.

 Nos recibe su esposa Rosario. Mujer apresurada y también de salida. “Pásenle, ya baja, yo me tengo que ir pero están en su casa”. El escritor lucía iluminado, armonioso, contento y dispuesto a responder a cada pregunta. Sonríe, está apresurado porque tiene un programa de radio por las tardes. Detrás de él, están retratos, cuadro, dibujos y pinturas de su persona. René Avilés ha vivido y lo sabe. Sin masticar tanto la palabra se sienta en su sillón, se acomoda su reloj y responde mientras se peina.

 Niñerías y contrastes

 –Me llamaban la atención los juegos como a todo niño. Los juegos pero también los libros. Cuando yo era niño no había televisión, era un mundo diferente: más imaginativo. Era seguro, uno podía caminar en las calles, estar en ellas. Muy pronto decidí ser escritor, de tal manera que ya a los quince escribía cositas sin ningún valor al mismo tiempo que jugaba futbol americano. Jugaba mucho futbol americano.

 Había una gran biblioteca en mi casa –comenta René–, mi mamá tenía una buena colección de libros. Mi papá aunque no vivía con nosotros, era escritor. Maestro de historia, pedagogo. Poco a poco el tiempo me fue llevando a las letras y ya no al futbol americano, que era lo que a mí tanto me gustaba. Pero cuando tenía quince años empezó Elvis Presley y me enloqueció el rocanrol. Quería tocar la guitarra, pero finalmente me decidí por la literatura. Igual, por acá por mis rumbos, cerca de aquí de La Narvarte, vivían unos amigos que también escribían y querían ser escritores. José Agustín, por ejemplo. Nos concentramos todos en lo que queríamos ser. Todos jovencillos, todos leyendo.

 Se acomoda el cuerpo para estar más cómodo en el sillón. Se peina y se peina de nuevo.  Al lado de sus retratos y fotos, están sus libros publicados. Sus libros y también su primera máquina de escribir. Un artefacto azul cielo y encerrado en vidrio. Se alcanzan a ver los títulos de las novelas Tantadel, La canción de Odette, El gran solitario de palacio y Réquiem por un suicida.

 –No le cambiaría nada al René de hace cuarenta años –señala el escritor, sus manos lanzan la frase– pues he cometido muchos errores. Todos normales, ninguno grave. Hay una canción francesa que dice ‘Non, Je ne regrette rie’ de Edith Piaf. Significa “no me arrepiento de nada” y eso me pasa a mí. No me diría nada. Ni siquiera por las dificultades en mis escuelas. Era peleonero, muy peleonero. Golpes hasta con profesores, a cada rato me expulsaban. Mi enamoramiento por el marxismo también me trajo problemas. ¿Me ha costado? A la larga, pero no he muerto de hambre. Menos de sed: he sido bebedor tranquilamente, toda mi vida.

 17Del periodismo cultural o de cómo sobrevivir en el político

 Su vida se recorre en los reconocimientos que se ven pesados en la pared. El Premio Nacional del Club de Periodistas de México (1990), El Premio Nacional de Periodismo (1991), y Premio Bellas Artes de Narrativa Colima (1997). También deslumbran sus fotografías con Juan José Arreola, Rubén Bonifaz Nuño, Bernardo Ruiz, Alí Chumacero, Cristina Pacheco, Elena Garro. El entrevistado es una palabra viva en la sombra fugaz de la historia.

 –¿Y el periodismo, qué fue, una llegada, un descubrimiento?

 –Fue una especie de accidente necesario. Era 1963, y abrieron un periódico que se llamaba El Día. Muy importante y de izquierda. No se veía en esa época, pues la gran prensa era muy conservadora, como ahorita. Me acerqué con la idea de escribir. El periodismo tiene el encanto de la inmediatez, en la literatura es distinto. Me gustaba eso y las críticas. Al acercarme más, descubrí el periodismo cultural. Uno de mis proyectos ya para ese entonces, era el de hacer y dirigir un suplemento propio.

 René Avilés, cuerpo moreno, rastros de canas, pelo envidiable para cualquiera de sesenta y tres años, piel de volumen moreno, pisadas lentas. Señala con su dedo algunos ejemplares del suplemento puestos en la pared. Más livianos que sus premios, nos obsequia uno más reciente. Sigue vivo el suplemento y es gratuito.

 “Y no sólo lo dirigí: lo inventé. ¡Yo creé El Búho! Duró 13 años. Con ese gané muchos premios periodísticos. Era muy entrañable el grupo. Pintores, periodistas culturales, escritores, diseñadores, caricaturistas. Estuve con Fernando Benítez después, en México en la cultura. Después, con ese mismo grupo (Carlos Monsiváis, Vicente Rojo, Gastón García Cantú) nos fuimos a la revista Siempre! Poco a poco me fui moviendo –quedando, diría yo– al periodismo político, con el que ahora me pagan. Es liberador, mentarle la madre a los tipos partidarios”.
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La frontera incómoda y la liberación del pensamiento

 La dicotomía está dicha desde el siglo pasado: periodismo y literatura, realidad y ficción. México ha sido un país de grandes narradores, pero también de estupendos cronistas y reporteros. El magnetismo que es capaz de crear la escritura, pareciera por momentos no tener frontera. Así como los libros de la biblioteca de Rene. Ordenados, puestos en fila y protegidos por un vidrio. En la mesa están descubiertos otros más que serán añadidos. Muchos firmados por los mismos autores. El autor, dice que conoció a Octavio Paz en alguna cena, y que seguramente se hubiera hecho panista.

 –Hay fronteras, pero también signos de contacto. Si uno es un escritor realista, puedes mezclar con facilidad géneros. Si eres del género fantástico, hay otros espacios. Por ejemplo, mi novela El gran solitario de palacio, parte de la matanza de Tlatelolco. Pero conocemos esa historia porque la vi desde el punto de vista de escritor, no de periodista. A mi texto le metí un poco de fantasía, con cosas que nunca ocurrieron. Una quema de libros, por ejemplo, cosa que realmente en el México moderno nunca ha ocurrido. Vargas Llosa lo decía con mucha claridad: ‘uno empieza de la realidad y después la modificas’. A mí me gusta más inventar. Soy más cercano a la fantasía. En otro de mis textos, a una pareja le regalan una cajita, al abrirla preguntan ‘¿y qué es esto?’ y le responden ‘es una casa, ponla ahí en tu jardín, échale agua y va a crecer’.

Alguien toca la puerta y René le dice a su asistente: “Ve a abrir por favor, ando ocupado. Si es el de la basura tiras esos libros porque solamente estorban”. Un montón de libros apilados. Parecen enciclopedias y revistas. “Son puras porquerías, te los regalaría pero en verdad: son basura. Novela histórica de nuestros días, imagínate”. Ofrecemos nuestra ayuda para ir a tirar los libros pero el encargado se niega.

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–¿Escribir para liberarse, para hacerse famoso, para mentir un rato, para qué diablos le sirve?

 –La catarsis, por ejemplo. Si corriste para evitar los balazos, necesitas una liberación. Yo sigo peleado con los soldados, nunca me van a ver en un desfile militar o aplaudirles. Nunca he sido patriótico. Me tiene sin cuidado la patria. Escribir te libera. Si tienes un problema amoroso, ¿para qué chingados vas con el psicólogo?, vas y escribes. ‘Dejas los fantasmas en el papel’, decía Sabato. Finalmente se le hace a uno, una necesidad. Me levanto a las cuatro de la mañana, a esa hora empiezo a escribir. Sigo escribiendo a mano.

–¿Un escritor sin fama no es escritor?

 –Pues algo hay de eso, pero uno es más escritor en el momento en el que da a conocer su obra. Lo que sí me parece una tontería es decir ‘yo escribo para mí mismo, no quiero que nadie me lea’. Todo tiene un sentido. La música tienen que oírla, la pintura tiene que ser vista. Tienes que tener un receptor, uno busca desesperadamente la fama y la notoriedad en esos receptores, aunque lo nieguen. Yo recuerdo que este fue un problema que nos planteamos José Agustín, Gustavo Sainz, García Saldaña y yo a su edad. ¿Qué tanto se vale hacerte publicidad, hacerte promoción? ¿Por qué un deportista se la hace, por qué un actor de cine y nosotros no? Fuimos intentando romper con ese tabú. Algunos lo han logrado, se han convertido en artistas empresarios, como Héctor Aguilar Camín y Carlos Fuentes. Se saben vender muy bien, saben promover su obra. Uno quiere ser leído, reconocido. Aquél que quiera ser artista y te diga lo contrario te está mintiendo.

 Al despedirnos, firma un ejemplar de La casa del silencio, antología de sus mejores cuentos. Nos obsequia también el número nuevo de El Búho. No se sabe si llegó a tiempo a su programa de radio. Iconofinaltexto copy

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Carlos Atzin

(Toluca, 1991) Estudió Comunicación Social en la Universidad de la Comunicación. Escribe crónica y entrevista, y fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2014-2015).
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