Quimera

Quimera 2

Me da un poco de miedo bíblico regresar la mirada y contemplar los años que han pasado desde que empezó esta Hoja. El temor se debe sobre todo a ver demasiado lejanos aquellos días en que, tras una (hoy inservible) computadora de escritorio, colectaba los textos y “editaba” todo el contenido que conformarían el primer número de La Hoja de Arena. En aquellos días, La Hoja era impresa.

Me recuerdo llegando a una de las imprentas situadas en la plaza de Santo Domingo, tímidamente preguntando los costos de la modesta impresión, cargando los dos pesados paquetes de papel bond por el metro hasta Ciudad Universitaria, repartiendo Las Hojas por las distintas facultades, explicando a cada uno de los estudiantes que abordaba en qué consistía el proyecto. Todo demasiado romántico para durar más de tres números.

Es cierto, yo no tuve que vender marihuana para costear los gastos de La Hoja, pero a diferencia de Los detectives salvajes, nosotros no buscábamos cimbrar la escena literaria de México. Nuestros intereses eran mucho más modestos. Tratábamos de emular las conversaciones que teníamos entre amigos, donde el que estudiaba física llegaba a contarnos de la teoría de las supercuerdas, el que leía a Hegel nos realizaba una reseña etílica de la Fenomenología del Espíritu mientras que yo les contaba los resultados de mi último experimento en el laboratorio de inmunología. Simplemente buscábamos mezclar y difundir los tema que nos apasionaban. Por lo mismo, Borges con su Libro de Arena, fue el padrino ideal para nuestro primitivo invento: una revista de temas y extensión infinitas.

No todo en la creación de La Hoja de Arena fue buena onda y espíritu divulgador. Claramente cualquiera que se siente a escribir y a realizar una publicación espera alimentar alguna parte de su ego. Pero con aquella actitud irreverente e infantil de los primeros días, nos libramos de esa pesada ilusión de entrar en la escena editorial mexicana. No necesitábamos padrinos, ni quedar bien con ningún círculo o movimiento. Lo que bien podría haber sido un obstáculo nos lo tomamos como un reto y orgullo. Nuestras letras no buscaban ser libres, sino libertinas. Por lo mismo, desde el primer número, invitamos a todo aquel con ganas de golpear el teclado, a colaborar con nosotros, y así, juntando letras de todas partes la hoja siguió creciendo.

Cuando llegó la idea de convertir a La Hoja en un proyecto digital, nos dimos cuenta que el internet era el hábitat nativo de esta quimera. Comprendimos que un proyecto tan ambicioso no podía sobrevivir en un espacio tan limitado como el papel, que era algo así como querer tener a un tiburón en una pecera. Una vez que liberamos a La Hoja en el mundo virtual, esta empezó a crecer y a desarrollarse. Dejó atrás su apariencia de larva y mutó en el hermoso animal que hoy ustedes conocen.

Hoy publicamos contenido nuevo para ustedes todos los días. En nuestro blog cinco fabulosos autores comparten semanalmente con ustedes interesantes líneas, desde poemas hasta reseñas de libros poco comunes, pasando por críticas a la cultura mexicana o al uso del lenguaje español. En La Hoja del Día, los mantenemos frescos con contenido cultural actualizado a diario. Allí les comunicamos desde los últimos eventos culturales de México, hasta breves manuales de lectura o recomendaciones cinematográficas.

Y a manera del lujo pavorreal, nuestro nuevo número está lleno del mejor contenido de literatura, música, artes gráficas, periodismo, ensayo y ciencia. Artículos llenos de ideas y belleza, ideales para sentarse con una taza de café y dedicarle su buen tiempo a la lectura de potentes cuentos o interesantes ensayos y entrevistas.

Hoy La Hoja de Arena se parece poco a aquellas hojas repartidas por las facultades de Ciudad Universitaria. Pero si se fijan bien, por más formal y seria que se vea, en su corazón sigue guardando esas ganas de simplemente jugar y encontrarse con sus amigos para, sin ninguna pretensión, platicarle lo más interesante que le ha pasado en la semana.

 

 

Dos años son nada en la vida de un ser infinito. Aún así, felicidades a todo el equipo de esta Hoja.

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Fernando Galicia

Estudié ciencia, pero ahora me dedico a leer y escribir cuentos. Director de La Hoja de Arena.
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