A propósito del Día de Muertos

calaverita

Mi padre suele decir que nunca pensamos realmente en la muerte, en ese concepto huidizo que evoca la desaparición de nuestra persona. Que pensamos que nunca llegará, que a nosotros, solo a nosotros, no terminará por pasarnos, que está mucho más adelante y que quizás, ¡quizás!, en una de esas no nos atrape. Y que cuando llega, entonces, no estamos preparados para morir. Que nadie nos ha educado para dejar con tranquilidad esta vida una vez que tenemos que partir al otro mundo.

Suelo contradecirlo más bien por deporte: los hijos tienden a contradecir a los padres sólo porque sí, en una tonta rebelión juvenil que nunca cesa. Y, siguiendo la regla una vez más, cada vez que hablamos de la muerte le argumento que en el fondo no se puede educar ante la muerte: ¿Cómo congraciarse con la idea de que en algún momento nuestra persona, nuestro augusto yo, dejará de existir?  ¿Qué hará el mundo entonces? ¿Cómo podrá vivirse sin que estemos nosotros por allí, rondando? Nuestro inherente narcisismo  nos impide acostumbrarnos a la idea de dejar este mundo y que no se note.

Mi padre siempre responde: así, hija, así. El mundo seguirá girando, las cosas seguirán en su mismo lugar, y lo que queda, como un carbón aún encendido, es el amor que aún calienta los corazones de la gente amada que permanece aquí. Es el amor lo que nos salva, lo que permanece de nosotros una vez que nos hemos ido.

Odio que tenga razón. Pero la tiene. La única forma que encuentro válida, si es que queremos reconciliarnos un poco con la muerte, es darlo todo para que la muerte nos encuentre sin nada, con muy poquito que nos pueda arrebatar. Dejar el carbón humeante, encendido y ardiente, calentar el corazón de nuestra gente más querida incluso cuando ya no estemos aquí.

En tanto que, como ya anunciara Heidegger en Ser y tiempo, somos seres para la muerte, aun no somos capaces de enseñorearnos sobre esta y, por tanto, sobre la vivencia del dolor. Siguiendo la doctrina heideggeriana, Gianni Vattimo dirá que el dolor es una premonición de la muerte: el mundo del hombre se construye en tanto que ser que, de una forma o una otra, desaparecerá. No es una estructura eterna: es un acaecimiento inserto en la historicidad que –tarde o temprano— desaparecerá a ojos del hombre, en el acaecimiento de la muerte.

El dolor, tomando esta perspectiva, no tiene remedio alguno: es y será una constante en la condición humana. Vattimo lo expone en su texto Metafísicas del dolor:

Desde una óptica así, el dolor y la muerte pueden razonablemente ser tomados casi como sinónimos: se sufre siempre de y por la mortalidad; también el mal físico es señal, consecuencia, síntoma de mortalidad- son a la vez insuperables e irredimibles. No se explican y no se justifican, porque no dan acceso a ninguna verdad más verdadera; son, más bien, lo que libera de la esclavitud y del resentimiento frente a cualquier verdad más verdadera (la ley del ser, un dios creador y juez, el destino perverso…). Podemos incluso pensar en la respuesta de Jesús a propósito del ciego de nacimiento: no es culpa suya ni de sus padres, sino sólo algo «que ha querido ser así…», y debemos entenderla en el sentido de que es una casualidad total. Para el dolor no hay ninguna razón, ni existe por una precisa y misteriosa voluntad divina. (Vattimo, 2003, 19)

La justificación del dolor deja de ser entonces necesaria: no hay una expiación ni un designio absoluto en el que el dolor se inserte y tenga un sentido preestablecido. Pero esto nos deja con un sello inexorable que parece demasiada carga para nuestra débil condición humana: nos hallamos condenados a enfrentarnos en todo momento con nuestra propia desaparición, y en consecuencia estamos sentenciados  a batallar con los premoniciones de la muerte, caracterizadas como dolor: como la ausencia que sitia el cuerpo sano, como la fragmentación progresiva, como el avance calculado de la que será al final una trágica desaparición.

De ahí que, como desenlace necesario, Vattimo resuelva que frente al dolor lo único razonable que puede hacerse es tratar de eliminarlo. Y es que, ante la disyuntiva heideggeriana sobre la muerte, no queda más que aceptar la propia historicidad radical: comprender que la muerte vendrá y que, en tanto seres aún vivos, tenemos  una responsabilidad y compromiso para con los otros. En ese sentido, el único dolor que merece respeto y compasión es el dolor de los otros. A juicio de Vattimo, ese dolor será el que verdaderamente nos  perfeccione.

La lucha contra el dolor o, lo que es lo mismo, la búsqueda de la felicidad tiene un solo límite, el de la solidaridad con los demás, la aceptación de la propia finitud que manda no ceder a la hybris, a la arrogancia de quien se erige a sí mismo en absoluto, exponiéndose así a todas las implicaciones violentas de la metafísica, incluidos el resentimiento por no ser inmortal y la especial intensidad con que cualquier dolor a la postre lo afecta porque sin remedio se le antoja como algo misteriosamente querido contra él por una potencia oculta y malvada. (Vattimo, 2003, 20)

Filósofo ante todo, Vattimo considera el dolor como una piedra de toque para la redención o el aprendizaje severo. Ya lo enuncia Enrique Ocaña (1997): El dolor es un maestro que a todos termina examinando en sus entrañas. Desde esta perspectiva, el dolor es un severo preceptor de la humanidad, una guía que tarde o temprano termina cobrando factura por sus enseñanzas.

Ernst Jünger, longevo filósofo aleman, coincide con esta idea común sobre la esencia del dolor. Uno de los criterios para conocer el significado del ser humano es el dolor: el dolor es una llave que abre la puerta del mundo y de lo más íntimo. Es inmutable, así como variables son las formas en que el ser humano se enfrenta a él. A diferencia de él, el mundo actual –en tiempos de Jünger, y en nuestros tiempos inclusive más— está estructurado a partir de un hedonismo recalcitrante, una complacencia cada vez mayor en todos los ámbitos de vida. Sin embargo, parecería, de acuerdo con Jünger, que el mundo ha recibido un tenue barniz de seguridad, y que debajo de éste se encuentra el mismo sufrimiento de siempre.

Sin embargo, cuando contemplo fascinada las festividades mexicanas del día de muertos, cuando observo los minuciosos preparativos para honrar a los que ya se han ido, me parece entonces que todo aquello que mi padre dice comienza a adquirir sentido: recordar el amor que aún se siente por los difuntos es lo que lleva a visitar los cementerios, a poner los altares, a preparar los platillos que más le gustaban al muerto, a bailar y hacer chistes y calaveras, y platicar como si aún existieran los fallecidos, entre nosotros, aquí, ahora. Porque en México, en este pueblo de tradiciones tan milenarias y tan mestizas, esa es la única manera que se conoce de homenajear al muerto: tratándolo como si aún estuviera vivo, como si el calor no se fuese nunca.

Pero claro, esto no se lo diré nunca a mi padre: qué vergüenza de hija sería si estuviera de acuerdo con él. Así que callo, y en silencio me regocijo de haber nacido en un lugar así, que quiere tanto a sus muertos, que han dejado tanto en él.

¿Y tú qué opinas?
The following two tabs change content below.
Avatar

Paula Arizmendi

Avatar

Artículos recientes por Paula Arizmendi (see all)