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Por un Gabriel García Márquez que incomode

Left to right: Author Gabriel Garcia Marquez with Fidel Castro

Como es por todos ya bien sabido, el pasado 17 de abril el mundo hispanohablante sufrió la pérdida de uno de los más grandes escritores del siglo XX, Gabriel García Márquez. El autor de Cien años de soledad, quien es sin duda uno de los más destacados exponentes del realismo mágico (término acuñado en 1947 por Úslar Pietri), tuvo el insospechado logro de ser simultáneamente no sólo un autor de obras de indudable mérito literario; sino además uno de los escritores más taquilleros de nuestro idioma. Esto, sin duda, se debe, entre otras cosas, a su prosa sencilla llena de imágenes asombrosas y pintorescas que, podría parecer, elabora una mistificación de América Latina. En este breve artículo quiero mostrar que esto no siempre es el caso.

Alejo Carpentier, escritor cubano que frecuentemente es circunscrito al realismo mágico, en 1949 publica un texto introductorio a su novela El reino de este mundo titulado De lo real maravilloso americano en donde sienta algunas de las bases que posteriormente serán utilizadas para intentar definir el realismo mágico como género. Es materia de debate si lo real maravilloso y el realismo mágico son lo mismo o no; pero por la brevedad e intención de este artículo me veo obligado a asumir que lo son sin ofrecer mayor prueba.

En aquel texto Carpentier dice que “lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad […] Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco”. En su propia obra esto se ve en cuentos como Viaje a la semilla, donde se nos ofrece un mundo cuya temporalidad parte de la corrupción de los cuerpos marchitos, pasa por el alba sin formas definidas de la niñez y termina en la oscuridad abstracta y uterina de la semilla; o como en Semejante a la noche, donde un soldado anónimo sufre las transformaciones relativas a pertenecer a tiempos tan dispares como el de las guerras troyanas, la conquista de América y las cruzadas. Todo en el breve lapso de tiempo en que realiza los últimos preparativos para embarcarse hacia el combate.

carpentier

En De lo real maravilloso americano, Carpentier relata cómo, tras viajar por el mundo y quedar azorado ante los misterios que encierran China y las tierras del islam para un latinoamericano, se adentra en Europa Oriental, donde se siente mucho menos confuso por la mayor cercanía cultural existente con los territorios de esa zona. Anota que una vez de regreso en América “A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera [es claro que Norteamérica queda excluida al menos en buena medida; pues todos sus ejemplos son sobre Latinoamérica], donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías”. Es decir, lo maravilloso, que en el resto del mundo es un acontecimiento singular (el milagro), en algunas partes de América es la norma. A lo, así lo llamaré, real-real de Europa y Norteamérica, se opone lo real-maravilloso latinoamericano; como él mismo anota en su artículo “así como en Europa occidental el folklore danzario, por ejemplo, ha perdido todo carácter mágico o invocatorio, rara es la danza colectiva, en América, que no encierre un hondo sentido ritual, creándose en torno a él todo un proceso inicíaco: tal los bailes de la santería cubana, o la prodigiosa versión negroide de la fiesta del Corpus, que aún puede verse en el pueblo de San Francisco de Yare, en Venezuela”. Hasta aquí la cháchara sobre Carpentier.

Hace algunas semanas releí uno de mis libros favoritos de García Márquez, el de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. En esta última lectura, en uno de los cuentos me saltó a la vista un diálogo, en apariencia inocente, al que nunca antes había prestado atención. El cuento es El mar del tiempo perdido, donde un pueblo costero acostumbrado a un mar pútrido y monstruoso un día es despertado por un olor a rosas proveniente del mar. Clotilde, una anciana, interpreta el olor a rosas como un mensaje sobrenatural que anuncia su muerte próxima.

—Anoche —suspiró ella— sentí un olor de rosas.

—No te preocupes —la tranquilizó el viejo Jacob—. Esas son cosas que nos suceden a los pobres.

Esta clase de acontecimientos, milagrosos en la realidad-real de Europa y Norteamérica, a los pobres, en este caso habitantes de un pueblo anónimo que se asemeja a muchos en Latinoamérica, simplemente les suceden. Lo que en lo real-real es un milagro en lo real-maravilloso nada más sucede. Al referirnos a un inofensivo olor a rosas proveniente del mar, el asunto puede parecer poca cosa. Si vemos el cuento Muerte constante más allá del amor, que viene en el mismo libro, la situación se pone un poco más fea. El cuento inicia cuando el senador Onésimo Sánchez da un discurso donde se prometen máquinas de llover, aceites de la felicidad y toda clase de cosas absurdas y donde hay “camiones con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos”, pirotecnia, música y como acto final una escenografía portátil que retrata el prometido esplendor del pueblo. Puede ser difícil identificarnos con un pueblo al que simplemente le sucede que se le aparece un olor a rosas proveniente del mar; pero con toda seguridad será mucho más fácil identificarnos con uno de campañas políticas abarrotadas de acarreados y socorridas por una farsa que es ofensiva y, no obstante, es efectiva electoralmente.

La obra de Gabriel García Márquez es una imagen especular en la que podemos ver el maravilloso absurdo de ciertos rasgos de nuestra realidad. Hay un aspecto crítico en la obra de Márquez; por lo que la imagen que ofrece de nosotros en muchos casos, en lugar de sumergirnos en una ensoñación placentera, debería arder, incomodarnos. De poco sirve realizar lecturas folcloristas que se pierdan en la contemplación quieta y complaciente del colorido paisaje que Gabo tan bien supo pintar.

@Jslis

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José Luis Álvarez Vergara