Por qué #YoTambiénRenuncié a mi trabajo

Para Eli y Óscar

Dejé mi empleo el segundo día del pasado enero. Estaba por cumplir el año en una agencia de traducción en la Colonia Del Valle. Junto conmigo renunciaron otros dos compañeros, con quienes compartía la responsabilidad de cada uno de los proyectos que pasaban por la agencia. Dado que hasta antes de entrar ahí había trabajado sobre todo de forma independiente, era la primera vez en mi vida que me encerraba en una oficina, en el sentido estricto del concepto.

A mí, en mi calidad de neófito, muchas cosas me sorprendieron desde el principio. Por ejemplo, que de inmediato se me juzgó, al punto de exigir una explicación a mi supervisor directo, por dejar la oficina a las seis de la tarde en punto, hora de salida estipulada en mi contrato. “¿Qué no le dan suficiente trabajo?” fue una de las preguntas. Incluso entre los compañeros era ya una broma cotidiana que despegara del cubículo con reloj en mano. Yo, que no entendía la relevancia del asunto, en cambio les preguntaba si la empresa les pagaba los minutos extra (las horas, en realidad) como les descontaba los retardos por la mañana. Que no, me decían, pero que una vez que se tuvieron que quedar a pernoctar en la oficina para terminar una traducción urgentísima y kilométrica la jefa disparó las pizzas. Y yo, que por qué les gustaba trabajar gratis; y ellos, que así es la vida. Entre las cosas que se pusieron en tela de juicio a causa de mi supuesta rebeldía estuvieron mi “compromiso con la empresa” ―a la fecha no sé cuál es ese pokémon―, la confianza en mí mismo ―“espérate a que llegue noviembre, que es un mes pesado, a ver si te sigues yendo a las seis”― y mi absoluta indiferencia ante las jerarquías ―eso sí ni cómo negarlo, oficial―. Está además el caso aislado de aquel gerente de operaciones que hirvió en cólera cuando vio en su tablita de Excel que yo era el traductor con la mayor productividad de todo el departamento a pesar de lo ya sabido. Yo no alcanzaba a procesar tanto revuelo, y no entendía por qué si había taaaanta carga laboral la empresa me había contratado por horario y no por proyecto. Digo, podrán imaginar mi sorpresa cuando descubrí que trabajaba en una empresa a la que le molestaba que yo cumpliera cabalmente con el acuerdo, ya no digamos que yo firmé, sino que ellos mismos redactaron.

A lo largo de los meses, aunque entonces ya era menos ingenuo, me sorprendieron otras cosas. Está la vez en que le comenté a El Ingeniero ―entiéndase: una persona que no ha traducido una palabra en su vida, aunque es dueño de una agencia― que los traductores son seres humanos, y me corrigió porque (yo no sabía) en realidad son “quince cuartillas al día”; está también la vez en que el gerente de operaciones se enojó con una traductora externa porque no accedió a cobrar poco y un mes después, cuando en realidad “debería agradecer que se le está dando trabajo”, ya que obviamente las empresas “dan trabajo” por altruismo y no porque ne-ce-si-tan la mano de obra; o la vez en que la de Recursos Humanos tuvo una fluorescencia neuronal que por falta de costumbre confundió con una idea e instituyó un código de vestimenta, no importándole que los traductores pasábamos ocho horas en un cuarto sin ventanas ―tampoco es que necesitemos aire― que no visitaba nadie; o la vez en que la gripa me duró todo el otoño porque el aire acondicionado debía circular, “por nuestro bien”, aunque en la práctica “nuestro bien” era el punto de congelación; o la vez en que la asistente de dirección se desmayó por un colapso nervioso; o, cómo olvidarlo, todas las veces en que El Ingeniero acosó a una de mis compañeras, ignorando su negativa y hasta a su propia esposa, La Licenciada, que despacha en la oficina de al lado.

Hubo cosas, claro, que ya no me sorprendieron tanto, como que el 24 de diciembre se le diera el día al resto de la empresa por medio de un correo secreto y a los tres líderes de proyecto se nos hiciera ir en sorpresiva y navideña soledad, sólo para luego descontarnos el día completo porque nos fuimos a las seis horas de estarnos picando los ojos; o que con mi finiquito me compré unos chicles y un Yakult porque trabajaba subcontratado por una de las tres razones sociales de la agencia ―una de las cuales tiene una dirección fiscal dudosa, aunque ha de ser un error de Google Maps― y porque mi sueldo constaba de unos cuantos salarios mínimos cotizables más ochenta bonos de puntualidad, ganas de vivir y cara bonita.

Todavía cuando, el 2 de enero de este año, la contadora y prefecta de facto de la empresa nos estaba li-te-ral-men-te corriendo del edificio ―para que, obvio, no nos diera tiempo de robarnos a los clientes, y para que, obvio, no distrajéramos al resto del personal con nuestras lacrimosas despedidas― las almas más blancas de la empresa nos preguntaban “¿por qué se van?”



He leído muchos artículos ―como éste, o como éste otro― en los que se habla del fenómeno de la generación millennial en el mercado laboral, de por qué no duramos en los empleos que se nos ofrecen y de cómo pueden los empresarios “aprovechar” nuestra configuración de valores e intereses. Existe una ruptura ―por lo demás, evidente― entre la generación que priorizaba la obediencia y la productividad y la nuestra, la de la independencia y esa cosa difusa llamada el éxito; o, en mis términos, la aspiración, columna vertebral del sistema laboral mexicano, está dividida en dos. Todo eso suena muy lúcido en las revistas de negocios, pero tras casi un año de trabajar para un digno representante del empresariado nacional, uno quizá pecaría de creativo y se preguntaría si, más que un pleito generacional, no se trata de derechos humanos elementales.

No es sólo que los nacidos entre 1982 y 2002 adoremos la movilidad; es que quién no va a querer moverse cuando la generación a que perteneces trabaja más y gana menos que tus papás cuando tenían tu edad. No es que seamos “celosos de nuestra independencia y nuestra forma de pensar”; es que, en un país donde el nepotismo y la arbitrariedad del poder son el pan y la sal de cada día, resulta absurdo reconocer la autoridad de una persona que sabe menos que tú sólo porque “es el jefe”. No es que “seamos innovadores y nos guste la tecnología”; es que restringirle el acceso al internet a tus empleados es como alimentar a tus hijos con bolillos y agua porque “no necesitan nada más” para sobrevivir. No es que “nos guste que nuestras opiniones se tomen en cuenta”; es que ponerle epítetos en inglés a las vacantes (junior, trainee) para pagarnos menos es trampa. No es que seamos “difíciles de retener”; es que hay que ser imbécil para creer que uno es más productivo porque pasa más horas en la oficina, y no es sano convivir con imbéciles de ocho a seis de lunes a viernes (y hasta el sábado, si tu empresa es de esas entusiastas).

En fin, quizá la diferencia estriba en que ésta es la primera generación en cuestionar certezas hasta ahora normalizadas y hasta sacralizadas, como la presencialidad, la divinidad de la jerarquía vertical o el binomio falaz de la cantidad igual a la calidad. Tampoco es que nos libremos de otras tonterías, como la positivización del estrés (en el que, por cierto, somos primer lugar mundial) y la idea de que estar ocupados es síntoma de éxito, pero al menos quizá se esté dando un paso para comenzar a borrar un sistema no sólo viejo, sino a todas luces nocivo y en ocasiones abiertamente anti-humano ―no quiero siquiera imaginarme las condiciones en que operan trabajadores de estratos menos favorecidos―, cobijado además por la ideología neoliberal y las reformas políticas.

Antes de renunciar nosotros tres, habían dejado la empresa otras dos compañeras, una por un trabajo mejor pagado y la otra echada por la puerta de atrás por defender a sus traductores. De los que se quedaron, al menos tres se fueron en estos últimos meses, y los que ahí siguen planean hacerlo en cuanto se les presente la oportunidad. De pilón, casi al mismo tiempo que yo mi hermano renunció a la empresa de Relaciones Públicas donde no había cumplido ni medio año porque su jefa era una loca autoritaria y clasista (o, lo que suele llamarse una persona exitosa). Ninguno de nosotros rebasa los treinta años. Ha de ser que estamos chavos. O que, aunque suene atrevido y revolucionario, uno debería tener el derecho a ganar dinero sin ser miserable.

En este texto omito nombres y algunos detalles comprobados y comprobables porque parte de la información está ―o estará pronto― siendo usada en procedimientos legales ya en curso, pero lo escribo como una invitación. Quisiera leer más casos del estilo. Conozco muchos y sé que hay otros pero quisiera leer más, leerlos todos, hasta que se vuelvan un tema, hasta que incomode. Invéntense un hashtag o algo. A lo mejor entre todos y todas vamos logrando, cuando menos, que las empresas dejen de tratarnos como si nos estuvieran haciendo un favor. A fin de cuentas, cuando Los Ingenieros y Las Licenciadas se mueran, adivinen quiénes van a seguir aquí. La Hoja de Arena

@Ad_Chz

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Adrián Chávez

Escritor y traductor, autor de 'Señales de vida' (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela y es editor de La Hoja de Arena. Alterna la literatura y la traducción con la docencia. Twitter: @nochaveznada