Ponerle fronteras a la muerte

A estas alturas del mes, lo más probable es que en la conciencia colectiva se haya alcanzado ya la saturación con todo el tema de los atentados en París y Beirut. Para cuando este texto vea la luz, ya habremos visto pasar ante nuestros ojos, y en nuestras reuniones familiares y de oficina, el batallón entero de reacciones: los que se duelen, los que se indignan porque los otros se duelen, y por último, los que se quejan porque los otros se indignan de que los otros se duelen. Y después todos contra todos para ver quién lleva la razón.

El asunto, verán, es que es innegable que los medios tienen una jerarquía implícita en cuanto a qué noticias pegarán más; qué tragedias son más tragediosas; cuáles muertes son las que hay que denunciar por todo lo alto, y cuáles simplemente se pueden dejar pasar en la bandita que corre bajo la imagen principal. En el reciente boom mediático del viernes 13 quedó clarísimo que la diferencia entre la cobertura de París y Beirut no fue de acuerdo a la escala de afectados, sino a la relevancia que Francia y Líbano tienen en la escena internacional. Por supuesto que ambos sucesos se cubrieron, pero el dudoso honor de la viralización perteneció tan sólo a la muerte dentro de la frontera europea. No hay manera de ignorar esto, y no hay tampoco manera de defenderlo, pero ahí les va mi piedrita en el arroz de la justicia social:

En su impulso de denunciar y visibilizar este colonialismo mediático, muchos se nos están yendo al otro extremo, a ese ridículo y chauvinista extremo en el que el tan mexicano disgusto con los extranjeros se acrecienta más si éstos vienen de un país con historial colonial. De acuerdo con esta lógica, si los muertos son ingleses, franceses, o cualquier otro tipo de europeo, ellos se lo ganaron, ni hay que quejarse, porque sus países cometieron injusticias contra el resto del mundo, ya sea hace dos días o hace cinco siglos (¡hola, odio mexicano hacia los españoles! Ya hablaremos de ti algún día). Y si los muertos son gringos, la cosa empeora a ojos vistas, pues en la reacción-celebración caben toooodos los aspectos problemáticos de nuestra relación nacional con el vecino gandalla del norte. Ahora, esto podría llevarnos a decir que si los muertos son de país pobre, chance y la compasión sea vista como una opción más válida, pero eso no nos quita el componente nacionalista. Es gracias a este ingrediente que cualquier muerte grupal, de cualquier país que no sea el nuestro, tiene un 100% de posibilidades de recibir al menos un par de reacciones que llamen a mejor voltear la mirada a nuestros propios muertos, a preocuparnos por lo que nos pasa acá, total que esos otros países están bien lejos, eso a nosotros qué nos afecta.

En otras palabras, en los días después de los atentados descubrimos que la manía de jerarquizar las víctimas mortales de la violencia no es exclusiva de los medios, y se ejerce con particular gusto y creatividad entre los ciudadanos de a pie.

La gracia del asunto está en que, irónicamente, lo que abundó durante los días álgidos después de los atentados fueron las quejas, las denuncias y los rechazos, mientras que los intentos de ofrecer información sobre los otros muertos o de difundir a nivel de cancha las noticias no virales, se vieron relegados al segundo plano. En apariencia, es más taquillero quejarse de cosas que no suceden que ir y ayudar a que sucedan.

Otra cosa problemática acá es el hecho de que, una vez arrancada esta red de “lo de los otros humanos me es ajeno”, no queda claro en dónde se traza la línea de la indignación justa: si ésta debe detenerse en las fronteras nacionales, o si debemos de preocuparnos más bien por la gente de nuestro estado, o mejor por la de nuestra ciudad, o nomás por la de nuestra colonia, etc. Esto de pensarle antes de dolerse se vuelve una pendiente resbalosa de solipsismos.

Regresando a la escala nacional, cuando los muertos, heridos o encarcelados son nuestros, tienen aún que pasar por una serie de pruebas para poder ser dignos de la compasión generalizada. Si en el contexto en el que se dio la injusticia hubo daños a propiedad pública, toma de unidades de transporte o suspensión de clases, pues capaz que esa injusticia no es tan grave, porque pues ellos empezaron, ¿no? En un país que recibe las noticias de la muerte de un ciclista con frases como “bueno, es que también estos se creen que estamos en Europa, México no es país para bicicletas hípsters”, la desaparición o asesinato de cualquier connacional bien puede pasarse por alto si hay alguna manera de comprobarle malos pasos al susodicho.

Por todo esto, me gustaría arriesgarme a quedar como una ingenua total dejando estas sugerencias para la próxima (porque una de las cosas que sí compartimos todos es la certeza de que habrá una próxima):

Esto no son olimpiadas. No son competencias para ver quién se merece nuestras lágrimas y quién no. Ya que estamos, tampoco son ocasiones para lucir nuestras convicciones políticas celebrando la muerte de aquellos que son los malos de la película en turno. Quizás sea una noción pasada de moda, pero me parece que nada justifica alegrarse por la muerte o el sufrimiento de alguien.

Aún si los muertos los pone un país o colectivo que usted deteste, haga el favor de pensar un momento antes de declarar su satisfacción por la desaparición de personas que, en primera, no son responsables de todas las barbaridades que hayan podido cometer sus Estados, y en segunda, tenían familias, amigos, compañeros o etcéteras a los que esto les duele, independientemente de si el fallecido pasa o no la prueba de la inocencia absoluta.

Es importante que denuncie el colonialismo de los medios, y que ponga su granito de arena para divulgar las injusticias que suceden en su ciudad o su país. Siempre hace falta dejar en claro que es terrible que haya muertos que importen más que otros para la prensa, o incluso para algunas personas, pero tenga en mente que la vía para arreglar esto no comienza por señalar con el dedo a la gente y culpabilizarla por enterarse de algo y horrorizarse. En realidad nadie sabe a ciencia cierta de los dolores de los otros, y nadie tiene la autoridad moral para censurarlos.

Ante las tragedias absurdas como las de los días pasados, no divida, sume. Conecte unas pérdidas con las otras, sobre todo si son hijas de la misma violencia injustificada. Puede que le dé más resultados que tan sólo invalidar un grupo de muertes, cosa que a los muertos del otro grupo, por cierto, no les ayuda en nada.

En la sobremesa de las desgracias, intentemos colectivamente entreverar todas esas vidas perdidas en un crochet de sentido y de repulsión, uno que no tenga ni banderitas ni fronteras sólidas, porque bien mirado, no hay nada más universalmente humano que morirse por una pendejada.Iconofinaltexto copy

@shebacr

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Sheba Camacho

Sudcaliforniana con estudios en Antropología y Museología. Miembro del prestigiado club 'Este año sí termino la tesis' y de la asociación de detractores del nacionalismo. Sus intereses giran en torno a la identidad, la memoria y las colecciones de los museos. Sus vicios incluyen pasar demasiado tiempo en internet y leer los comentarios de los foros.
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