Política exterior estadounidense, ¿excepcional?

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Una de las mejores formas de definir la política exterior estadounidense, es llamándola “excepcional” según Holsti. Ésta ha apostado por la unilateralidad y una misión salvadora en contra de los males—como quiera que esto pueda ser entendido—que afectan al sistema internacional a través de la difusión de principios propios del credo estadounidense.

Dichos principios se ven interiorizados en la psique nacional pero más relevante, en el sistema político y económico mundial. La construcción y consolidación de instituciones como Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad o el Fondo Monetario Internacional han legitimado históricamente su posición aprobando explícita o implícitamente, sus acciones. Pero los tiempos cambian y la particular manera de relacionarse con el mundo que tiene Estados Unidos cada vez parece ser menos eficiente y más controvertida.

Los “nuevos” escándalos en los que Washington se ha metido tampoco son nada que no hayamos visto antes: espionaje a altos líderes extranjeros (como los que destapó Wikileaks en contra de la canciller Ángela Merkel, la presidente brasileña Dilma Rousseff o el propio Enrique Peña Nieto), intervenciones militares cuestionables argumentado un peligro a la humanidad (Afganistán y Siria) o los intentos por establecer una democracia liberal en cada rincón del planeta (la constante crítica a la China comunista, etc.) Sin embargo, lo que sí ha cambiado—y mucho—, es el rechazo cada vez más contundente de la comunidad internacional al doble discurso del autoproclamado líder de Occidente.

Para los estadounidenses ser “the city upon the hill”(frase de uno de los discursos fundacionales del siglo XVII que sostiene que la “ciudad sobre la colina” sería vista y emulada por el resto debido a principios rectores impolutos y a una misión divina de expandirlos) impide que se relacionen de manera horizontal con otros países; su destino como nación no era tener ideologías, sino ser una. Por ende, la asignación de las reglas del juego les correspondería a ellos. Bajo el supuesto de que sus primeros habitantes y fundadores eran seres virtuosos con principios morales “universalmente aplicables, universalmente beneficiosos y universalmente deseados”, la responsabilidad de transmitirle al resto su reciente descubrimiento, se volvió imperiosa. Y claro, los medios para predicarlo quedaron fuera de discusión: ¿Quién no querría ser salvado?

K.J Holsti en “Exceptionalism in American Foreign Policy” enumera cinco elementos claves para entender este tipo de política exterior estadounidense:

  1. La obligación/responsabilidad de liberar a otros
  2. El estar fuera del sistema de normas que gobiernan o influyen en las relaciones entre estados ordinarios
  3. Ser víctimas dentro de un ambiente hostil lleno de amenazas
  4. La necesidad de tener un enemigo externo y finalmente,
  5. Verse a sí mismos como víctimas inocentes.

Uno de los eventos que mejor ejemplifica lo anterior fue la invasión a Irak:

¿El pretexto oficial? Desarmar a Irak de armas de destrucción masiva, para terminar con el apoyo de Saddam Hussein al terrorismo, y para liberar al pueblo iraquí, según George W. Bush.

¿La respuesta? Una intervención militar llamada “Operación Libertad Duradera” liderada por Estados Unidos y Gran Bretaña (pese a la negativa de la mayoría del Consejo de Seguridad, quienes optaban por endurecer las inspecciones de armamento nuclear) y la imposición de sanciones económicas que repercutieron en el grueso de la población que supuestamente pretendían defender.

¿Resultados? Se probó la inexistencia de armas nucleares –por lo que dejó de existir una razón “legítima” de la intervención, se derrocó a Saddam Hussein –cofundador del denominado “Eje del Mal”- y se constituyó un vacío de poder como consecuencia de la incapacidad tanto interna como externa de manejar la crisis que la intervención dejó a su paso. Pero también, enfatizó más que nunca la clara división entre Estados Unidos y sus aliados y el resto del mundo. Se alzó la voz ante la flagrante violación al derecho internacional al emprender acciones militares unilaterales; se desdeñaron los argumentos vacíos y se expuso el fracaso de la operación. Simple, se desafió la forma de actuar al American style.

Esta manera sui generis de hacer política se ha vuelto realmente porosa. Sin minimizar la influencia y capacidad de coerción que sigue teniendo y que tendrá en las siguientes décadas, ha dejado de ser intocable y se ha mostrado endeble, falsa y cínica. Más que única es bastante ordinaria y sin la capacidad de seguir legitimando lo que no lo es más pero sobre todo, es decadente. Sería arriesgado establecer una fecha de vencimiento pero sería aún más ingenuo asegurar que su política exterior sigue siendo tan excepcional como en algún momento de su historia lo fue.

@ari_mtzg

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Aranzazú Martínez Galeana

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