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Pócimas y conjuros

conjuros y pociones color

Soy un entusiasta de la magia. No del ilusionismo, que también me atrae, sino de la magia, por lo tanto me gusta mirar frecuentemente en derredor y, en eterna persecución, buscar sus huellas en el mundo.

Por este motivo, muchas veces me encuentro en cavilaciones como la siguiente.

Un hechicero y un científico son similares, ambos mezclan elementos preexistentes para obtener como resultado algo creado artificialmente con un propósito específico. Ambos saben, igual que un cocinero, que las porciones deben medirse muy bien para obtener el resultado exacto. Sin embargo, mientras que el hechicero recita conjuros en voz alta a la par que elabora sus mezclas, no es cosa frecuente encontrar a un científico recitando en voz alta verso alguno ni las elaboradas fórmulas que le basta tener en papel. A un cocinero sí es concebible ‒quizá incluso frecuente cuando ama la cocina‒ encontrarlo canturreando mientras prepara un platillo.

Es cosa generalizada que los científicos no sólo se ubiquen por encima de los viejos hechiceros y alquimistas, sino que incluso los miren de forma burlona o condescendiente. Les reconocen, incluso les alaban, conteniendo la risa, sus ganas de querer alcanzar avanzados conocimientos, de querer lograr resultados asombrosos, de buscar acercarse aunque fuese un poco a la todopoderosa ciencia, sólo que, pobrecitos, lo único que tenían a mano eran hierbajos y conjuros inútiles.

¿O no?

Las plantas, los minerales, ciertos polvos e incluso ciertas partes de otros seres vivos poseen cualidades específicas, es posible conseguir resultados mezclándolos apropiadamente (una vez más, la gastronomía aparece campeando en estos terrenos desde miles de años atrás), pero no faltará quien afirme que, de todos modos, es imposible pretender resultados más intrincados basados únicamente en los conjuros y las pócimas “mágicas”; después de todo son cosas rudimentarias, mezclas burdas y básicas que de ningún modo podrán hacerse más complejas ni alcanzar niveles moleculares, porque los antiguos carecían de los sofisticados artefactos con que los científicos contemporáneos apenas están encontrando la manera de hacer experimentos a niveles cada vez más minúsculos y complicados.

Hace no mucho, el Dr. Masaru Emoto descubrió que la estructura molecular del agua se modifica ostentosamente dependiendo de las cosas que se le digan. Las imágenes de moléculas de agua en forma de elaborados copos de nieve de muy variadas formas dieron la vuelta al mundo. Resultaba increíble ver las formas tan distintas que adoptaban las partículas de agua si se les insultaba o se les recitaba una oración. No había palabra que las dejara indiferentes.

Así que nos encontramos con que es posible hacer modificaciones tan importantes de forma tan sencilla e inconsciente. Me parece coherente sospechar que los antiguos hechiceros conocían de esto; probablemente no imaginaban que las moléculas cambiaban, pero sí estaban conscientes de que ciertos sonidos vocales influían directamente en la materia, y esto podría hacer posible que las mezclas elaboradas tuvieran modificaciones a niveles profundos: química pura y compleja de la que se perdieron los secretos más avanzados y que obligan a los científicos a empezar desde cero y por su cuenta, desechando de entrada cualquier vestigio de ese antiguo conocimiento.

Lo más curioso vendría a ser que, sin embargo, nos encontramos ante un tipo de hechicería/ciencia que se usa comúnmente por muchas personas. No me refiero a lo más básico y visceral, que es la lógica consecuencia de que las palabras que dirigimos a otras personas la afectarán no sólo emocionalmente sino químicamente; me refiero a otro tipo de alquimia moderna y sofisticada: la cocina. Decía yo que si un chef es feliz cocinando no sería nada extraño encontrarlo escuchando música o solamente cantando a capela, y he ahí que entonces la química que está realizando al mezclar carnes, vegetales y condimentos, calentando, cortando y demás, adquiere un tinte de magia antigua en que su voz cantarina emula los conjuros de los hechiceros y así, sin saberlo, está manipulando a niveles aún más complejos el platillo en cuestión. Los comensales que alaban su talento reconocerán una sazón excelsa que, en el fondo, se debe a un proceso que podemos considerar tanto de hechicería como de química avanzada.

Después de todo, aunque la sociedad se sienta cada vez más alejada de la magia, en realidad es imposible desterrarla, ya no digamos de nuestra civilización, sino del mundo, de la vida, donde reina en el cotidiano territorio de lo sutil. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.