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“Pobrecita puerta de Palacio Nacional” y otras formas de satanizar a los oprimidos

La crisis de Derechos Humanos por la que atraviesa el país es de una gravedad tal que ya no se puede esconder detrás de la telenovela de las nueve. A raíz de la desaparición de los 43 normalistas de la Normal Rural de Ayotzinapa, han sido muchas las protestas y manifestaciones de indignación. Sin embargo, también han sido muchos los silencios y los gritos que intentan demeritar las acciones reivindicativas. “Al final no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos” decía Martin Luther King. Pero, ante este panorama, yo me pregunto: ¿Nuestros amigos callan porque quieren o porque aún no descubren que pueden hablar?

Vivimos en un contexto en el que todos hemos sido más o menos afectados por la violencia y todos también la hemos validado aunque sea un poco. ¿Alguno de nosotros tiene la autoridad moral para emitir juicios de valor sobre la acción o la inacción de la gente? ¿El Padre Solalinde? Probablemente (y él no lo está haciendo). No creo que satanizar la inacción aporte demasiado a nuestra situación social. Además hay que recordar que la protesta no es la única acción social disponible.

Si se quiere que una persona adquiera consciencia sobre lo jodido del momento, se me ocurre que no es muy adecuado atacarle o llamarle ‘ciega’ por no percibir los problemas que nos laceran (o por no percibirlos como nosotros lo hacemos). Encontraríamos más efecto en una posición empática, que construya desde una visión horizontal.

Hace falta sensibilidad para percibir que la gente está cansada y que su impavidez no necesariamente le hace aliada de los culpables de la violencia. Quizás no tienen otra opción más que quedarse quietos. La gente tiene miedo (tenemos harto, pero hartísimo, miedo). Tenemos miedo de ser reprimidos como muchos grupos que (en el ejercicio de sus derechos) han protestado y han acabado peor que al inicio. Se siente el miedo de generar más de la misma violencia que no nos ha llevado a ningún lado y que sí nos ha dejado con alrededor de 24,500 desaparecidos. No me parece un miedo irracional y sí lo pienso bien fundado.

Mucha de la banda que no quiere ni pararse en una protesta toma su decisión con base en décadas presenciando manifestaciones que siempre terminan en la nada. Hay generaciones que llevan la vida viendo protestas ir y venir sin aparente resultado. Por supuesto que esta imagen se la debemos a los medios hegemónicos, que hacen parecer la protesta tan insignificante. Claro que hay resultados, pero el discurso mediático les dice que no.

La gente también tiene miedos más complejos. Temen, por ejemplo, asumir el peso de tomar una decisión política; proteger una causa y no saber si podrán llevarla hasta el final: y, sobre todo, salir de la rutina. Como lo dijo Cortázar, el ser humano es “el animal que se acostumbra hasta a no estar acostumbrado”. Tenemos miedo de dejar la rutina y nuestra vida (mal que bien construida) porque hemos encontrado seguridad en nuestra inseguridad.

No es fácil retar nuestra forma de pensar y replantearnos todas las ideas sobre las que hemos construido nuestros pasos. “Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la que han sido construidos, perecen ellos también”, diría Kundera. Así podría desaparecer la opresión de nuestro país, pero hay muchos que temen que en el camino perezca también todo lo que creen y en lo que confían (aunque hablemos de nuestras podridísimas instituciones).

La inacción no sólo está provocada por el miedo, también la alimenta el desconocimiento. La verdad es que ante la situación de violencia que estamos viviendo en el país es difícil pensar en propuestas que luzcan viables y que ofrezcan soluciones (aún a largo plazo). Mucha gente sigue creyendo que va a cambiar al país trabajando en un banco y siendo explotado, con la misma fe con la que otros creemos que vamos a cambiar el mundo con activismo de cualquier tipo. Fuimos educados dentro de un sistema que nos dice que la única forma de progresar es mediante el trabajo arduo e indigno. Un sistema que se impuso mediante discursos políticos, religiosos y educativos que no se pueden cortar tan fácil y de tajo.

Finalmente, creo que la educación juega un papel crucial. Con ello no quiero decir que necesitemos tener un post-doctorado para asumirnos como seres políticos. Quiero decir que hemos recibido una educación (primaria, universitaria, la que sea) profundamente sesgada. Somos el resultado de una cadena de negaciones de Derechos Humanos que nos impide actuar de manera libre. Estamos llenos de temor y de miseria porque nuestros derechos no han sido respetados. No imaginamos un mundo sin opresión porque se nos formó para besar el tacón de la bota que nos patea en el trasero.

Nuestra educación fue usada como un instrumento para ponernos al servicio de los controladores del dinero. ¿Podemos realmente culparnos entre nosotros? Yo creo que podemos a lo mucho intentar compartir la información y provocar la reflexión. De nada sirve repartir culpas y nadie tiene la autoridad para hacerlo. Hay que ser sensibles y empáticos con la desinformación. Verle como resultado de una negación de Derechos Humanos.

Hay que combatir la inacción con sensibilidad. Iconofinaltexto copy

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David Ledesma Feregrino

Escritor en formación. Editor en Homozapping. Formó parte de la XIV promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Escribe ajeno. La más señora de todas las putas.