Pausas

Poco después de las cuatro y media de la tarde ya estábamos en el auto Lety, Betty, Omar y yo. El cielo estaba nublado pero la amenaza de lluvia, que había parecido inminente tan sólo unos minutos atrás, comenzaba a desvanecerse en el centro de la ciudad.

Betty (sentada de copiloto, junto a Omar) me hacía preguntas sobre lo que pensaba hacer respecto a la triada de libritos que recién acabo de publicar, para los que ahora sigue el incierto camino de una distribución rudimentaria. Me dice que está a tres cuentos de terminar el tercer libro y me asegura que los cuentos le han gustado; esto me alegra, mucho, después escucho las propuestas que hace para vender algunos ejemplares.

Me pregunto entonces, ¿qué es lo que hace falta realmente para que uno pueda permitirse el atrevimiento de sentirse escritor? Recuerdo, como hago siempre que empiezo a darle vueltas al asunto en mi cabeza, la frase de Holly Golightly en Desayuno en Tiffany’s (el libro, no recuerdo si la incluyen en la película), que define “ser escritor” como que alguien pague por leer lo que escribes. Me pregunto si uno solamente puede considerarse escritor al estar impreso bajo el sello de una editorial por lo menos medianamente conocida, con una amplia distribución, me pregunto si para poder incluirse en la definición es indispensable percibir un sueldo a cambio de lo que se escribe, me pregunto si es suficiente con hacer como acabo de hacer, una edición privada (o sea, auto publicándome) y proseguir a un largo trayecto de cargar esos libros a espaldas e irlos llevando por aquí y por allá como quien sale a vender pepitas… ¿una cosa es más válida que la otra? Quizá todas las variantes son circunstanciales y, en realidad, lo que puede permitir que uno piense “soy un escritor” es tener lectores, tener tantos lectores como sea posible, que es a fin de cuentas lo que espero empezar a conseguir con aquella triada de libros.

El plan para la tarde era ir en busca de una especie de pueblo artificial, de diseño lujoso/rústico, a las afueras de Tlaxcala. Omar puso música en el auto y emprendimos la marcha. Al inicio del recorrido sentí una pequeña punzada de angustia; no es cosa poco común, cuando hago cualquier cosa que no es, digamos, lo usual, hay una leve sensación de angustia, siempre está en el fondo, aunque sea pequeña, una especie de inquietud que se manifiesta en preguntas del tipo ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué puede pasar a partir de este momento, en medio de la fragilidad de todas las cosas? ¿Será esta tu última experiencia, así vaya a resultar positiva o negativa? Mi mente tiene una molesta inclinación mórbida que no me ha quedado más remedio que aprender a controlar lo mejor posible. Afortunadamente, bien pronto esa inquietud se fue calmando con cada giro de las llantas, el viaje y la compañía sometieron aquellos pensamientos mejor de lo que yo solo podría haber hecho.

Todo el tiempo nos acompañó un cielo nublado, más gris entre más avanzábamos. Bastaron un par de vueltas para que el auto se encontrara en territorios por donde yo nunca antes había pasado; zonas de amplios campos, caminos irregulares (breves subidas y bajadas entre varias curvas) árboles y pasto verdísimos, casas de diseño inusual, como si hubiéramos atravesado un portal de un mundo a otro al pasar bajo el arco de un puente de piedra. Me hizo recordar los pueblos que mi mente situaba en escenarios húmedos, eternamente nublados y cuasi selváticos que imaginaba de niño, cuando escuchaba cierta música específica de reminiscencia escocesa.

Cuando llegamos a una zona sin casas que bloquearan el horizonte, vimos que a la distancia había nubes más oscuras que las demás, desde donde caía una lluvia que, por estar tan lejos, parecía acuarela escurriendo del cielo a la tierra, tentáculos vaporosos precipitándose hacia árboles y poblados diminutos. Imaginé que el mundo estaba colapsando, que el fin de la civilización (¡de la humanidad!) era inminente y eso que veíamos a lo lejos era el mundo comenzando a derretirse, a deshacerse, y nos encontramos a bordo del auto en un escape fantasioso, hacia el rincón más lejano, el que sería el último rincón del planeta en desaparecer.

Atravesamos pequeños pueblos grises, de casas rígidas y negocios humildes, calles estrechas y algunas personas caminando con toda calma en medio de sus propias vidas. Realmente es una cosa curiosa cómo la cotidianeidad de otras personas resulta tan extraña para quienes momentáneamente la ven desde fuera.

Los pueblos quedaron atrás, llegamos a una carretera rodeada por extensos campos, a lo lejos se veían pequeños cerros, árboles, siluetas de pequeñas casas muy a la distancia. A cada lado del camino había árboles, viejos, de follaje denso y pesado, el tipo de arboleda que podría haber sido salido de un dibujo de Arthur Rackham. La música dentro del auto, una mezcla de swing, big band, jazz, con música electrónica, más el cielo nublado, más la carretera húmeda por la lluvia recién desatada y los árboles que comenzaban a custodiar nuestro viaje, todo me hizo pensar en historias revueltas, historias sobre viajes clandestinos, mundos escondidos entre las grietas del nuestro, criaturas ancestrales, vampiros bailando swing, romances agridulces, magos vagando por la tierra en misiones tan personales como emotivas, sagas nórdicas y francesas melancólicamente detalladas…

Finalmente, bajo una lluvia intensa, encontramos la entrada al poblado artificial. Un par de maniobras y estuvimos dentro; la escena parecía el inicio de una película de terror, solamente faltaba que se acercara un anciano malencarado, quizá un poco rengo, cubierto con un impermeable gastado y nos dijera con voz ronca “ustedes no deberían estar aquí, ¡lárguense!”. Pero quién se acercó al trote fue un hombre cargando una sombrilla enorme; se apresuró a alcanzar el auto ya estacionado, para guarecernos de la lluvia a través de laberínticas calles desde el estacionamiento hasta una especie de pequeña plazuela rodeada de un par de restaurantes… desafortunadamente, sólo uno estaba en servicio porque en esos momentos estaba fallando la corriente eléctrica.

Nos sentamos en una mesa desde donde podíamos ver la pequeña placita con piso de piedra, colonizada por grandes charcos salpicados por la lluvia. Pedimos un postre para cada uno y algo de beber, hablamos sobre la posibilidad de que aquel pueblo fuera en realidad la vivienda y centro de reunión de una oscura secta que, tan pronto cesara la lluvia, aparecerían con sus capuchas (que no querrían ver empapadas, por eso esperarían hasta que dejara de llover), sosteniendo antorchas y entonando cánticos, dispuestos a sacrificar una virgen sobre la piedra en el centro de la placita. Sin duda todo un espectáculo para ver mientras apurábamos nuestros postres.

Luego se me ocurrió que sería maravilloso conseguir hospedarse en ese pueblo aislado durante, digamos, un año entero, no abandonarlo para nada, encerrarse todos los días en una habitación con balcón desde donde tener una buena vista y dedicarse a escribir día y noche toda una saga épica medieval fantástica de diez tomos. Ese es mi tipo de fantasías seductoras: ñoñísimas.

Eventualmente dejó de llover, un poco de sol asomó por entre las nubes e iluminó una antigua fachada de piedra (del otro lado de la plaza) y los árboles que la enmarcaban con un tono dorado que lucía refulgente por el contraste de las nubes grises y la roca ocre. Parecía que de pronto se había hecho varias horas más temprano, un ojo de amanecer abriéndose momentáneamente en medio de un rostro de tarde nublada. En el nuevo silencio se hacía evidente que la falla eléctrica había cancelado cualquier sonido de música o de televisión (el restaurante tenía tres televisores que ni siquiera puedo concebir encendidos, me parece la peor decisión posible porque destrozarían sin piedad el ambiente pacífico del lugar) y, ahora que no se escuchaba llover, el silencio se condimentaba por el piar de aves, también curiosamente dorado. Decidimos aprovechar para pasear un poco por el lugar.

El asomo de sol volvió a quedar oculto tras las nubes, el aire se sentía fresco, todo estaba inundado con el aroma de plantas, tierra y piedra mojadas. Las casas de piedra ‒rústicas pero elegantes y grandes‒, las callecitas serpenteantes ‒salpicadas con puertas de metal y madera‒, los árboles y plantas refulgentes por la reciente lluvia, realmente se sentía como estar recorriendo otra ciudad, en otro mundo, en otro tiempo. Había muy poca gente, prácticamente teníamos todo el lugar para nosotros solos, y la falla eléctrica resultó más bien algo positivo porque las luces de las calles estaban apagadas y eso beneficiaba a la ilusión de estar en un tiempo más antiguo. Nos tomamos algunas fotos, tomamos fotos de varias cosas. Nos asomamos a buscar escaleras hacia un reino subterráneo bajo una buhardilla de madera que encontramos en una de las calles, imaginamos posibles historias de terror o de fantasía tras algunos muros, nos embriagamos con la idea de vivir en una de esas imponentes casas, supusimos todo tipo de animales recorriendo esas mismas calles, disfrutamos aquella apacible pausa en la vida.

Comenzaba a oscurecer, el aire se había enfriado apenas un poco. La falla eléctrica debía seguir porque las pequeñas farolas repartidas por las calles permanecían apagadas. Sin embargo, Lety señaló enternecida que, en un árbol muy grande y sin hojas, con una complicada maraña de ramas desnudas entrelazadas como venas negrísimas, había una pequeña y solitaria farola encendida, similar a una luciérnaga. Pasamos cerca de ese árbol tres veces; la primera vez había una solitaria luz en él, la segunda había dos, la tercera ya eran tres lucecillas. Como estaba anocheciendo quizá eso significaba que algo ya estaba despertando.

Cuando llegamos al estacionamiento ya casi no había ningún otro auto. Subimos, salimos del pueblo artificial al mismo tiempo que comenzaba a llover nuevamente, la lluvia de despedida mucho más apacible que la que nos había recibido.

Afuera, nos estacionamos a un lado del camino por un momento para que Omar programara el GPS. A la distancia podíamos ver varios relámpagos. No importa cuántos relámpagos vea uno en su vida, nunca dejan de ser impresionantes, nunca dejan de activar cierta admiración primitiva bien adentro de nosotros.

El auto se puso en movimiento, hubo música en las bocinas nuevamente y comenzamos el viaje de regreso. ¡Pocas cosas tan relajantes en la vida como ir a bordo de un auto, en agradable compañía, con buena música, durante una noche con llovizna, sin que sea uno el que deba ir manejando! El viaje de regreso, además, siendo un camino distinto al que tomamos antes, resultó mucho más breve y, como apenas eran poco más de las ocho de la noche cuando llegamos al centro de la ciudad, decidimos estacionar el auto en el parque e ir en busca de una pizza de horno para cenar.

Nos instalamos en un sitio pequeño pero acogedor, donde el servicio era lento, pero disfrutamos largamente riendo y platicando. Los muros eran de piedra, las mesas y sillas de madera, el pequeño horno de piedra era visible desde nuestro sitio y la iluminación era de un suave tono amarillento, de modo que aquella cena se sentía, efectivamente, como la continuación más lógica del paseo por el pueblo. Lety y Betty cantaron fragmentos de las canciones que se iban sucediendo en las bocinas, recordando sus épocas escolares. Entre todos hablamos del viaje, de lo que habíamos visto, de las casas. Hablamos de películas de terror y de posibles planes a futuro. Finalmente, la nuestra fue la última mesa ocupada. Cuando salimos, la noche era fresca y apacible. Era hora de que cada quien se retirara a casa.

Ya en mi habitación me sentí feliz, tranquilo, ya sin un residuo de la breve angustia que asomó fugazmente al inicio del viaje. Ahora escribo esto, que es apenas un muy somero apunte de aquel día y aprecio todavía más lo maravilloso de ese tipo de pausas en la vida que, pensándolo mejor, no son las pausas sino la sustancia. Por un lado las preocupaciones interminables a gran y pequeña escala, los problemas mundiales entre presidentes maniáticos, ataques inhumanos, amenazas internacionales escabrosas, detenciones polémicas… en contraste también los problemas personales, las preocupaciones cotidianas (reales e imaginarias) de cada uno de nosotros… y ahora resulta que aquellos idílicos episodios en la vida, aquellas preocupaciones globales, aquellas angustias personales bien pudieron perfectamente haberse borrado en un par de minutos si el enorme meteorito que pasó la otra noche alarmantemente cerca de la tierra se hubiera desviado apenas un grado de la ruta que siguió finalmente. Por favor notemos el detalle de que el anuncio del meteorito no se dio sino hasta que se hubo seguido de largo, lo que hace sospechar que posiblemente lo tenían detectado cuando estaba ya demasiado cerca y aún no estaban seguros de qué pasaría… una vez pasado el peligro, se da el anuncio como una nota casual. En fin, sin profundizar más en teorías paranoicas (para nada cien por ciento descartables), me parece que siempre es saludable tener de vez en cuando una breve reflexión respecto a cuán genuinamente frágil es todo a nuestro alrededor y, por supuesto, nosotros mismos; digo esto no como una forma de asustarse, no lo digo tampoco con la misma intención que las breves crisis de angustia mórbida como las que mencionaba antes, sino para disfrutar, todavía más, esas bellas pausas en la vida que en realidad son su auténtica esencia y razón de ser. 

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.