Parteros de historias

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Los escritores, los cineastas, en general todos aquellos que se dedican a contar historias lo hacen porque se trata de una necesidad incontenible; desde luego que lo disfrutan, pero es al mismo tiempo algo vital para ellos, y las historias que cuentan pueden dividirse, a grandes rasgos, en dos grupos principales: aquellas que se inventan ellos por completo y aquellas que ya estaban y que ellos tienen el deber de materializar.

El segundo grupo es sin duda el más interesante. Los contadores de historias llegan a nuestro mundo con un considerable arsenal de fragmentos de historias ya “precargados”. No traen la historia completa en su totalidad, pero sí tienen ya en su mente muchos pedazos perfectamente concebidos, ya sea un ambiente, un escenario determinado, un personaje, una escena específica, y se diferencian de las invenciones totalmente mortales porque éstas estuvieron ahí desde siempre, y cada autor hará todo lo posible por tomar esa idea, que es completamente etérea como una neblina, y materializarla sin que pierda la esencia que le corresponde y que tan importante es para aquel en cuya mente se albergó por azares o destinos desconocidos para la humanidad.

Es justamente como dijo Lars Von Trier cuando lo entrevistó Laurent Tirard (puede leerse la entrevista completa, y muchas otras, en el libro Lecciones de cine, imprescindible manual para aprender, ver, hacer cine y para escribir historias en general): “El motivo por el que empecé a hacer películas, al principio, fue que veía imágenes mentalmente. Tenía esas visiones y me sentí obligado a traducirlas mediante una cámara”. Desde luego se trata de un trabajo sumamente delicado y que, irremediablemente, tiene como consecuencia aquello que una vez dijo Borges: “El libro es la sombra de algo que está en la mente del autor y que el autor no conoce claramente: esa sombra llega a ser y lo otro desaparece”. Resulta imposible sembrar en cualquier otra mente, que no sea la del propio autor, la imagen que se formó en la suya; transportar esa joya de un sitio a otro devendrá en que, durante el trayecto, por inmediato y cuidadoso que sea, terminará perdiendo trozos o incluso cambiando de color y de forma. Al autor no le queda más remedio que suspirar y hacer su mayor esfuerzo para transportarla con los menores daños y cambios posibles.

Precisamente así lo describe Stephen King en su libro Mientras escribo (obligado manual práctico para todo aquel que quiera escribir), él opina que las historias todas ya existen, sólo hace falta encontrarlas y desenterrarlas como si de fósiles se tratasen, teniendo cuidado de no romper o extraviar nada en el proceso; aunque él también advierte que desenterrar una historia supone, sin forma de evadirlo, que nunca llegue a ver la luz como era originalmente.

El otro tipo de historias que cuentan los creadores son invenciones absolutas de su mente, historias admirables en los grandes autores, porque precisamente a un autor se le alaba por su mente privilegiada y las creaciones que nacen de ella. Es ese talento creador la herramienta más valiosa al momento de “desenterrar el fósil”, porque así el autor puede ir entrelazando los eslabones, zurciendo los retazos aislados que desde siempre flotaron en su mente o incluso crearle las prótesis necesarias, pero sin excederse, limitándose a ir desempolvando y descubrir así la historia que esas imágenes cuentan por sí solas, la historia preexistente de la que desde siempre han formado parte y de la que sólo se mostraron pequeños trozos a una persona determinada.

De modo que un creador tiene básicamente dos funciones que ejerce por igual: crea historias y restaura historias; se ocupa de inventar historias, personajes y lugares como también se encarga de ser una especie de matrona y ayudar a dar a luz a historias que existían desde antes y que debían de llegar a nuestro mundo. Recordemos, justo en este punto, cuando Miguel Ángel dijo, respecto a sus esculturas, que él lo único que hacía era conseguir un trozo de mármol y quitar lo que le sobraba a la estatua que ya estaba hecha y completa dentro de la piedra.

Y entonces ¿cómo es el ciclo de vida de esas historias preexistentes que dejan sueltos pequeños retazos de sí mismas para que los creadores las sigan, de igual manera que una doncella seductora deja tras de sí un pañuelo para que su enamorado sepa por dónde seguirla? Pues una vez que el autor ha logrado trasplantarlas a la realidad lo mejor que pudo, sigue creándose más historias por sí mismo, pero también puede suceder que más historias se acerquen y le ronden la mente, que se vayan sembrando en su cabeza sin que él se dé cuenta, otras historias preexistentes que quieren que ese mismo individuo sea quien les ayude a nacer en nuestro mundo. Y esto ocurrirá a innumerables autores, con distinto grado de frecuencia y con distintos resultados. Se tratan de semillas divinas que aparecen en la mente en la que deben aparecer, en el momento en que deben aparecer, para eventualmente ser materializadas como debían ser materializadas. Iconofinaltexto-copy

Ilustración del autor.

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Diego Minero

Tlaxcala, 1990. Se dedica a la escritura y a la ilustración. Ha sido becario del Foecat en dos ocasiones en la disciplina de Letras, y ganador del Premio Estatal de Cuento (2010); publicó la novela ilustrada 'El pueblo en el bosque', la novela corta 'Un último vaso de Jerez' y el cuentario ilustrado 'Grand Guignol'. Ha publicado columnas y viñetas en diversos medios impresos. Ha tomado un par de talleres, pero el grueso de su formación ha sido autodidacta.