Óscar: placer culposo

Este mes concluye la temporada de premiaciones cinematográficas. Y sí, concluye con el tan laureado y vapuleado Premio de la Academia. Odiado por muchos y amado en secreto por otros tantos. A mí no me da miedo ni pena aceptar que soy fiel seguidor de la entrega desde muy joven. Y ese gusto creció cuando comencé a trabajar en medios de crítica cinematográfica. No se trata del glamour, ni de la alfombra roja sino de los premios mismos. La presea dorada, las estrellas que desfilan… Nada de eso. Se trata del cine.

Muchos dirán que Cannes es mejor premio; nadie lo pone en tela de juicio, nadie duda de ello. Lo que sí, es que todo mundo ve el Óscar. Bueno, mucha gente lo hace. Es el premio que se otorgan los gringos a sí mismos en cuestión cinematográfica. Y, nos guste o no, su cine es el que más nos llega. Muchos lo vemos. Y bueno, cada año, a finales de Febrero, podemos ver qué cintas serán las premiadas. Sí, está bien… Han metido la pata más veces de las que me gustaría contar. Kubrick, Hitchcock, Tarantino entre otros, por ejemplo no tienen un premio como directores. En el caso de los primeros dos, ya nunca lo tendrán. El tercero aún puede ganarlo.

Admito también que soy pésimo para las predicciones. Siempre me voy por las cintas que realmente me gustan. Pero debo hacer notar que el Óscar tiene tendencias político-sociales muy claras que año con año determinan quiénes ganarán. Como el año en que Sidney Poitier, Denzel Washington y Hale Berry, portaron orgullosamente sendas estatuillas. O cuando Brokeback Mountain (cinta de temática gay) perdió el premio de la noche a mejor filme frente a la olvidable Crash. Ese tema es otro asunto. El de las cintas que ganaron sin merecerlo. ¿Qué tal How Green Was My Valley ganándole a Citizen Kane de Orson Welles, considerada en la actualidad la mejor cinta de la historia de los Estados Unidos? ¿Oliver, un musical, ganándole a 2001: Odisea del Espacio? ¿O qué decir de (más recientemente), El discurso del rey, ganándole a Red social?

¿O las mismas sorpresas que año tras año siguen enjaretándonos? Algunas para bien o para mal. En el caso de Argo, Ben Affleck gana como director en los Directors Guild Awards y los Globos de Oro y el Óscar lo ignora y ni siquiera lo nomina. ¿Qué tal todo el tiempo que se tardó en ganar el Óscar una mujer (Kathryn Bigelow por The Hurt Locker) o un mexicano (Alfonso Cuarón por Gravedad)?

Puede que éste sea el año que repita la hazaña de manera consecutiva Alejandro González Iñárritu. Esperemos que así sea. Si en Cannes ya sucedió (Carlos Reygadas y Amat Escalante), ¿por qué en Hollywood no habría de ser así?

¿O qué tal los actores que ganan premios por cintas por las que ni siquiera lo merecían siendo que el año que debían haber ganado les arrebató la presea un actor más popular? Russell Crowe debió ganar por El informante, no por Gladiador. Collin Firth debió ganar por A Single Man y no por El discurso del rey. Judi Dench debió ganar por Su majestad la sra. Brown a mejor actriz principal y no a mejor actriz de reparto por sus ocho minutos en Shakespeare apasionado. ¿Injusto? Tal vez. ¿Estúpido? Seguro.

Pero, eso es el Óscar y por alguna razón que desconozco, lo seguimos viendo, año con año. Lo sé. Yo lo haré… De nuevo.Iconofinaltexto-copy

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Enrique Aguilar

(Coatzacoalcos, Ver., 1977) Comunicólogo y teatrista. Cree en la magia. Fan de Mickey Mouse. Siempre revisa bajo las escaleras antes de apagar la luz. Lector, melómano empedernido y crítico de cine.
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